Un divertido paseo por Oporto

Iván de Pineda
Iván de Pineda LA NACION
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15 de abril de 2018  

Recientemente estaba observando un archivo de fotos y fue muy grato darme cuenta de que había quedado registro en imágenes de una inusual tarde de finales de primavera vivida en la ciudad de Porto u Oporto, en el noroeste de Portugal.

En la fotografía a la que me refiero se me ve sentado en una gran poltrona mecánica entrada en años, mi rostro cubierto con espuma de afeitar y el concentrado propietario del establecimiento con la navaja en la mano, dispuesto a realizar su faena.

Todo había comenzado muy temprano por la mañana. Un perfecto y ligero desayuno daba el puntapié inicial para una jornada repleta de actividades, en la cual íbamos a recorrer esta lindísima ciudad, la más importante del norte de Portugal.

Ubicada en las márgenes del río Duero, allí donde se quiere encontrar con el mar, es una pintoresca urbe conocida a veces como la Ciudad de los Puentes, aquellos que permiten la travesía hacia un lado y otro del río y tiene una rica historia reflejada por sus diferentes estilos arquitectónicos, su gastronomía y su folclore.

Un viejo adagio reza que "Lisboa se divierte, Coimbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja", pero a veces pienso que aquí se hace un poco de todo.

El día venía lleno de actividades, y con un ligero look de primavera europea salí del hotel en el que me encontraba y comencé el derrotero que iba a ocupar la mayor parte de la jornada y en el cual hubo de todo: antiguas y maravillosas construcciones como la Torre de los Clérigos, de casi 80 metros de altura y muchas veces punto de referencia de navegantes locales -Monumento Nacional desde hace más de un siglo-; el centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, con sus capillas, fuentes y palacios; la peatonal Santa Catarina, llena de tiendas y negocios, y que alberga el café Majestic, parada obligatoria para cualquiera que visite la ciudad, con su impecable salón art déco, que todavía mantiene su espíritu de viejas tertulias, charlas, discusiones y polémicas.

Y como de todo hubo, tampoco faltó el famoso vino Oporto. Para eso di con mis huesos en Vila Nova de Gaia, donde me entretuve un par de horas recorriendo algunas de las más famosas bodegas y probando los famosos Ruby y Tawny.

Como si fuera poco y urgido por el hambre que acuciaba, terminé sentado sobre la ribera del río, en un establecimiento gastronómico, disfrutando de una tremenda francesinha: una especie de sándwich vernáculo compuesto de embutidos y quesos locales sobre una rebanada de pan tostado, gratinado y bañado en una salsa hecha de tomate y cerveza.

Pipón, orondo y con las expectativas casi colmadas, decidí vagar sin rumbo y ver qué descubría sin plan alguno.

Y de esta manera, casi sin quererlo, mis pasos me condujeron a una pequeña y tranquila calle, afluente de la peatonal referida más arriba para pasar delante de uno de esos lugares que ya casi no quedan: una tradicional barbería.

Pequeña, con sus paredes revestidas de mármol colmadas de espejos, con dos increíbles y aparentemente mullidos sillones, con antiguas fotografías y detalles que indicaban la afición del maestro barbero por el club de fútbol local. Este hombre, sentado en los bancos de espera, leía las noticias vespertinas y asentía conforme o disconforme a medida que pasaba las páginas.

Parado sobre la acera, mirando todo esto a través del gran ventanal, pasé mi mano sobre mi mejilla y rostro, y con una sonrisa pensé: "Los gustos hay que dárselos en vida".

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