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Laberinto alucinado: fotos oníricas de un destino patagónico con atractivo borgeano

Ocho mil metros cuadrados de cerco vivo, deleite de chicos
Ocho mil metros cuadrados de cerco vivo, deleite de chicos Crédito: Alejandro Chaskielberg/India
En Chubut, cerca de El Hoyo, Alejandro Chaskielberg retrató un rincón mágico y natural a la luz de la luna, el fuego y linternas de colores; "el día oculta lo que la noche muestra", creen en el lugar
María Paula Zacharías
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10 de abril de 2018  

En la Patagonia hay un laberinto al que muchos viajan. Y ahora hay también un libro tan mágico como esos senderos que lo retrata.

A 3,7 kilómetros del pueblo El Hoyo, en la provincia de Chubut, se encuentra uno de los laberintos más grandes de Sudamérica: son 8000 metros cuadrados de cerco vivo, en un circuito de 2200 metros con nueve puertas para perderse y encontrarse. Por ahí anduvo el fotógrafo argentino Alejandro Chaskielberg descifrando sus secretos.

Se trata del sueño de dos lectores y aventureros, Claudio Levi y Doris Romera, que desde hace 22 años lo riegan por el placer de verlo crecer. En cinco hectáreas en una loma del valle del río Epuyén, plantaron arbustos que compraron en el vivero del INTA de Trevelin, dispuestos con algunas nociones básicas de trigonometría y siguiendo un gran ovillo de hilo.

"Como el hilo rojo de Ariadna, iba conectando un punto con otro y eso me permitió volver -luego de enfrentarme con mi propio Minotauro interior- y conquistar mi sueño", dice Levi en el texto de la lujosa edición del sello India presentada la semana pasada en el Senado de la Nación. Levi habla de noches en vela dibujando un plano quimérico, de la gesta heroica de la poda y de un combo de kabbalah, historia, geometría sagrada, mitología, filosofía y magia, además del encuentro fortuito en el Museo Leleque con un hacha tehuelche que enraizaba el mito en esas tierras.

Cuando se conocieron -ella, 20 años; él, 32-, Claudio tenía ya esa meta. Durante dos años limpiaron a machete y pala el terreno, un monte arrasado en el gran incendio del 87. El primero de mayo de 1996 empezaron a plantarlo. Y tuvieron paciencia. Recién 16 años más tarde, cuando el cerco estuvo grande, vinieron los hijos. "Somos de esas parejas que trabajan y viven juntos. Hacemos todo de a dos", dice Doris. Hoy, Laberinto Patagonia es un destino turístico próspero, abierto al público desde hace cinco años, que recibe 15000 visitantes por temporada.

Un mundo dentro de otro mundo, en esta toma del Laberinto Patagonia
Un mundo dentro de otro mundo, en esta toma del Laberinto Patagonia Crédito: Alejandro Chaskielberg/India

Desde la casa de té se disfruta el faldeo del cerro Pirque, la cima del cerro Plataforma, chacras vecinas y el gran atractivo borgeano, mientras se degustan delicias caseras. En la tienda, faltaba algo que llevara el laberinto más allá de la Comarca Andina del Paralelo 42. "Pensamos en un libro mágico, con la mística y la mítica del laberinto", dice Eugenia Rodeyro, editora de este volumen junto con Victoria Blanco, quienes encararon el proyecto con Romero.

De tapas azul nocturno, con el laberinto serigrafiado en plata, el se trata de un objeto atrayente para niños y adultos, viajeros y locales, con algo de los tomos de conjuros y hechizos. Adentro están las fotos de Chaskielberg, un fotógrafo con sello y estilo propios. Realiza un ensayo sobre la naturaleza en relación con el hombre, que muestra el laberinto con sus propias leyes: dentro de páginas desplegables con frases que describen la sensación de recorrer el laberinto, hay panorámicas del sendero con luces oníricas. Sus imágenes están en exhibición en el Senado hasta el jueves en la muestra "Camino de fuego".

Chaskielberg ya estaba rendido a su encanto: "Fue un encuentro casual mientras estaba viajando por la Patagonia. Un amigo me habló de un laberinto y quedé fascinado al conocerlo: los visitantes se transformaban al recorrerlo y perderse en sus largos corredores. El lugar es un microuniverso fuera del tiempo. Pedí permiso para fotografiar a mi hija dentro del laberinto y la retraté durmiendo entre unos cedros, y así conocí a Doris y Claudio. Al poco tiempo, ella me contactó con la idea de hacer un libro en colaboración", cuenta.

Tomas de larga duración

La noche cerrada y fría en la laguna, con el rugido de luz de la cascada
La noche cerrada y fría en la laguna, con el rugido de luz de la cascada Crédito: Alejandro Chaskielberg/India

Las estrellas caen como una lluvia y los colores, los personajes y las escenas parecen algo alucinados. Chaskielberg repite su método de tomas nocturnas de larga duración, utilizando la luz de la luna y linternas para iluminar, tal como hizo en sus otros dos libros, La creciente y Otsuchi Future Memories. "En Laberinto utilicé la luz de forma más plástica, más evidente, dibujando líneas y formas en el espacio, iluminando caminos con diferentes colores y también con fuego. Hice acciones performáticas como invitar a habitantes de la zona a dormir en los bosques quemados por incendios forestales y fotografié elementos primordiales como el agua, el hielo y el fuego. También fotografié árboles nativos poniéndolos en contraste con plantaciones de pino, que representan un peligro para la flora y el ecosistema del lugar".

"A la Patagonia hay que respirarla", retoma Romera, nieta de pioneros, nacida en el flower power de los años 70 en El Bolsón, cuando no había televisión, la radio era chilena y la ruta no llegaba hasta el pueblo, que parecía salido de El señor de los anillos. "Las imágenes tienen que ver con ese mundo de mi infancia. Vi la obra de Alejandro y encontré que era de la forma en que yo quería contar la historia". Suele decir Levi: "La luz del día oculta lo que la noche muestra".

El fotógrafo estuvo cuatro meses trabajando en el lugar, en diferentes etapas, entre 2015 y 2017. "La Patagonia es un lugar único y asombroso que recorro desde chico, con lo cual este libro es un sueño cumplido. Además entablé una amistad muy linda con la familia del laberinto, que me recibió con mi hija Lara y Sombra -mi perra- en cada uno de los viajes. Con ellos fuimos ideando las imágenes y creando los dispositivos necesarios para fotografiar, como por ejemplo cuando creamos el andamióvil, que es un andamio anclado sobre una vieja camioneta, que nos posibilitó iluminar el laberinto desde arriba", dice.

Chaskielberg continúa en viaje: "Ahora voy a recorrer la Argentina de punta a punta para crear una nueva serie de imágenes y también para educar. Hace poco recibí la beca de formadores que otorga el Fondo Nacional de las Artes, donde presenté un proyecto de educación móvil y gratuita. Me iré asociando con diferentes agrupaciones, centros culturales y museos para dar talleres y crear imágenes en colaboración, indagando sobre la idea de la identidad y la frontera".

Hay más secretos en lugares recónditos por descubrir. La Argentina es tierra fértil para todo tipo de epopeyas.

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