Carta a Octavio

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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11 de abril de 2018  

Estuve hace unos días con tu papá, y me contó la pesadilla que atravesaste en enero. Retorcía y entrelazaba las manos, durante su extenso relato, y hacía ese gesto de mesarse la barba que vos bien conocés. Pero no parecía cansado ni había angustia en su mirada. Vi, más bien, un hombre feliz. Tiene conciencia, como creo que también la tenés vos, de que fue la experiencia más extrema que les ha tocado vivir. Sabe, asimismo, que ha quedado atrás. Sobreponerse es siempre una dicha.

Imagino que solo tenés recuerdos fragmentarios y dispersos de esos 12 días en los que, mayormente, permaneciste en coma inducido, y sé que en casa han repasado una y otra vez cada escena del drama. Esas jornadas en el campo, cuando la tragedia empezaría a gestarse, taimada y silenciosa, y el viaje a Pinamar, donde, veinte días más tarde, apareció una fiebre aguda y feroz que te sumergió en el delirio y te envió al hospital. Mejoraste, es cierto, y al día siguiente salió el sol. Siempre todo parece menos grave al día siguiente.

Pero duró poco. Doce horas después eso que tenías adentro sin que nadie lo sospechara, eso que descubrirían quince días después, cuando ya era tarde, se ensañó con tu cuerpo y desató una fiebre redoblada e impía. Me dice tu papá que te desvaneciste al llegar al hospital, y que ese fue uno de los dos momentos más desesperantes de esta historia. Ahora estabas gravemente enfermo.

Al día siguiente fue el cumpleaños de tu hermano, Benito, uno de los héroes de esta odisea, porque ni siquiera chistó cuando su muy anticipada celebración fue cancelada. Fue cancelada porque te sobrevino una tos seca y persistente que al principio asociaron con tu leve fibrosis quística, pero que era en realidad una tos cardíaca. Estabas acumulando líquido en los pulmones. Sin que nadie entendiera por qué tu organismo empezaba a colapsar.

Ya te han contado el resto. El traslado a Mar del Plata junto a mamá, donde te sedaron, te colocaron asistencia respiratoria y empezó la larga batalla final, con hemorragias pulmonares, convulsiones, un fallido intento de quitarte el oxígeno, y el traslado vacilante y riesgoso hasta el tomógrafo, luego de un nuevo ataque y con pronósticos cada vez más sombríos. Tras esa noche desoladora en la que tus padres ni durmieron ni quisieron dormir, el cuadro, milagrosamente, empezó a iluminarse. Unos días después intentaron volver a sacarte el respirador. Quiso Dios que papá y mamá estuvieran presentes, contra todo protocolo, y sus manos cobijando las tuyas te brindaron quizás el empujón final para volver a respirar sin ayuda. Como en un segundo nacimiento.

Transcurrieron otros diez días hasta que te dieron el alta para empezar la rehabilitación. Estabas curado. Estabas curado del mal de los rastrojos que habías contraído en el campo. La fibrosis quística combinada con una fiebre hemorrágica te dejaba sin chances. Eso dijo un médico, cuando lo peor ya había pasado.

Sin embargo, contra toda posibilidad, saliste de esa noche. Sobre eso quiero hablarte, brevemente.

Papá, mamá, tu hermano, toda la familia, los amigos, los clubes de rugby que saturaron de dadores de sangre el hospital, y, por supuesto, los médicos, todos ellos hicieron que regresaras con nosotros.

Pero el que resistió fuiste vos. El corazón que soportó 160 pulsaciones por minuto durante doce días fue el tuyo. Los pulmones que sobrellevaron una presión de oxígeno brutal fueron los tuyos. El espíritu que ganó un combate imposible y desigual fue el tuyo. No hay coma inducido para el espíritu. Desde la ciega inconsciencia sin sueños ni recuerdos, vos, Octavio, te negaste a claudicar, y en la abismal soledad con la que todos enfrentamos a la muerte, tu espíritu siguió al pie de la letra el dulce, frenético y angustioso precepto de Dylan Thomas: Do not go gentle into that good night.

Te rebelaste. Todos lo hacemos a los 15 años. Pero vos te rebelaste contra el más formidable de los rivales que conocemos.

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