Sistemas carcomidos desde sus cimientos

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
(0)
7 de abril de 2018  

Daniel Angelici tiene una personalidad difícil de escudriñar. Quienes lo tratan admiten que es muy inteligente y que, al mismo tiempo, a veces intimida un poco en la conversación. Que, habano en mano, mira fijo al interlocutor sin revelar qué es lo que verdaderamente está pensando y que tampoco parece portador de una modestia franciscana. La actitud del presidente de Boca representa además, hasta ahora, el principal enigma que han encontrado quienes en el Gobierno pretenden aplicar un sistema de reconocimiento facial para el ingreso del público en los estadios. No es que se oponga, dicen, pero transmite lo que en realidad reclaman casi todos sus pares: deberá pagarlo el Estado, no los clubes. La instalación requiere una inversión algo mayor al millón de dólares por estadio y ha despertado últimamente la atención de empresarios interesados en proveerla. Nacionales, españoles y hasta israelíes.

Esta semana, Datandhome, firma controlada por Newsan, grupo fundado por Rubén Cherñajovsky, convocó a un contingente de argentinos a conocer cómo funcionan esos controles en el estadio de Peñarol. Ahí estuvieron todos el miércoles, en el partido que el local le ganó 3 a 1 a Atlético Tucumán por la Copa Libertadores. El software que usan los uruguayos pertenece a Herta Security, compañía global con sede en Barcelona y presente en la región también en proyectos en los estadios Centenario y el Gran Parque Central, en Montevideo, o el de Alianza Lima en Perú. Esa recorrida, a la que fueron Cristian Ritondo, ministro de Seguridad bonaerense; Juan Manuel Lugones, de la Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte (Aprevide); Marcelo D'Alessandro, secretario de Seguridad de la ciudad de Buenos Aires, y representantes de la AFA y la Superliga, sirvió para que las autoridades argentinas se contactaran con sus pares del gobierno de Tabaré Vázquez y, de paso, durante el viaje, dirimieran cuestiones pendientes del fútbol argentino. No solo relativas a la seguridad, sino a sus costos. Claudio Tapia, presidente de la AFA, le recordó, por ejemplo, a Ritondo que para muchos clubes resultan impagables los 180 pesos por hora de cada policía en los estadios. Es una vieja discusión, que el ministro de María Eugenia Vidal suele contestar contrastando con los 100 pesos que vale, repite, contratar una empleada doméstica. Con el propósito de atenuar esas divergencias y volver más creíble el debate, la provincia de Buenos Aires, donde se juega el 70% del fútbol profesional, acaba de decidir devolverles a los clubes 12 millones de pesos por suministro de seguridad mal liquidada. A esa cuenta llegó luego de un relevamiento que hizo Asuntos Internos de la policía, fuerza donde en general no abunda un afán desmesurado de exactitud para calcular los efectivos que envían y los que efectivamente cobran. Travesuras bonaerenses.

El fútbol entero es en realidad una metáfora grotesca de la Argentina. Desde la muerte en 2013 de Javier Gerez, hincha de Lanús, en el Estadio Único de la Plata, los visitantes no han vuelto a las canchas. Esa prohibición inédita al menos en cantidad de tiempo en el mundo, que supone admitir que un Estado es incapaz de controlar lo que pasa en un espectáculo donde no pueden convivir no ya dos ideologías o etnias sino dos colores, motiva también discusiones entre representantes de la AFA y de la Superliga, por un lado, y del gobierno nacional y el de la provincia de Buenos Aires por otro. El regreso del público visitante, que podrá ser gradual o de golpe, total o selectivo y controlado o no según las propuestas que se oyen en estas deliberaciones, dependerá en parte del éxito del programa Tribuna Segura, a cargo de Patricia Bullrich, y en buena medida del control de acceso a los estadios. ¿O también a los clubes? ¿Quién autorizó, por ejemplo, el ingreso de Rafael Di Zeo, líder de la hinchada de Boca que carga con dos procesamientos y tiene prohibido volver a las canchas, hace una semana al entrenamiento en la Casa Amarilla? "Terminen con el puterío y ganen la Superliga y la Libertadores", dicen que les ordenó a los jugadores. Angelici, que estaba de viaje, mandó horas después a averiguar quién había sido el responsable de que pasara. Su enviado tuvo que insistir, porque el jefe de Seguridad del club empezó autoinculpándose y eso resultó sospechoso. En Boca dicen ya haber identificado a quien dio la orden. ¿Lo darán a conocer?

El fútbol es el ámbito en que Mauricio Macri muestra mayor ambigüedad. Incluso, dicen quienes lo conocen, más que en el de su origen, el empresarial. Afirman que en ningún otro campo de la vida es menos racional que en Boca, justo donde aprendió a ser dirigente político, y que a veces se lo ve razonar allí con una lógica antigua.

La depuración de ese universo es una de las grandes asignaturas de la Argentina. No parece fácil: se trata de uno de esos sistemas en los que no hay gradualismo ni shock sino statu quo, y donde los propios protagonistas -políticos, policías, dirigentes, miembros de la Justicia- se resistirán eternamente a los cambios. Esa inexpugnabilidad endógena emparenta al fútbol con otros sectores de la política. Y no solo aquí, sino en la región. El de la obra pública, por ejemplo, que volvió a sacudirse en Brasil con la orden de detener a Lula. La discusión será interminable, porque el líder del PT no es el único que ha participado de un entramado viciado desde la base, sustento histórico de la dirigencia y de los partidos, y las evidencias que se han encontrado hasta ahora para culparlo por el soborno que lo condenó -la confesión de Léo Pinheiro, el constructor que dice desde la cárcel haberle pagado un departamento, un borrador de contrato de compra que no llegó a firmarse, escuchas telefónicas y órdenes del propio expresidente para refacciones en el edificio- no son admitidas por quienes lo defienden.

Será también un desafío para el gobierno de Michel Temer, cuyos miembros no solo se inquietan por eventuales salpicaduras del Lava Jato en la propia administración, sino por la posibilidad de que la prisión y la popularidad terminen convirtiendo a Lula en un proscripto: una especie de Perón brasileño. ¿Por qué solo Lula? fue una de las preguntas más oídas esta semana en ámbitos empresariales y políticos de Brasil.

Dudas que, si son saldadas, lo serán en todo caso en el transcurso del tiempo y en la medida en que el electorado advierta que la Justicia avanza sobre otros intocables. Como si aquí, por ejemplo, el escándalo de Odebrecht no se agotara en Julio De Vido. Se entiende que Angelici haya querido dar con el nombre de quién autorizó a Di Zeo a entrar. A cualquier hincha le pasaría lo mismo: la aplicación de un criterio uniforme ayuda siempre a saber quién es quién.

temas en esta nota

0 Comentarios Ver

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.