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Paola Krum: mujer bonita

Este año se destacó en la televisión integrando el elenco de la serie Cuatro amigas y también en el teatro, cuando tuvo ocasión de participar en los famosos Monólogos de la vagina. Es una chica versátil –canta, baila y actúa– y tiene poco que ver con la veta inmadura de Sofía Quevedo
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6 de enero de 2002  

Empuja la puerta, y entra en el bar con un gesto despistado. Da un vistazo, y un alboroto debe producirse en el estómago de los señores ahora que ella avanza entre las mesas con su carterita verde militar, sonriendo a flor de dientes, haciendo gala de una anatomía que es rotunda donde debe. Viene de grabar las escenas del último capítulo de Cuatro amigas, así es que lleva los rasgos exacerbados por el maquillaje, el cuerpo envuelto en un peligroso pantalón a rayas blanco y negro, y una remera con escote bote que deja entrever la curva de unos hombros muy blancos. Bastan unos minutos para convencerse de que es todo lo contrario de Sofía Quevedo, esta víctima de la moda que interpreta en la ficción, y que ha traído puesta esta tarde calurosa de diciembre. Debajo de esa chica extremadamente cándida, hay una mujercita de modales pizpiretos que habla, ríe y se comporta sin reservas. Entonces, Paola Krum es todo lo que dicen de ella: simpática, nada diva, normal, y ser normal es casi una proeza en ese ambiente de estrellitas malcriadas.

Mientras algunas colegas hacen campaña para conseguir los papeles principales y atención de la prensa, ella se esmera en mantener a raya su intención de figurar menos y trabajar lo indispensable para ser feliz. Eso no es poca cosa. Durante los últimos años descartó ofertas para hacer telenovelas y tiras diarias, y aceptó, en cambio, roles comprometidos con el ejercicio interpretativo (Mi bella dama, por ejemplo, un musical donde cantó, bailó, y actuó al mismo tiempo, durante dos horas por función), y otros donde no siempre fue protagonista, como en los Monólogos de la vagina. La estrategia derivó en este momento positivo, en medio de tanta desgracia generalizada. Nunca fue su estilo la cosa zafada, pero ahora, con el auge del universo femenino en clave de comedia, se animó a hablar sin eufemismos ante audiencias y plateas llenas de perfectos desconocidos. –La verdad, me parecía un poco antiguo el enfoque de los textos de Monólogos..., no sonaban demasiado novedosos. Pero pegaron porque hacía mucho que las mujeres no hablaban de sus cosas, y funcionó como una suerte de catarsis. En las funciones podíamos comprobar la necesidad del público, las ganas de reírse de temas tabú. Y además, lo bueno es que el tratamiento del sexo en la ficción ya no tiene esa onda horrible de Rompeportones, la cosa al extremo chabacana, con las mujeres en el lugar de prostitutas. Acá se trata de minas inteligentes que se ríen de sí mismas, que indagan en las cuestiones del amor, en el encuentro con el otro en estos tiempos tan difíciles. Es el mismo tono de Cuatro amigas, que ojalá continúe, aunque tengo que plantear algunos cambios en mi personaje. Al principio, Sofía me daba un poco de bronca, me preguntaba: ¿por qué me toca siempre hacer de moderna, de chica fashion? Ella tiene un costado muy adolescente en el manejo de las relaciones, y me hubiera gustado componer una mina madura, que sepa lo que está haciendo. Igual me divierto, todas tenemos algo de frívolas. Algunas escenas me costaron, porque son un poco subidas de tono. Pero al lado de lo que se ve en los realitys, esto es un cuento para chicos.

Cortar el cordón

En su árbol genealógico hay de todo menos actores, así que cayó como balde de agua fría cuando anunció a la familia –tres hermanos varones, madre maestra, padre comerciante– que sería bailarina. No la dejaron. No era serio. Empezó a estudiar danzas ya de grande, después de mucho rogarle a sus padres.

"Era lo que más me gustaba hacer –explica, mientras se descalza y cruza las piernas como un yogui–. La danza es una disciplina muy completa, y requiere años de ejercicio para perfeccionar un paso. Ese aprendizaje lo siento como una riqueza, a pesar de que abandoné por culpa de una lesión en la cadera, a los 16. Aprendí que cuando uno trabaja, finalmente las cosas suceden, que da sus frutos el esfuerzo sostenido. Pero la danza implica un encierro, y si no te das cuenta a tiempo, te perdiste cosas importantes, como salir a bailar con tus amigas." Buscando la manera de tomar sus propias decisiones, a los 14 se empleó como cajera en la extinta Casa Tía. Duró poco en el puesto, lo suficiente como para cortar el cordón umbilical y demostrar que podía ser responsable. Terminó la secundaria, y era la moza más graciosa de una selecta casa de tortas caseras cuando decidió entrar en la Facultad de Psicología para calmar los ánimos paternos. Tampoco iría lejos con la psicología. "Hacía muchas cosas en esa época, y ahora me sorprende, ya no soy así. Ahora me gusta estar tranquila, tomarme mi tiempo, no volverme loca tratando de hacer quinientas cosas a la vez. La sensación que tengo es que me gustaba la carrera, pero no me ocupaba de ir a firmar la libreta después de un examen, por ejemplo. Sin duda, no era mi meta convertirme en psicóloga y abrir un consultorio. Había visto en el Teatro San Martín a Lorenzo Quinteros haciendo La metamorfosis, de Kafka, así que no di vueltas, decidí anotarme en sus clases de teatro. Y fueron dos años de grandes descubrimientos. Es un gran maestro, siempre que puedo lo digo. Tiene una inteligencia especial para enseñar, y eso es difícil de encontrar en las escuelas de teatro".

Dio sus primeros pasos en el circuito off, ese que nadie ve, que se presenta en salas sin calefacción, con pocas sillas. Con un grupo independiente interpretó clásicos y obras infantiles que también llevó a las escuelas primarias, cobrando siempre en cooperativa, o a veces pasando la gorra, sin demasiados resultados. "Es buena la experiencia de ir por fuera del circuito oficial, pero es doloroso también: trabajar para que nadie vaya a verte no es divertido ni tiene sentido. La sensación es que uno se forma en el sufrimiento, y es un ejercicio muy duro. Pero eso se capitaliza. Tuve la suerte de laburar con gente muy copada investigando a fondo los textos, leyendo, desmenuzando personajes de autores como Shakespeare. Pero el teatro es acción, y la experiencia es más enriquecedora cuando te subiste a un escenario y estás en contacto con las reacciones de la gente. Eso te da la posibilidad de entrenarte verdaderamente en el oficio, sin pensar en fama ni reconocimientos personales."

No es complaciente cuando se trata de responder sobre temas privados, y sabe sortear el obstáculo con evasivas elegantes. De sus padres, por ejemplo, prefiere no hablar porque es un capítulo difícil para ambas partes. Igual, cuando debutó en la pantalla chica, a los 18, tras presentar su currículum y ser convocada por la producción de Juana y sus hermanas para hacer un bolo (una pituca a punto de contraer matrimonio), en casa lo grabaron. El video está bien guardado y es la prueba fehaciente de que al fin había conseguido el respeto y la admiración de quienes más la querían.

También canto

Paola Krum no sabía que podía cantar, y bien. A los 19 se presentó al casting de Drácula, la comedia musical que entonces dirigía Pepito Cibrián. Sin tener la menor idea de lo que era vocalizar, sin saber si su voz era o no afinada, obtuvo el protagónico, y fue cuando cambió la bohemia por el espectáculo a escala profesional. Durante dos años hizo dos funciones todos los días, a sala llena.

–Fue una experiencia fuerte. Yo nunca había cantado y era raro hacer algo sin la conciencia de saber hacerlo, pero cuando sos joven no tenés los límites tan claros. Yo vivía en la cuerda floja, nunca sabía si iba a logarlo. Pero lo mejor de esa etapa fue el compartir con el otro la ilusión por alcanzar las mismas cosas. No quiero parecer una idealista, pero el otro día veía Popstars y recordé esos momentos de comunión con los compañeros de trabajo, sin pisarnos la cabeza para llegar. Después, todo eso desaparece, lamentablemente.

Al éxito de Drácula le sigue una saga de telenovelas olvidables y unitarios donde lució impecable. Películas sin demasiada difusión, espectáculos que dieron sobrada muestra de su potente talento, y proyectos que nunca llegaron a término (la película sobre la vida de Gilda, por ejemplo, que la tenía muy entusiasmada). No es un camino de rosas la carrera de una actriz joven, menos cuando no se tiene una estrategia o un plan para instalarse en el podio de las mejores. Incluso, le costó bastante sacarse el rótulo de chica Romay, aunque le debe bastante al zar de la pantalla chica, una especie de padrino artístico al que sigue laboralmente vinculada.

–Cuando me llamó para hacer el protagónico de Inconquistable corazón, me negué, y me dijo de todo. Cuando él cree en algo, si no lo tiene, muere. Yo no me imaginaba, me daba vergüenza. Pero acepté, él tiene un gran poder de persuasión, y como yo siempre tenía propuestas de trabajo, no me daba cuenta de que en la profesión a veces hay que hacer cosas que a uno no le gustan para pagar las cuentas a fin de mes. No me arrepiento de nada; en todo caso aprendí a trabajar en televisión, a seguir el ritmo de las tiras, a leer un libreto entero de un día para el otro, cosa que me parecía imposible. Ahora tengo capacidad de elección o, mejor dicho, sé mejor lo que quiero y lo que no. Prefiero, por ejemplo, un rol chiquito en una obra de un autor interesante que protagonizar por el sólo hecho de estar en la vidriera.

Se propone seguir siendo selectiva, aun cuando el país no promete demasiado (no piensa probar suerte en otros mercados; además, no habla bien inglés). Tiene en agenda varias propuestas: ya comenzó a ensayar Prueba, una comedia que hará en marzo con la producción de Alejandro Romay, y estudia la posibilidad de filmar Siete locos con las órdenes de Juan Bautista Stagnaro. Y tal vez, si consigue sacar a su personaje de esa insoportable superficialidad que tienen las chicas con apariencia de boutique ambulante, seguirá haciendo de Sofía Quevedo, esta mujer tan frívola con la que no tiene absolutamente nada en común.

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