Macbeth: Virtuosa versión de un gran clásico

Susana Freire
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9 de abril de 2018  

Muy buena / Autor: William Shakespeare, en versión de Roberto Aguirre / Intérpretes: Amanda Bond, María del Carmen Sánchez, Mariano Sapetti, Miguel Nocera, Daniel Silveira, Gonzalo Martínez Castro, Mauro Salez y Diego Gallardo / Coreografía: Omar Saravia / Iluminación: Martín Hoffmann / Escenografía y vestuario: Trini Muñoz Ibáñez / Dirección: Roberto Aguirre / Sala: Actors Studio, Díaz Vélez 3842 / Funciones: sábados, a las 20.

Ambición y traición son dos de los temas sobre los que Shakespeare vuelca su mirada inquisidora, sobre todo cuando están relacionados con el poder. Así lo demuestran en Macbeth tanto el protagonista como su esposa, con total impunidad y desapego de todo cuestionamiento ético.

Macbeth, victorioso militar, ve recompensados sus esfuerzos en batalla con títulos que le otorga por Duncan, rey de Escocia. Este reconocimiento, más las profecías de las brujas, lo incentivan para desear algo mucho más importante, respaldado por las ambiciosas pretensiones de su esposa, verdadera instigadora de los crímenes. Macbeth duda en dar el último paso para conseguir la corona de Escocia. Pero allí está ella, un acicate que destruye las barreras morales y temores de su marido y se convierte en gestora de la muerte del rey.

Pero no se trata solamente de un regicidio, Macbeth también concibe el asesinato de su compañero de armas y amigo Banquo ante el temor, profecía mediante, de que este sería padre de reyes.

Pero estos crímenes tendrán su castigo representado por la locura y posterior suicidio de Lady Macbeth y la muerte en batalla del protagonista, momento en que comprueba su fracaso por no poder cambiar el destino que le profetizaron las hechiceras.

"De todos los protagonistas trágicos de Shakespeare, Macbeth es el menos libre", dice Harold Bloom ( Shakespeare, la invención de lo humano). Como el Edipo sofocleano, Macbeth, con la intención de modificar su destino, comete acciones que lo precipitan a hundirse en el abismo.

Roberto Aguirre, en la versión reducida que realiza, apuesta al texto y a la actuación y sobre un espacio despojado, como si fuera un teatro de cámara, se instalan los personajes, quienes además son los que, con una minuciosa coreografía, van marcando los espacios que necesita la obra. El vestuario, esmoquin para los hombres y vestidos largos para las mujeres, rompe la barrera del tiempo e instala las acciones en una realidad virtual, pero al mismo tiempo posible y actual.

El resto es la actuación, bastante homogénea, con algunos actores que realizan diferentes personajes, que resalta los valores semánticos de las palabras y distingue una prosa depurada que vale la pena escuchar.

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