El bosque de piedra

En el nordeste de Santa Cruz, el Monumento Natural Bosques Petrificados evoca los primeros días del Génesis, y es una cita con la naturaleza fascinante de la Estepa Patagónica
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9 de diciembre de 2001  

"Explicarnos la luna, explicarnos la distancia a las estrellas es más fácil", anotó el escritor Osvaldo Bayer ante las colosales columnas de piedra. Y no erraba. La mente se resiste a reconocer en estos despojos inverosímiles el frondoso bosque de otrora. No alcanza a concebir cómo un paisaje sudoroso, salpicado de pantanos y surcado por reptiles de colosal torpeza, se volvió esta arrasada vastedad, este escenario de otro mundo, donde la vida parece imposible. Le cuesta entender por qué el mismo viento que ayer arreaba nubes preñadas de humedad oceánica hoy sopla seco e hiriente, desmigajando el páramo. Aquí todo desafía al entendimiento. Estamos bajo los espolones del cerro Madre e Hija, al nordeste de Santa Cruz, en el Monumento Natural Bosques Petrificados.

La reserva nació el 5 de mayo de 1954 con diez mil hectáreas y la misión de escudar la concentración de flora fósil más asombrosa de la Argentina. En 1984, el Consejo Agrario de Santa Cruz le cedió 5000 hectáreas. Y, trece años después, la Administración de Parques Nacionales (APN) concretó la adquisición de dos estancias linderas: El Cuadrado (20.000 ha) y La Horqueta (24.228 ha). Con estos agregados y el de 2000 hectáreas fiscales, la unidad de conservación sextuplicó su superficie original y se convirtió en una respetable muestra de la Estepa Patagónica. No extraña que se proyecte ascenderla a parque nacional (sólo falta que la provincia ceda la jurisdicción de los terrenos anexados).

La ecorregión, agradecida: apenas el 0,7% de sus casi 54 millones de hectáreas goza de protección efectiva, pese a ser casi una exclusividad nacional (Chile sólo atesora retazos) y contar con una diversidad botánica equiparable a la del Bosque Andinopatagónico (1378 especies contra 1520).

Como observó Bayer, Bosques Petrificados resulta un alucinante cementerio. En ciertos puntos, los troncos conservan la verticalidad y dejan ver sus raíces ancladas a la roca. Pero la mayoría yace señalando al Sudoeste y a una hora remota de la historia geológica. El principal yacimiento fosilífero brota a pasos de la casa del guardaparque. Hospeda ejemplares de tres metros de diámetro mayor y más de treinta de largo, que superaban el milenio cuando pasaron del reino vegetal al mineral.

Cómo fosilizar un bosque

Hace ciento cincuenta millones de años (a fines de septiembre, si proyectamos en el calendario la historia geológica del planeta) formaban parte de un abigarrado bosque de coníferas. Sus componentes de mayor talla eran araucarias primitivas (Araucaria miriabilis, para los latines de la ciencia), no muy diferentes de las que hoy podemos admirar en el norte de Neuquén. En los estratos más bajos -según atestiguan viejas improntas- prosperaban otros parientes del pino, inmensos helechos y las palmeras de aquellos tiempos: benetitales (grupo ya extinguido) y cicadales. Por entonces, la Cordillera no tapiaba aún el poniente y su sitio era ocupado por el mar. La Patagonia gozaba del cálido y uniforme clima del período jurásico y, sin barreras orográficas, las húmedas rachas del Pacífico podían derramarse con generosidad sobre la árida meseta de nuestros días. En el Oriente, a su vez, la ancha herida del Atlántico no había separado todavía nuestro continente de Africa.

A fines del jurásico medio, de improviso, las fuerzas volcánicas se desataron con inusitado furor. El dilatado territorio fue azotado por vientos huracanados, que tumbaron el bosque, y cubierto por coladas de lavas ácidas y ardientes nubes de ceniza, que sepultaron los árboles caídos. Todo ocurrió tan vertiginosamente que ni siquiera las piñas fértiles tuvieron oportunidad de abrirse para liberar su tributo, proceso que demanda escasos días.

Bajo esa lápida rica en minerales tuvo lugar un verdadero milagro de la naturaleza: las sales de silicio -producto del paso del agua de lluvia a través de la capa de ceniza- fueron adueñándose de las formas de la madera, copiando con tanta fidelidad su estructura que, examinados bajo el microscopio, sus restos fosilizados muestran hasta el contorno de las células. Así, hecho piedra, nuestro bosque aguardó en las entrañas australes que los elementos lo exhumaran.

Debió esperar primero el retiro de las aguas atlánticas, que anegaron la región a fines de la primera mitad del período terciario. Luego, el paciente trabajo erosivo del viento y la lluvia, que descarga torrencialmente su magro tributo (hasta 200 mm anuales) abriendo profundas cárcavas en la estepa.

El regreso del pasado

Tras ese prólogo de millones de años, en el mismo lugar donde antes se alzó al cielo -ahora dominado por el cerro Madre e Hija, un volcán apagado-, el bosque de araucarias regresó a la superficie. Y el mundo ganó una nueva maravilla. También salieron a la luz talleres líticos, enterratorios y otras evidencias de la remota presencia del hombre en el área. Pero eso es historia reciente: pertenece al último segundo del 31 de diciembre en el calendario geológico. Aquellos primitivos cazadores-recolectores de la Patagonia -protagonistas de la ocupación más antigua de nuestro territorio- vivieron hace apenas doce mil años.

El monumento natural de los inicios estaba ocupado mayormente por una depresión vasta y despojada: el bajo de la laguna Grande, en cuyos bordes afloran los yacimientos paleontológicos. Le sirve de marco una meseta basáltica -vestigio de remotas erupciones volcánicas-, que atesora una cabal expresión de la flora patagónica. Parte de esos altos terrenos fue lo que adquirió la APN en 1997.

Se estima que, excluida la hacienda, los ambientes de El Cuadrado y La Horqueta -cuya carga animal fue baja en la década pasada debido a la crisis lanera- no tardarán en recuperarse del impacto sufrido. De este modo, la Argentina Protegida sumará una interesante muestra de la Meseta Central Santacruceña. No sólo se trata de la porción de mayor diversidad vegetal dentro de la Estepa Patagónica y la más rica en endemismos restringidos (172 de las 283 especies exclusivas de la región prosperan únicamente allí), sino que debido al mal uso ganadero, también figura entre las más afectadas por la desertificación: el 83% de la meseta padece grados de erosión media alta, grave y muy grave. Esta circunstancia enfatiza el valor que posee el ensanchado monumento para el mantenimiento de nuestro patrimonio natural.

Además, las anexiones favorecerán la conservación de especies marginalmente amparadas por el Sistema Nacional de Areas Naturales Protegidas. Es el caso del guanaco y el choique o ñandú petizo, cuyos requerimientos territoriales son amplios. Y el de tres exclusividades argentinas: la mara o liebre patagónica, el huroncito -que sólo se ha dejado ver en Bosques Petrificados- y el tuco-tuco austral, cuyas citas se restringen al monumento natural y al Parque Nacional Perito Francisco P. Moreno. Por otra parte, los nuevos límites engloban algunos de los sitios arqueológicos más antiguos de la Patagonia y nuevos yacimientos fosilíferos.

Las anexiones, como se ve, resultaron un excelente negocio. Toca a nosotros apuntalarlo. El bosque que alguna vez fue consiguió volver del fondo de los tiempos. Pero ya no retoña y cada una de sus piedritas resulta irreemplazable. Conviene recordarlo a la hora de una visita. En un solo año, los guardaparques rescataron de bolsos y bolsillos nada menos que una tonelada de fragmentos petrificados. La pretensión de llevarse a casa un pedazo de eternidad puede frustrar el esfuerzo conservacionista y lograr lo que no lograron millones de años: borrar la huella más sobrecogedora que dejó en el país la flora antediluviana.

Datos útiles

Se creó el 5 de mayo de 1954. Extensión: 61.228 has. Ubicación: nordeste de Santa Cruz. Cómo llegar: por las rutas nacional 3 (asfalto) y provincial 49 (ripio); el empalme está a 78 kilómetros al sur de la localidad de Fitz Roy, último lugar donde cargar combustible y comer algo. Servicios para el visitante: Oficina de Informes -donde funciona un pequeño museo- y sendero pedestre autoguiado con ayuda de folleto. Actividades: fotografía de naturaleza y observación de fauna (zorros grises, guanacos, maras, choiques y águilas moras). Temporada más propicia: primavera y verano. No se cobra entrada. Recomendaciones: no olvide -sobre todo en el estío- llevar una buena provisión de agua; el lugar es muy seco y el quiosco más cercano está a unos 130 kilómetros.

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