Peligrosa guerra contra la Ilustración

Verónica Chiaravalli
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9 de abril de 2018  

Una bocanada de aire fresco. La ensayista Marina Garcés (Barcelona, 1973) propone en su escueto pero sustancioso librito Nueva ilustración radical un curso de acción para salir de la inercia apocalíptica de ese Occidente culposo y convencido de que todo se irá al garete, sin remedio y acaso con justicia.

El diagnóstico es claro: vivimos en un mundo que le ha declarado la guerra a la Ilustración, lo que en la esfera política se manifiesta por el crecimiento de un "nuevo autoritarismo que permea toda la sociedad" y que ha hecho "del despotismo y de la violencia una nueva forma de movilización. Se le puede llamar populismo, pero es un término confuso"; mientras que en lo cultural "triunfan las identidades defensivas y ofensivas". Y de la mano de la "ira antioccidental" que campea aun en Europa, avanza la "fascinación por lo premoderno". Aquí Garcés toma de Zygmunt Bauman el concepto de "retrotopías": "utopías que se proyectan en un pasado idealizado: desde la vida tribal hasta el ensalzamiento de cualquier forma de vida precolonial, por el solo hecho de serlo".

Garcés extrae como núcleo de la Ilustración -algo que Kant entendía como un proceso dinámico, no como una estación a la que se arriba de manera definitiva- un valor que debería ser preciado en nuestros días: la batalla contra la credulidad, librada con el arma de la crítica. Negarse a dar esta batalla implica caer en el confort actual de una "sociedad senil, que cínicamente está dispuesta a creer o hacer ver que cree lo que más le conviene en cada momento. Los medios llaman a eso posverdad. [...] Nuestra impotencia actual tiene un nombre: analfabetismo ilustrado. Lo sabemos todo, pero no podemos nada". El resultado de ese abandono es que hemos pasado de la condición posmoderna a la "condición póstuma": del no futuro liberador, que abría un abanico de posibilidades para modelar el presente, a un tiempo final de ocaso y extinción.

Frente a la debacle, lo que propone Garcés no es una restauración dieciochesca ni un retorno ingenuo a Kant. La historia ya desnudó las falencias del proyecto modernizador que Europa exportó enlazado con los principios de la Ilustración -y que en muchas latitudes fue impuesto a sangre y fuego, y no precisamente para provecho de los pueblos "modernizados"-. Pero no hay que tirar al bebé con el agua del baño. Que las relaciones humanas (individuales y colectivas), los programas de desarrollo económico y social y el vínculo con la naturaleza deban ser rediseñados a la luz de lo que la experiencia enseña no significa que haya que desechar las herramientas más valiosas legadas por la Ilustración: atreverse a saber, atreverse a pensar, abandonar la comodidad de los tutelajes morales e ideológicos, mantener alerta la actitud crítica (que empieza por la autocrítica). Si liquidamos en bloque la Ilustración -a causa de las taras de los procesos que la acompañaron o de la vetustez del momento histórico en que vio la luz-, nos quedamos sin instrumentos para combatir los oscurantismos de hoy. Garcés reflexiona sobre el tecnocapitalismo propiciador de un mundo donde las personas no necesitarán ser inteligentes, porque lo serán los objetos y las máquinas, pero no alcanza a mencionar algo que está en las antípodas: los proyectos teocráticos, si no imperialistas, sí expansionistas, tan arcaicos como hipermodernos, según convenga.

En todo caso, la llamada de Garcés es vital: "Estamos a las puertas de una rendición. La rendición del género humano respecto de la tarea de aprender y autoeducarse para vivir más dignamente. Frente a esta rendición, propongo pensar una nueva ilustración radical. Retomar el combate contra la credulidad y afirmar la libertad y la dignidad de la experiencia humana en su capacidad para aprender de sí misma. En su momento, este combate fue revolucionario. Ahora es necesario".

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