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En tiempos de ira, una consolidación judicial

Andrea Rizzi
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8 de abril de 2018  

En un solo día, anteayer, el líder catalán Carles Puigdemont salió de prisión en Alemania, Luiz Inacio Lula de Silva se atrincheró para evitar su encarcelación en Brasil, la expresidenta surcoreana Park Geun-hye recibió una condena a 24 años de detención y el expresidente sudafricano Jacob Zuma se sentó en el banquillo y fue formalmente acusado por corrupción.

La coincidencia es suficientemente llamativa de por sí. Pero se pueden añadir algunos datos. El expresidente Nicolas Sarkozy es sometido actualmente a una firme investigación en Francia; el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, anda literalmente cercado por la inflexible iniciativa de la policía y la fiscalía; el presidente norteamericano, Donald Trump, ve acercarse cada vez más a su despacho la acción del fiscal especial Robert Mueller sobre la trama rusa.

Conviene no subestimar la grandeza que reside en el implacable sometimiento de los ciudadanos más poderosos de una sociedad a la acción de la Justicia. Pocas lecciones importan más que la de Montesquieu sobre la separación de poderes, y la nobleza de una sociedad es siempre directamente proporcional a la independencia de su Justicia.

Por ello mismo, tampoco conviene subestimar la lección shakesperiana de Macbeth. El quid del drama, posiblemente, no sea tanto la conquista del poder por medios violentos y miserables, sino la sinuosa y peligrosa coexistencia en un mismo cuerpo -humano (¿o institucional?)- de bondad y maldad, justicia y abuso. El riesgo de evolución negativa. Macbeth no era un infame ab origen. Lo devino.

La clave la da la primera intervención de las célebres tres brujas. "Fair is foul, and foul is fair" (generalmente traducido como "bello es feo y feo es bello"), advierten, premonitorias. En lo uno está lo otro, en potencia, o en acto. Y, significativamente, la primera intervención del propio Macbeth recupera el tema. "So foul and fair a day I have not seen" ("Un día tan feo y bello nunca he visto"). Nótese que el vocablo "fair" también guarda relación con el concepto de justicia.

El pulcro sistema de separación de poderes de las democracias liberales es a menudo, en concreto, envilecido por injerencias o intereses espurios. No faltan fiscalías serviles a los intereses del Ejecutivo de turno y tampoco acciones judiciales independientes, pero con motivación política. En el caso de Lula, horas antes de una sentencia decisiva, una manipulación de altos mandos militares envió turbios mensajes vía Twitter. La sombra sobre el fallo subsiguiente es espesa.

En tiempos de cierta fragilidad de la democracia y comprensible ira ciudadana por los recurrentes abusos de la clase dirigente es especialmente importante la consolidación de sistemas judiciales justos y eficaces.

El problema es que la ciudadanía suele aplicar una presión directa y consistente en lo que concierne a los servicios primarios (sanidad, educación) o el suministro de prestaciones básicas (pensiones, desempleo) mientras que la administración de la justicia, como depositaria de un bien de alguna manera intangible o mediato, no es objeto de reivindicación y escrutinio de la misma intensidad.

La superioridad moral de las democracias liberales frente a los regímenes totalitarios era evidente antaño.

Ahora la comparación con regímenes autoritarios híbridos es mucho más sutil. Es más importante que nunca que nuestro " fair" logre sobreponerse a nuestro " foul", porque si no la diferencia entre nuestro sistema y el otro se hará cada vez menos perceptible, y los atractivos de los sistemas autoritarios en términos de eficacia y capacidad de ejecución de proyectos, cada vez más atractivos.

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