Un líder capaz de resistir cualquier amenaza, que sobrevivió a la crisis

Martín Rodríguez Yebra
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8 de abril de 2018  

Parece que no se mueve, pero siempre avanza. El quietismo estratégico de Mariano Rajoy se convirtió en objeto de estudio de los politólogos y en un factor desconcertante para sus rivales: el extraño caso de un líder que resiste en el poder amenazado siempre por los presagios de la crisis definitiva.

La España que gobierna Rajoy es un país instalado en la paradoja. Una economía que se aleja del abismo al que cayó a finales de la década pasada convive con un sistema político volcado a la desmesura, con los partidos tradicionales en plena debacle y el desafío independentista de Cataluña, que en los últimos meses elevó la tensión territorial a niveles desconocidos desde la Guerra Civil.

Para lo bueno y lo malo, la política española gira alrededor de los misterios de Rajoy, jefe desde hace 15 años del conservador Partido Popular (PP).

No pudo con él el desastre financiero que heredó al llegar al poder a fines de 2011. Tampoco las denuncias de corrupción que lo desestabilizaron al inicio de su mandato y que afectan todavía a gran parte de la cúpula de su formación.

Sobrevivió a una sangría de votos y a la irrupción de la "nueva política", que venía a revolucionar todo.

Resistió en 2016 un año en un gobierno provisional a la espera de que fracasaran adversarios y logró así -casi por cansancio- otro período en el Palacio de la Moncloa.

Da la pelea al separatismo catalán sin marearse ni negociar, lo que le valió oleadas de críticas, pero también el apoyo adicional que aporta toda batalla teñida por el nacionalismo.

No hay otro interrogante que desvele más a los españoles que saber si Rajoy será otra vez el candidato del PP en 2020 o en unas eventuales elecciones anticipadas, el año que viene.

Su actual gobierno discurre con la fuerza de la inercia, en minoría y sin aliados, incapaz de impulsar reformas y con inmensas dificultades para aprobar los presupuestos del Estado.

En el flanco de la derecha, la crisis catalana engordó las opciones electorales de Ciudadanos, el partido liberal nacido en Barcelona y cuyo líder, Albert Rivera, se presenta como un antídoto enérgico contra el nacionalismo y como un reformista "sin prontuario". Las encuestas lo muestran al tope de la intención de voto, a costas del PP.

Rajoy minimiza el horror de los suyos. Les dice que la "espuma" de Rivera bajará. Que cuando haya elecciones el voto de centro y de derecha seguirá donde siempre. No aclara si él intentará seguir y alcanzar el récord de Felipe González como el presidente democrático más longevo de la historia española.

Lo desaconsejan los índices de aprobación a su gestión. Lo impulsan, en cambio, el verticalismo del PP (nunca discutirá la voluntad del líder) y el infortunio de los aspirantes a sucederlo. El último de ellos, la presidenta madrileña Cristina Cifuentes, quedó acorralado esta semana por haber falsificado el título de una maestría en la Universidad Rey Juan Carlos.

Guste o no, Rajoy ofrece la estabilidad que ansía el poder económico, la casa real y una porción significativa de la población española, que es de casi 47 millones, según el registro oficial más reciente.

El revés del retrato pesimista de la España marianista lo aportan los números de la macroeconomía. Van tres años seguidos de crecimiento al 3 por ciento, por encima de la media europea. El desempleo -todavía un gran problema estructural- salió de la zona ruinosa a la que había llegado en 2013, cuando rozó el 27%. Hoy ronda el 15%, en baja constante. Las exportaciones baten récord año tras año. El consumo vuela, igual que el turismo. Las multinacionales de origen español muestran pujanza global en rubros como la banca, la construcción, la energía y las telecomunicaciones.

El paso del tiempo le dio a Rajoy un upgrade en su relación con los socios europeos. Salió de la lista de los incumplidores peligrosos, en el dramático 2012, para sentarse a la mesa principal de la gobernanza comunitaria. La alemana Angela Merkel lo considera una referencia fiable en un mar turbulento, después del Brexit inglés, con una Italia sin timón y Francia en proceso de reconversión.

Acaso sea ese uno de los aspectos que más motivan al presidente Mauricio Macri para apostar a una alianza estratégica con Rajoy.

Macri lo tiene como su valedor ante Bruselas en horas decisivas para la negociación del demoradísimo pacto Mercosur-Unión Europea.

Y espera beneficiarse del impulso político de una nueva ola de negocios de las empresas españolas, dueñas de buen stock para invertir y ansiosas de encontrar mercados con ofertas de alta rentabilidad.

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