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El enigma de la juventud

Diana Fernández Irusta
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10 de abril de 2018  

El tono de voz, el modo de abordar al auditorio y decir lo que decía me hicieron pensar en una palabra que, vaya a saberse por qué, no suele escucharse muy habitualmente: bondad.

Había gentileza y bondad en las palabras de Laurent Cantet, el realizador francés que la semana pasada, en el marco del festival "Les avants premières", presentó al público porteño L'atelier, su último trabajo. "Quería hacer una película sobre lo que significa tener 20 años en el mundo de hoy", explicaba. Y comentaba cómo, con sus cincuenta y pico a cuestas, intentó ingresar en el universo de los que recién comienzan. La inquietud, quizás, era esperable. Cantet es el director que, a fines de los 90, filmó la sensible y tremenda Recursos humanos. En aquella película ya asomaba la pregunta por la distancia generacional. Había allí un padre, obrero de toda la vida. Y había un hijo, orgullo de la familia, que tras haber estudiado en la universidad regresaba al pueblo natal para trabajar, con un cargo jerárquico, en la misma fábrica donde su padre era operario. La alegría terminaba cuando Frank, el hijo, descubría que parte de su trabajo era colaborar con un plan de reducción de personal que, entre otros, afectaría a su propio padre. Allí, en la trama profunda de un amor filial a prueba de todo, Cantet había logrado contar una época, el final de un modelo industrial y el tsunami que eso significó para infinidad de pequeñas vidas.

Cantet también es el director que, un poco más acá en el tiempo, filmó Entre los muros, esa película en la que tanto docente de secundario argentino se habrá sentido incluido. En Entre los muros despunta un gesto documental que también aparece en L'atelier, y no solo porque la mayoría de los intérpretes son actores no profesionales. Más que ingresar con su cámara a una escuela de la periferia parisina, se diría que Cantet la hunde dentro de los muros de esas aulas. Al ver el film, uno sentía en la piel la confusión y el hastío del alumnado multirracial, más bien pobre, que allí era retratado. Y la angustia próxima a la desesperación de los profesores -tan franceses e ilustrados, ellos- que no sabían ya qué hacer para conmover a esa multitud de adolescentes frágiles, díscolos, engañosamente apáticos.

L'atelier, que pronto tendrá su estreno comercial aquí, podría pensarse como la consecuencia lógica de estas dos películas y otras en las que Cantet también se preguntaba por la crisis del mundo del trabajo, el lazo social, las nuevas generaciones. Si en Recursos humanos el padre del protagonista veía derrumbarse el orden de toda una vida ligada a cierta dinámica laboral, en L'atelier la voz cantante la llevan chicos que, si quieren hablar de trabajo estable, deben remitirse a sus abuelos, operarios de los alguna vez orgullosos astilleros del pueblo de Le Ciotat.

La anécdota es, si se quiere, sencilla: una escritora parisina se instala por un tiempo en Le Ciotat para dictar un taller de escritura destinado a jóvenes desempleados. A partir de ese núcleo Cantet irá deshojando las pistas que lo acerquen al enigma: cómo son los chicos de 20. Por momentos, la pantalla estará tomada por la furia inmersiva de los videojuegos; a veces, por el conflicto racial; otras, por las redes sociales. La palabra -al fin y al cabo, el motor del relato es un taller de escritura- irá haciendo su trabajo. Y emergerá un tallerista, Antoine, que tiene todo el magnetismo -es provocador, bello, insidiosamente oscuro- que Olivia, la escritora, no puede encontrar para los personajes de su última novela. Pero Antoine es demasiado real y está demasiado descreído frente a un mundo que no parece haberle reservado un lugar.

"Creo que muchas de las cosas que les ocurren a los jóvenes en Francia también les ocurren aquí", comentó Cantet, entrevistado en esta misma edición en la sección Espectáculos. Más allá de algunas evidentes diferencias, quizás no esté tan equivocado.

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