La batalla por la igualdad tiene dos caras en Brasil

Guillermo Raffo
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9 de abril de 2018  

Se libra en Brasil una batalla por la igualdad. Para sus partidarios, la prisión de Lula es un castigo al hombre que llevó el país a su punto máximo de igualdad social. Para sus detractores, es el símbolo de un Brasil donde todos son iguales ante la ley, se trate de un expresidente o de un vendedor de helados. ¿Es posible afirmar que alguno de ellos está equivocado?

A mediados de 2002 entré al búnker de campaña de Lula, que intentaba ser elegido presidente después de tres derrotas consecutivas. Duda Mendonça, el mayor artífice de su victoria, me llevó a la isla de edición donde daba los retoques a su última creación publicitaria. Era la historia de dos jóvenes, Pedro y Paulo. Uno pobre y otro rico; uno desempleado y otro universitario; uno disfrutaba una vida llena de oportunidades y el otro de privaciones. Dos existencias que se cruzaron fugazmente la noche en que Pedro asaltó y mató a Paulo. Segundos después la policía mató a Pedro. Y esa noche decía el locutor el padre del primero, tan rico, y el padre del segundo, tan pobre, fueron dos personas unidas por un mismo dolor: la pérdida de sus hijos.

"Entendiste? me dijo, Duda. ¡Nadie gana en un Brasil tan desigual!" El comercial era casi una parábola bíblica que tendía un puente sobre la grieta que separaba la existencia de pobres y ricos en el último país del mundo en abolir la esclavitud. Era también una apelación emocional para construir entre todos un país mejor. Nacía así el Lula de paz y amor que dejaba en el pasado al sindicalista de discursos y posiciones radicales que asustaba a pobres y ricos por igual.

El Lula nacido de la elección de 2002 fue el mejor de todos. El 87% de los brasileños lo aprobaban cuando terminó su segundo mandato. La mitad, por lo que había hecho: mejorar la vida de las familias más pobres. La otra mitad, por lo que no había hecho: destruir las bases macroeconómicas creadas por Fernando Cardozo. Y todos por haber conseguido mejorar la vida de los brasileños sin dividir la sociedad, sin grieta. Lula dejó el gobierno como un héroe después de convencer a la mayoría de que la poco carismática Dilma Rousseff era la persona indicada para continuar su obra.

Dilma comenzó su gobierno sorprendiendo a propios y extraños. Intentó aproximarse a la clase media crítica del PT, mostró un perfil más gerencial y castigó los primeros episodios de corrupción despidiendo sumariamente a los funcionarios acusados. Las reacciones internas no se hicieron esperar y el PT fue el primero en reclamar por la "falta de diálogo" de la nueva presidenta. "Lula va a tener que ponerle límites", me dijo un senador petista. Y Lula lo hizo. Entre decirle a los brasileños lo que pasaba y ser fiel a Lula, Dilma lo eligió a él. Quedó aislada, y su gobierno y la economía se fueron paralizando.

La épica petista del nuevo Brasil continuaba en la propaganda oficial, pero el descontento social no paraba de crecer. Así llegaron las multitudinarias protestas de 2013. Fue el primer aviso de que una nueva desigualdad estaba naciendo: la que separaba a políticos de ciudadanos. En ese clima de insatisfacción creciente llegaron las elecciones de 2014. La mayor promesa de Dilma fue evitar que la derecha volviese al poder para sacarle el plato de comida de la mesa a los pobres, literalmente. Ganó por poco. Apenas una semana después de elegida, hizo el ajuste salvaje que había prometido evitar. Su gobierno comenzó a derretirse en su propia impopularidad. Recuerdo un hombre en un focus group explicando por qué estaba a favor del impeachment: "O ella pierde su trabajo o yo voy a perder el mío". Dilma perdió el trabajo y probablemente esa persona también porque Brasil entró en una especie de 2001 que dura hasta hoy y ya dejó un saldo de 12 millones de desempleados.

El Lava Jato mostró lo que todo el mundo suponía que pasaba. Comparado con lo que se vio por aquí estos años, lo de José López tirando bolsos es un chiste.

En ese contexto, dos candidatos lideran las encuestas: Lula y Jair Bolsonaro. Lula promete volver a los buenos tiempos cuando él gobernaba, Bolsonaro, un exmilitar, a los tiempos cuando imperaba el orden. Llamarlo el Trump brasileño sería ofender a Trump.

Lula entra en prisión dejando tras de sí un Brasil confuso y dividido. Fuera de la prisión, los que gritan "Lula libre" quieren justicia. Los que gritan "Lula Preso", también. Ambos bandos son parte del mismo Brasil que quiere un país con igualdad -social y ante la ley-, pero hoy parecen ignorarlo.

El autor es especialista en marketing político y trabaja en Brasil

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