Así se recupera Dulcinea: la perra que tiraron en un arroyo atada de patas y encadenada a una piedra

Crédito: Clara de Estrada
11 de abril de 2018  • 00:39

La imagen que estaba viendo Isabel en su celular evocaba el infierno mismo: encadenada a una piedra y con las patas atadas, a Dulcinea la habían tirado a un arroyo para deshacerse de ella. Había sido llevada hasta la orilla en una carretilla y envuelta en una bolsa para esconder el crimen que se estaba perpetuando. Horrorizados ante la escena, Facundo y Raúl, encargados de la guardia del lugar, se acercaron cuando vieron que la bolsa se movía. "Era algo que parecía un cadáver con forma de galgo. No dudaron en salir corriendo mientras el desgraciado que la había tirado corría mas rápido que ellos. Tuvieron que elegir entre salvar a la perra y perseguir al hombre y advirtieron que si no atendían al animal, no viviría hasta el dia siguiente. Entonces optaron por ocuparse de ella, pidieron ayuda y así fue que el caso nos encontró una tarde de febrero", explica Isabel de Estrada que partió hacia Bancalari, al norte del Gran Buenos Aires, en ese mismo momento a buscarla.

Cuando llegó al lugar, la galga yacía contra un alambre olímpico entre mantas y caricias de Raúl y Facundo, sus salvadores. Apenas si respiraba y se movía. "Le pusimos Dulcinea, pues para nosotros ese esqueleto flaco, lleno de cicatrices, heridas y una mano con una vieja quebradura que no le permitía mantenerse en pie, era tan bello como para El Quijote, su dama", recuerda Isabel en un esfuerzo por no perder el humor y la luz en la sordidez y la violencia con que se encuentra a diario.

La subieron a la camioneta, la abrigaron y Dulcinea durmió al resguardo durante dos días seguidos. "Luego de la visita al veterinario supimos que, producto de una diabetes, nuestra linda Dulcinea estaba ciega sin retorno. Desde febrero la inyectamos con insulina dos veces al día. Su delgadez todavía es extrema pero empieza a manejarse sola para todos lados, reconoce las voces y su cola se mueve ante la mínima señal de cariño o cuidado", cuenta orgullosa Isabel que hace más de diez años rescata a los galgos de un destino cruel y que fundó junto a un grupo de proteccionistas la Fundación Zorba, que promueve la adopción responsable de esa raza.

Lentamente Dulcinea comenzó a recobrar sus ganas de vivir. Las caricias, el descanso bajo techo, la hidratación y la comida especialmente preparada para ella son claves en su rehabilitación. A pesar del cuadro grave con el que fue encontrada, Isabel quiso evitarle el estrés de una internación y por eso decidió ocuparse personalmente de ella. "Me animaría a decir que cuando mira, empieza a vislumbrarse una pequeña luz en sus ojos. Quiero creer que es la luz de la esperanza", dice con optimismo.

Crédito: Clara de Estrada

Hoy la perra, a la que le calculan unos ocho años, está en franca mejoría, aunque tiene un largo camino por delante. Paciencia, amor y dedicación son las herramientas que le permiten a Isabel establecer un vínculo cada vez más cercano con Dulcinea y ofrecerle la posibilidad de mejorar su calidad de vida.

Pero aunque las carreras de galgos fueron prohibidas por ley en nuestro país, la historia de Dulcinea se repite cada día. "Ella y algunos mas tuvieron la suerte de que en ese momento hubiera alguien con un corazón grande y dispuesto a ayudar. Pero miles sufren otra suerte sin que los veamos. Son maltratados o sobreviven atados a una cadena toda su vida con apenas algo de comida. Últimamente nos han llegado fotos y denuncias que muestran la enorme cantidad de galgos que por fin de semana cruzan la frontera hacia Uruguay y Chile para seguir siendo explotados en las carreras. Hasta que las autoridades no decidan hacer algo, no tenemos herramientas para pararlos. De hecho, las autoridades uruguayas ya están preocupadas por la dimensión que está tomando el asunto desde que las carreras se prohibieron en Argentina", explica con preocupación.

A través del caso de Dulcinea, Isabel quiere demostrar la importancia de estar atentos a la crueldad y la violencia que sufren los animales. "La forma en que reaccionamos ante una injusticia en muchos casos decide si el animal que tenemos frente a nosotros va a vivir o no. Siempre podemos dar vuelta la cabeza y seguir de largo, pero también podemos denunciar, involucrarnos y salvar la vida de los indefensos", concluye con esperanza.

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