China convoca a Beijing al norcoreano Kim Jong-un y él acude presuroso

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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11 de abril de 2018  • 01:26

China sigue apuntando claramente a ser, en muy pocos años más, la Nación que ocupe el centro mismo del escenario del mundo. La más poderosa y la más influyente de todas. Reemplazando entonces a los Estados Unidos en esa posición. Por esto China hoy ya pretende que todos los conflictos de alguna significación ocurren en su propia región de influencia no se resuelvan sin su participación. Y, mucho menos, a sus espaldas.

Cuando estamos en camino hacia una demorada reunión "Cumbre" entre los presidentes de los EE.UU. y de Corea del Norte, era realmente impensable que China, de pronto, quedara absolutamente de costado en una conversación estratégica de gran importancia entre dos países que en los últimos tiempos se han estado amenazando recíprocamente y que, por lo demás, tiene que ver con lo que sucede en un rincón bien concreto de la frontera territorial china.

A lo que se suma la reunión, también "Cumbre", prevista para el 27 de abril próximo en la zona desmilitarizada entre las dos Coreas, a la que asistirán los presidentes de los dos países, de la que Beijing quiere estar cuidadosamente interiorizada y anoticiada.

Por esto, la reciente visita del joven líder norcoreano a Beijing era previsible. Ella ha sido, en rigor, el primer viaje al exterior del extraño Kim Jong-un. En tren, porque (como su padre, aparentemente) le tiene algo de miedo al avión. Kim no se había, hasta ahora, reunido con ningún otro líder del mundo desde que accediera a la cima del poder de su país, en 2011.

China no la anunció con tiempo. La posibilidad de la reunión se mantuvo "in pectore" hasta casi el final. La hizo transparente sólo cuando el Jefe de Estado norcoreano estaba físicamente instalado en Beijing con toda su numerosa comitiva, alojado en un indisimulable tren verde, blindado por lo demás, y cuando el nivel del protocolo ceremonial que estaba en curso denunciaba claramente su presencia en la capital china.

De esta manera, la cuota de tensión existente entre ambos países por el desbocado armamentismo nuclear norcoreano debiera disminuir.

China -que ha votado contra el plan nuclear de Corea del Norte en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas- necesitaba conocer cuál es el objetivo inmediato de los norcoreanos y cuales los contenidos del diálogo que procuran, así como los parámetros centrales de su estrategia exterior. Es posible que lo haya logrado.

Corea del Norte, a su vez, necesitaba algún apoyo, directo o indirecto, del gobierno de China. Lo cierto es que ambas naciones están unidas por un tratado de defensa mutua que se ha mantenido siempre en vigor, desde 1961. Pese a que China, hace ya tres décadas, reconociera a Corea del Sur como Estado soberano.

Con sus ambiciosos objetivos internacionales de corto plazo claramente sobre la mesa y con el nacionalismo encendido en función de ellos, China no podía quedar excluida de las conversaciones entre su rival, los EE.UU., y uno de sus vecinos: Corea del Norte. Hubiera sido hasta una humillación.

La mejor forma de proteger sus propios intereses es la de estar muy cerca de todo lo que sucede y pueda suceder con ellas en el futuro y tratar de posicionarse de modo de estar al tanto del contenido de esas negociaciones, quizás a la manera de garante.

Por esto, la visita del joven líder norcoreano a Beijing no debiera sorprender demasiado. Tanto para su país, como para China, era un paso previo previsible. Es más, casi indispensable. Más bien, lo sorprendente hubiera sido que ella no ocurriera.

China la forzó en los hechos, restringiendo severamente, por espacio de algunos meses, las exportaciones e importaciones hacia y desde Corea del Norte. Particularmente las de hidrocarburos y carbón, que son absolutamente vitales para Corea del Norte.

En paralelo, Kim Jong-un ha abierto los brazos hacia Corea del Sur. En un drástico cambio de actitud, ahora se acerca a ella.

Un reciente concierto musical que contara con la presencia y actuación de las estrellas más populares surcoreanas lo dejó, en sus palabras: "profundamente emocionado". Lo cierto es que ya no trata de evitar la llamada "infiltración de la cultura surcoreana", como ocurriera durante años. En cambio, comenzó a abrir las puertas de su país.

Este es un paso de peso, que además baja las tensiones entre ambas Coreas. El concierto será seguido de visitas a Corea del Norte de atletas y gimnastas surcoreanos que harán exhibiciones públicas en su vecino del norte.

Y hasta las maniobras militares regulares de Corea del Sur con los EE.UU. que hasta ayer generaron el rechazo duro del régimen de Corea del Norte, ahora se toman, más bien, como un "comprensible esfuerzo", que "necesariamente debe llevarse a cabo". Un realmente dramático cambio de actitud en dirección a la distensión está a la vista y parece cada vez más evidente. Bienvenido sea. China no es ciertamente ajena a todo esto. Para nada.

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