Goyti y Reyna, una pareja Sin Filtro

12 de abril de 2018  • 00:26

El matrimonio es la unión de dos personas que sueñan con estar juntos hasta que la muerte los separe. Prometen amarse para toda la vida. Aseguran que serán fieles en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad. Acuerdan compartir todo, lo bueno y lo malo. Sin embargo, muchas veces, cada vez más, hay razones que hacen que esa unión se diluya, que esa esperanza de perpetuidad no se cumpla y todo se termine. Nadie quiere que eso ocurra, Pero sucede. Algunas uniones culminan de manera inesperada; sobre todo para los amigos, la familia, los hijos. Una sorpresa fulminante para aquellos que apostaban y que sentían que todo funcionaba bien entre ellos. ¿Se respetan, son sinceros, se escuchan, se divierten, lo intentan, crecen, se adaptan, vuelven a empezar una y otra vez? A veces pasa, a veces no.

Dos parejas -una casada y otra recién constituida- protagonizan Sin Filtro, una obra teatral de Florian Zeller (uno de los autores franceses más interesantes del momento), que se estrenó hace días en el Paseo La Plaza y que desnuda la ausencia de sinceridad en las relaciones. Gabriel Goity y Carola Reyna (llevan el ritmo con talento y maestría) son un matrimonio de más de 20 años. El aburrimiento y el total conocimiento del otro caracterizan la ya instalada rutina que plantea un escenario gris, monótono. ¿Cómo salir de la soporífera situación de pareja estable, con poca conversación, poco sexo, casi nada de sorpresa? Una espina se clava en los dos -de manera diferente en Valeria que en Daniel- con la llegada de su íntimo amigo (interpretado por Carlos Santamaría) quien pateó el tablero y dejó a su mujer (amiga de ambos) y a sus hijos por una joven con 20 años menos que él. Una comida en la casa de sus amigos de toda la vida le parece la mejor idea para presentarles a su novia de 28 años. El peligro es que se convierta en la peor idea.

Una mujer llegando a los 50, en la mitad de la vida, con todo lo que eso implica: inseguridad, hormonas revolucionadas y algo de angustia provocada por la inminente tranformación de su ser, puede convertirse en una bomba de tiempo si se siente amenazada por la presencia de una bella mujer a la que dobla en años y que viene a mostrarle a su marido otra posible vida. Si al miedo se le suma la hipocresía de la que el personaje del Puma Goity es capaz para contentar a todos, más la mirada lujuriosa sobre la atractiva novia de su amigo, el cocktail revoluciona. En un contexto de aparente bienvenida, de absoluto bienestar, la presencia de Martín y Eva (Muni Seligmann) arrasa con la tranquilidad del matrimonio "estable" y despierta una estimulante invitación a derribar las máscaras. Pronto la escena se puede transformar en un juego de mentiras piadosas, verdades eclipsadas, donde se ponen en tensión dos realidades que compiten entre ellas ¿Cuál de las dos parejas se llevará el premio al mejor modelo a seguir? ¿Cuánto de lo que decimos es lo que realmente pensamos? Es que la verdad siempre ofende y el matrimonio es un campo de resistencia en el que el amor construido juega su batalla diaria contra cualquier efímera tentación.

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