Cómo lograr que perduren los cambios que conseguimos

Andrea Churba
Andrea Churba PARA LA NACION
Crédito: Shutterstock
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10 de abril de 2018  • 00:28

Después de un tiempo practicando a conciencia algo nuevo creemos que ya lo logramos. Hacemos una dieta estricta y llegamos al peso ideal, nos esforzamos para dejar el cigarrillo, implementamos con éxito un nuevo proceso o una nueva forma de relacionarnos en el trabajo. Por supuesto, son umbrales importantes, y nos merecemos festejarlos. Sin embargo, los laureles del triunfo se pueden marchitar si no cuidamos esos resultados que con tanto esfuerzo supimos conseguir.

Pasadas unas semanas o unos meses de implementación exitosa, la atención y la disciplina se relajan. En parte se debe a la misma complacencia que genera el triunfo: la sensación de haber llegado a la meta nos vuelve descuidados. Nos decimos que un pucho cada tanto no es nada, que una medialuna no engorda tanto, que ya vamos a tener tiempo de volver al gimnasio, que es menos complicado terminar una tarea solos que compartirla o delegarla. Es sólo por hoy, es sólo esta vez, nos justificamos. Pero las excepciones se van acumulando, y las viejas costumbres que habíamos echado por la puerta se vuelven a colar por la ventana.

Hay otros factores que también nos distraen, como el cansancio (¿acaso no nos merecemos un descanso después de tanto esfuerzo?), la presión del día a día, la aparición de cuestiones que parecen más urgentes o incluso la urgencia de emprender un nuevo cambio que impone un entorno cada vez más acelerado, donde prevalecen los mandatos de innovación sobre la importancia de proteger lo logrado.

Los laureles que supimos conseguir

En las personas, las organizaciones, en los equipos de trabajo, la inercia de lo acostumbrado va erosionando las nuevas conductas y modos de hacer. Es tan sutil el retorno de las viejas costumbres que muchas veces no nos damos cuenta, hasta que un día se hace evidente que ya no producimos los mismos resultados. Recién ahí nos preguntamos cómo detener el retroceso, cómo hacer para que ese cambio que tanto nos costó recupere terreno. En este punto, quizás ya sea demasiado tarde, porque la sustentabilidad de un cambio no ocurre por azar, sino por haber previsto y planificado desde el inicio del proceso las estrategias para mantener el impulso más allá de las primeras victorias.

Sin embargo, no todo está perdido. Tal vez todavía se pueda soplar sobre los rescoldos para reavivar la llama. Aunque cada persona y cada organización tiene sus propios problemas, y las soluciones son variadas, hay ocho fundamentos del cambio perdurable que suelen ser comunes en muchos de los procesos en los que intervenimos:

  • 1. Mantenerse enfocado en el objetivo. Darle prioridad, no seguir agregando tareas e introduciendo nuevos cambios hasta tanto éste no se haya consolidado.
  • 2. Sostener la presencia y el liderazgo. Los grupos que logran cambios exitosos y duraderos comparten un factor esencial: líderes de cambio presentes, que patrocinan a las personas a través de todo el proceso, incluida la última y vulnerable etapa de consolidación. Están cerca, atentos, disponibles, abiertos al diálogo.
  • 3. Mantener la disciplina. Planificar cómo consolidar los hábitos, cómo protegerlos de las distracciones.
  • 4. Afianzar el equipo. Nadie puede sostener el cambio solo. Fortalecer el espíritu de colaboración para que todos los involucrados se sientan tutores responsables del cambio.
  • 5. Seguir comunicando. No dar por sentado que ya no hay nada que agregar. Mantener viva la conversación sobre lo logrado, seguir generando espacios periódicos para dar y recibir feedback, reforzar la visión y evaluar la vitalidad del cambio.
  • 6. Reforzar la motivación y el compromiso. Reconocer y valorar a quienes se esfuerzan por sostener su propio cambio y el cambio colectivo. Instrumentar recompensas, evolución a roles de mayor responsabilidad, mayor visibilidad y protagonismo. Para algunos puede ser importante transformarse en mentores de otros.
  • 7. Estimular el aprendizaje continuo. Generar un entorno donde las personas puedan desarrollar la capacidad de transformarse a sí mismos y ayudar a transformar a otros y a la cultura, entrenando su flexibilidad para adaptarse y liderar las futuras olas de cambio.
  • 8. Sostener los recursos. Algunos cambios retroceden porque, una vez que el objetivo se cree alcanzado, se recortan el presupuesto, la cantidad de personas, el equipamiento, los procesos de formación, etcétera. Lo que se logró no sólo se muere de insolvencia sino de decepción, porque el recorte de recursos se interpreta como desdén por esfuerzo, el tiempo y la energía invertidos en el logro, y vuelve irrelevante su continuidad.

Estas ocho acciones concretas son también los indicadores clave que tenemos que monitorear periódicamente para no volver a caer en las viejas costumbres, mantener siempre verdes los laureles que con tanto esfuerzo supimos conseguir y lograr que lo nuevo se vuelva hábito, que perdure y se instale en la cultura.

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