La estrategia del PT, una apuesta a la victimización

Alberto Armendáriz
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7 de abril de 2018  

El mensaje que se da de cara a la población, al electorado brasileño, es grave. Más si viene de la mano de un exmandatario que gobernó el país en dos períodos (2003-2010) y en seis meses pretendía llegar de nuevo a conducir los destinos del Estado brasileño.

Con su maquinaria propagandística a pleno -camarógrafos y fotógrafos propios-, el Partido de los Trabajadores (PT) montó un circo frente a la sede del sindicato de metalúrgicos en São Bernardo do Campo, cerca de San Pablo, protegida por un "escudo humano" que evitara la detención de Lula. Quería dejar registrado "para la Historia" -mediante imágenes que sin duda formarán parte de la campaña electoral y de futuros documentales- la "agresión fascista" contra el pueblo cuando la Policía Federal intentara arrestar al escurridizo expresidente.

Cientos de partidarios vestidos de rojo -el color que representa al PT- gritaban y calificaban la medida contra su líder como una "caza de brujas".

Se trató de una actitud muy irresponsable para un ex jefe de Estado que una y otra vez ha resaltado que tiene como prioridad el bienestar de su gente.

Fue también una postura vista como hipócrita para quien desde el comienzo de la causa por corrupción y lavado de dinero que lo acorraló, cuando Moro lo obligó a ir a declarar por las acusaciones en su contra, aseguró que nunca tendría miedo en ir a la Justicia cuando fuera convocado.

Para los fieles seguidores del PT, sus aliados sindicales y de movimientos sociales, lo ocurrido anoche fue calificado como un acto heroico de la "defensa popular" a Lula, aunque la mayor parte de la movilización no fue espontánea, sino calculada por la dirigencia petista que aportó ómnibus, cotillón, comida y hasta un camión-cisterna para distribuir agua.

Para gran parte de la población que vio todo por televisión -si bien Lula goza un 37% de las intenciones de voto para octubre, también es rechazado por un 40% de los electores, según marcan las encuestas-, las escenas de ayer representan un escándalo. Y el efecto inmediato fue la alarma de muchos brasileños que ante la agitación populista de un político reconocido condenado ya en dos instancias por corrupción que desafía a la Justicia, como Lula, y un "salvador" prácticamente desconocido de derecha como Jair Bolsonaro, que promulga la "limpieza" de Brasilia, se inclinarían más ahora por dar un salto hacia la alternativa que se presenta como novedosa -aunque reivindica los horrores de la última dictadura-.

Si la polarización política ya era profunda, ahora se vuelve cada vez más peligrosa.

Son los riesgos -innecesarios- frente los que el PT y Lula han colocado ahora a Brasil.

La única alternativa que queda es que, entre una alborotada izquierda que se quedará sin rumbo cuando pierda a su principal figura -en teoría, el Tribunal Superior Electoral debería inhabilitar a Lula por su condena en segundo grado- y una derecha rabiosa que alimenta desmedidamente a Bolsonaro, en las próximas semanas surjan otros candidatos de centro. Existen algunas vías que aún se mantienen al resguardo del actual torbellino político, pero que podrían presentar un discurso unificador, que conjugue la voluntad hacia una mayor inclusión social, como se logró durante los gobiernos petistas, con el deseo de un combate firme a la corrupción que dejaron como legado las recientes investigaciones de la operación Lava Jato.

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