El corsario: una impecable producción capaz de saciar la sed de aventuras

Kochetkova, Cornejo y Simkin, un trío imbatible
Kochetkova, Cornejo y Simkin, un trío imbatible Crédito: M. Parpagnoli / TC
Laura Chertkoff
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10 de abril de 2018  

El corsario. Coreografía: Anne-Marie Holmes. Reposición coreográfica: Julio Bocca y Lorena Fernández. Intérpretes: Herman Cornejo, María Kochetkova y Daniil Simkin. música: Adam, Drigo y Delibes. Escenografía: Christian Prego. Vestuario: Aníbal Lápiz. Por el Ballet Estable del Teatro Colón, con dirección de Paloma Herrera. Próximas funciones: hoy (reparto de invitado), mañana (solo Banco Ciudad) y el jueves, viernes y sábado, a las 20; domingo 15 de abril, a las 17, con repartos del BETC. en el Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno

El galeón de Conrad desembarcó otra vez en el escenario del Colón. Con la misma producción local realizada en 2013, este viaje llevó a bordo estrellas internacionales en la función del estreno, anteayer, y también en la de esta noche.

El bailarín argentino Herman Cornejo, principal en el American Ballet Theatre (ABT), encarna al corsario; María Kochetkova, bailarina principal del San Francisco Ballet, es Medora, y Daniil Simkin, también del ABT, el esclavo Alí.

A diferencia de muchos clásicos del ballet, aquí las aventuras y desventuras piratas permiten el protagonismo de los intérpretes masculinos, que en muchas obras trabajan mayormente de partenaires. Y eso es producto del poema original de Lord Byron, del libreto de Joseph Mazilier y Vernoy de Saint-Georges (versión de Yuri Grigorovich), y de la coreografía de Anne-Marie Holmes, que no dejó de lado la historia original. Pero también de la mano de Julio Bocca , repositor coreográfico junto con Lorena Fernández.

Mientras Bocca estuvo sobre el escenario se caracterizó por buscar el sentido interpretativo de los pasos que ejecutaba: en la pantomima como en el baile, cada movimiento tenía un sentido narrativo. Y esa continuó siendo su búsqueda como director del Ballet Nacional de Uruguay. Los ocho años que dirigió el Sodre se dedicó especialmente a la preparación interpretativa de los roles principales. Y como repositor continúa en esa línea.

En esta puesta de El corsario, el vaivén sobre el barco es orgánico. Las escenas de esgrima o tiros son verosímiles en su bravura. Los personajes que se mueven por intereses espurios resultan odiables. El Conrad de Herman Cornejo lució aplomado en los primeros actos y muy eficaz en la interacción con los otros personajes, hasta que llegó su momento de gran lucimiento en las variaciones del tercer acto.

El esclavo que encarna Daniil Simkin, liviano como la pluma de su vincha, brilló en el pas de trois del primer acto y reforzó el fanatismo con que lo recibe cada vez el público porteño.

Otros varones también se destacaron en esta puesta. Juan Pablo Ledo como el proxeneta del mercado de esclavas Lankedem y Maximiliano Iglesias en el rol de Birbanto, el amigo que traiciona a Conrad, explotaron la riqueza de recursos de la que suelen disponer los villanos.

Los roles principales femeninos tocaron dos cuerdas diferentes. Maria Kochetkova tuvo más a flor de piel su rol de víctima de trata, tanto que intentando escapar eran creíbles sus ansias de fuga. Y si bailaba obligada para el Pachá, estaba verdaderamente triste. En cambio, Macarena Giménez como Gulnara jugó un tono de picardía y sumisión más cercano a quien padece el síndrome de Estocolmo.

Los entes sutiles también tienen aquí su zona de esparcimiento: el jardín animado de la tercera parte es todo un acto blanco, aunque los tutús sean rosados. La acción se congela dentro del sueño del Pachá y el público colma su anhelo de liviandad y simetría.

Salvo por algunos errores técnicos y de utilería, la producción del Teatro Colón es impecable, capaz de colmar las expectativas de diversas audiencias. ¿Virtuosismo? Hay. ¿Interpretación dramática? También. Pueden salir conformes los que esperan seres etéreos. Y sobre todo los que tienen sed de aventuras.

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