Antes de la caída, el intento final de unificar la izquierda

Alberto Armendáriz
Fuente: Reuters
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8 de abril de 2018  

Consciente de que era el punto culminante de su influencia política y de que podría ser su último discurso antes de las elecciones, Luiz Lula da Silva usó ayer su histórico mensaje para intentar unificar una izquierda en crisis.

Sobre el carro de sonido frente al sindicato de metalúrgicos donde él dio los primeros pasos de su carrera política como líder sindical, dedicó bastante tiempo y afectuosas palabras para destacar la presencia de dos de los principales "representantes de la nueva generación de izquierda": la diputada estatal gaúcha Manuela d'Avila, de 36 años, candidata presidencial por el Partido Comunista de Brasil (PCdoB), y el coordinador nacional del Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST), Guilherme Boulos, de 35 años, aspirante al Palacio del Planalto por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL).

Resaltó el apoyo que ambos le dieron frente a sus problemas judiciales y exhortó a que los partidos de izquierda se mantengan unidos. No llegó a referirse a la posibilidad de un frente común de cara a los comicios, pero lo más significativo fue que, en cambio, no les dedicó más que unas menciones a dos figuras de su propio Partido de los Trabajadores (PT): el exalcalde de la ciudad de San Pablo Fernando Haddad (55 años), considerado el nombre más probable para reemplazar a Lula en la fórmula presidencial del PT para octubre, y el senador Luiz Lindbergh Farias (48 años), antiguo líder estudiantil del movimiento de los "caras-pintadas", que en 1992 fueron claves para la renuncia de Fernando Collor de Mello, amenazado por un impeachment.

"Quedó claro que en todos estos años Lula monopolizó el liderazgo dentro del PT y no ha permitido que surjan nuevos líderes fuertes. Es más, la única persona que él apoyó vehementemente para sucederlo en 2011, Dilma Rousseff, fue justamente elegida por sus defectos, su inhabilidad política y la falta de una base propia, características que se suponía que facilitarían a Lula manipularla y evitarían que se apoderara del control del partido", explicó a la nacion el politólogo Ricardo Caldas, de la Universidad de Brasilia.

El experimento Dilma terminó mucho peor de lo que hasta los petistas que más se le resistían hubieran pensado. Alejó al partido de los movimientos sociales, llevó al país a la debacle económica y, finalmente, en 2016, acabó destituida por el Congreso en un traumático juicio político, calificado como "golpe" por la narrativa petista.

"La izquierda brasileña sufrió una derrota estratégica a partir del impeachment de Dilma de la que no consigue salir, encontrar un rumbo. Y ahora la prisión de Lula representa el pésimo desenlace de esa caída. La izquierda está en una fase difícil, tiene que renovarse, recomponerse, reconstruir sus liderazgos, y hasta el propio Lula parece creer que sus herederos están fuera del PT", comentó Carlos Ranulfo, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Federal de Minas Gerais, en Belo Horizonte.

El problema es que hay varios herederos que se disputan el legado de Lula, que ciertamente no es del partido. Además de D'Avila y Boulos, también está allí al acecho el exgobernador de Ceará Ciro Gomes, exministro de Integración Regional de Lula y actual candidato presidencial por el Partido Democrático Laborista (PDT).

Gomes, de 60 años, era la gran figura ausente ayer en la ceremonia ecuménica en el sindicato en São Bernardo do Campo, en la que Lula realizó sus bendiciones. Hoy está distanciado de Lula y del PT, justamente por haber sido muy crítico de la conducción del partido y sus efectos en la izquierda.

Tan solo en las últimas 48 horas, con la resistencia de Lula a la orden de arresto dispuesta por el juez Sergio Moro, el PT cometió una larga serie de errores que lo empujaron aún más lejos de la posibilidad de volver al poder e incluso pusieron en duda su supervivencia de largo plazo si no se reinventa.

La radicalización de su discurso, el desafío a la Justicia y el hostigamiento de militantes del PT a periodistas y a jueces del Supremo Tribunal Federal (atacaron con pintura roja el edificio donde vive la presidenta de la Corte, Carmen Lucía Antunes Rocha) no hicieron más que asustar a los electores de la clase media brasileña.

Esa clase media que Lula cortejó con esfuerzo y sin la cual no hubiera llegado al Palacio del Planalto en 2002, ni hubiese logrado la reelección en 2006, o escoger a Dilma como sucesora en 2010 y que ella fuese reelegida en 2014.

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