0

La televisión, espejo de un país berreta

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
La estelaridad televisiva de Natacha Jaitt confirma una patología recurrente: consentimos la TV basura
0
8 de abril de 2018  

En comunicación telefónica a mitad de la semana que pasó, un importante ministro del gabinete nacional confesaba a este periodista cierta pesadumbre por considerar que el cambio cultural que intenta el gobierno de Cambiemos se ponía un poco en duda a partir de episodios como el sucedido en el programa de Mirtha Legrand, cuando Natacha Jaitt hizo lo que hizo.

Resultaba interesante saber qué evaluación estaba haciendo el principal habitante de la residencia de Olivos, teniendo en cuenta que hace pocas semanas había recibido en amistosa cena a la cuestionada estrella, que anoche hizo su descargo en su programa, y a su nieto y productor Nacho Viale, junto a otras luminarias de la TV argentina.

Mauricio Macri tiene una percepción completamente diferente de la del estrecho colaborador citado. Los que lo tratan de cerca al Presidente aseguran que opina que es bueno que se haya generado un debate crítico tan intenso alrededor del tema. "La competencia por el rating no puede transgredir todo", le escucharon decir en estos días. No cree que ni la conductora ni la producción se hayan prestado a operación alguna, pero sí que hubo irresponsabilidad, que no supieron evaluar bien el tema y que se vieron sobrepasados por las circunstancias. Macri no se cansa de repetir que "tenemos que ser libres de elegir, pero siendo responsables". En todo caso, la TV detonó de la peor manera una historia que tiene todavía por delante varios capítulos más.

Es cíclico. Periódicamente nuestra estridente y menguante televisión abierta nos brinda al resto de la sociedad la excusa perfecta para rasgarnos las vestiduras, golpearnos el pecho compungidos y exclamar en voz alta mirando al cielo sobre lo mucho que nos escandaliza haber "sobrepasado todos los límites".

Puras mentiras: nos encanta, aunque no podamos reconocerlo de manera consciente. Es que si sucediera una o dos veces por generación podría ser una fatal casualidad no deseada. Una falla, un error circunstancial, un accidente excepcional. Pero no lo es. La clave está en la repetición y en un propósito de enmienda que solo se declama, pero que jamás le busca una solución real y definitiva. Es una constante que redobla su apuesta y en cada nueva irrupción nos presenta platos más pestilentes.

El acting social nunca falla: en primera instancia sobreactuamos nuestro desagrado por el hedor que despiden esas suculentas porciones. Nos juramentamos que impediremos que eso vuelva a suceder, pero jamás se nos ocurre dejar de concurrir a ese mismo restaurante para seguir comiendo idénticas inmundicias en dosis aún más tóxicas.

Si hay signos de degradación en la televisión, como en efecto sobran y se hacen notar en una escalada imparable, deberíamos antes que nada hacer una profunda introspección personal y preguntarnos qué tipo de deterioro de nosotros mismos refleja, aunque más no sea de manera distorsionada. Porque la televisión de cada país refleja, de alguna forma, a su propia sociedad y su idiosincrasia. ¿O alguien concibe que en el horario central de la TV dinamarquesa o noruega, un programa prestigioso podría llegar a darle siquiera un solo segundo de aire a un personaje como Natacha Jaitt?

Solo por citar al azar como ejemplos algunos recientes hechos sueltos que sucedieron por fuera de la televisión -el escándalo del papelito de Caputo/Cerruti en el Congreso, la presentación de la indecorosa Jaitt en tribunales desdiciéndose de la parte principal de su ruidosa denuncia y la cloaca habitual de Hebe de Bonafini en su discurso de los jueves en Plaza de Mayo, que la TV Pública reproduce sin mosquearse cada sábado- hay que llegar a la conclusión de que somos un país berreta que se merece un programa como el que nos descerrajó Mirtha Legrand el sábado de la semana pasada. Está acorde con la manera de hacer política a los empujones que tiene el kirchnerismo; sintoniza con las frivolidades más light del oficialismo, que esconde inconsistencias en el manejo de las fortunas personales de algunos de sus principales funcionarios, y encaja con la vida rumbosa y casi caricaturesca de ciertos capangas sindicales.

El acting social y mediático tiene dos momentos -primero, el escándalo televisivo y luego nuestro histriónico enojo, que termina en la nada misma- y se viene repitiendo desde la irrupción en la pequeña pantalla de las "chicas Coppola".

¿Se acuerdan?: años 90, fiesta menemista, el célebre jarrón con merca, Samantha Farjat y otras vistosas muchachas de contorneados cuerpos que se decían de todo y hasta se agarraban de las mechas. Y del otro lado de la pantalla, todos nosotros criticando, claro, tan deplorables espectáculos, pero con los ojos siempre fijos y ávidos sobre esos primeros escarceos, naderías ásperas al paso que se multiplicaron en el tiempo con la aparición de los reality shows y la polución de personajes periféricos y marginales que invadieron para quedarse los sets televisivos. Consecuencia: la TV terminó industrializando esas incursiones al descubrir un formato barato en todos los sentidos de la palabra. Si a esa televisión ya no le faltaba insolencia en cantidad, la irrupción de las redes sociales con su cultura provocadora y de lodazal, terminó por fogonear y profundizar su desmadre.

temas en esta nota

0 Comentarios Ver

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.