Carrie Bradshaw is dead: por qué las mujeres no nos identificamos más con este modelo

Crédito: Ilustración de Vale Boquete
La heroína de Sex and the City no era el mejor modelo que podíamos tener, pero nos tomó algún tiempo darnos cuenta.
Denise Tempone
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13 de abril de 2018  • 15:49

En el transcurso de las seis temporadas que duró Sex and the City, Carrie Bradshaw se nos reveló como una referente confusa. Aspiró a un trono de liberación emocional que, finalmente, dejó vacante. Hace una década, cada sábado por la noche, nos juntábamos para verla ¡por televisión! y preguntarnos de qué forma le romperían el corazón. Su honestidad nos resultaba encantadora. Hoy, a la distancia, vemos que esta serie llegó justo cuando la representación de la generación treintañera merecía una actualización. Junto con este grupo de amigas de Manhattan, empezamos a pensar en la tercera década como “los veinte con independencia”; pero, aunque la serie nos inspiró mucho, verla hoy nos hace ruido. Entonces, ¿por qué Carrie ya fue?

Chau al desfile de hombres

Tal vez hace diez años podíamos sentirnos intimidadas por el desfile de hombres y el sexo a la carta del que gozaba Carrie (¡y ni hablar del de Samantha!). Un contacto visual intenso y un coqueteo parecían suficiente para desatar historias interesantes. La cantidad de amantes que podía tener una mujer soltera era algo de lo que hasta entonces no se había hablado demasiado. Sex and the City nos hizo entender que la soltería trae consigo la exploración sexual y eso nos daba vértigo. Hoy, sin embargo, no nos sorprende. Tinder, Happn o Legalfling llegaron para facilitar encuentros con hombres que apenas conocemos. Con un celu y paciencia para chatear, no es difícil convertirse en Samantha si una quiere. Claro que también descubrimos que las apps no hacen magia ni solucionan el caos pareja/sexo.

No la queremos remar más

Sex and the City rondó alrededor de una búsqueda dramática, absoluta y constante cuya meta era encontrar el alma gemela y, de esa forma, completarse. Aunque ellas luchaban contra los mandatos, el fantasma de la soledad parecía acechar la nuca de cada una. No las culpamos, era un pensamiento real que ellas exorcizaron en cámara, pero que hoy no podemos dejar de mirar lo que conlleva. En su afán por ser amada, Carrie toleró, o al menos intentó negociar, cosas insólitas: la perversión del candidato político Bill Kelley para que le hiciera pis encima (“¿y si te tiro agua tibia?”, le ofreció), la competencia y el boicot de Jack Berger (con su manía de exponerla y su abandono mediante un post-it), los constantes enigmas y plantones de Mr. Big y la postergación de la fiesta parisina en su honor para acompañar a Alexander Petrovsky, su novio egoísta, por solo nombrar algunas. Hoy, seguramente, semejante tolerancia nos pondría en alerta. Ser tan, pero tan remadora en las relaciones no es precisamente nuestra aspiración. Actualmente, eso tiene un nombre: migajeo. Sí, viene de “conformarse con miguitas”.

No hace falta mostrar todo

¿Se podría ventilar la propia vida sin tener redes sociales? Claro que sí. De hecho, en Carrie tenemos una precursora. En su columna semanal en el diario New York Star, ella revelaba en primera persona cada experiencia sexual, drama y duda de su vida íntima ¡y de la ajena! Probablemente haya sido una adelantada en eso de hacer catarsis frente al mundo. Por supuesto, aunque la serie está basada en la vida de una periodista en Nueva York, ese nivel de exhibicionismo no es real y está exagerado. Aunque, pensándolo bien, ¿cuánta gente lo hace hoy en sus timelines? Contar tu vida podía ser cool cuando un diario te pagaba por eso. Hoy, la discreción cotiza altísimo ¡porque casi nadie la elige!

Queremos más consistencia

Tras 91 episodios, los personajes de la serie –especialmente Carrie y Mr. Big– se convirtieron en modelos representativos para muchos. Instalaron un patrón, un estereotipo de pareja con el cual era muy fácil identificarse, a tal punto que era común juntarse a comer o tomar algo con una amiga e inevitablemente terminar llamando “Mr. Big” al novio escurridizo, mujeriego o fóbico de alguna. Candace Bushnell –autora del libro que le dio vida a la serie televisiva– sugirió que fue por opiniones de gente (como su propia madre) que decidió cambiar el final que originalmente le había dado a la historia. Según ella, Carrie no debía quedarse con Big y, para tristeza de los defensores de las “relaciones sanas”, tampoco debía quedarse con Aidan; Carrie debía terminar sola tal como lo hace en el libro: “Finalmente, esto fue un negocio, no un experimento artístico, y con los productores decidimos hacer lo que quería la mayoría. No pensamos en el impacto que tendría diez años después. Hoy nos parece hasta patológico que hayan terminado juntos y creo que, en algún sentido, le quitó heroísmo a Carrie”.

¿Cómo sería Carrie hoy?

  • Más progre: si seguís el hashtag #wokecharlotte en Instagram, vas a ver cómo transforman a la más correcta de las cuatro en educadora de la forma atinada de pensar ciertos temas hoy. Los nuevos diálogos parten de líneas reales de la serie; por ejemplo, cuando en una escena Carrie, desconcertada ante un amante bisexual, dispara: “Ni siquiera estoy segura de que la bisexualidad exista. Creo que es solo una escala en el viaje al barrio gay”; en esta nueva versión, Charlotte la frena en seco: “La bisexualidad es una orientación sexual real. No es ‘solo una fase’, y como columnista sexual tienes una responsabilidad a la hora de educarte en asuntos queer”. Charlotte también le para el carro con respecto a comentarios racistas y clasistas.
  • Más sólida financieramente: si Carrie hubiera tenido Instagram, probablemente su vida sería más fácil. Alguien con su imagen, reconocida por sus libros y adicta a la moda, seguro hubiera tenido millones de seguidores. Sus relatos hubieran sido posteos, y los hubiera escrito desde un smartphone. Probablemente hubiera sido una it girl que canjearía todo por dinero o por productos. Se habría ahorrado cientos de dólares en zapatos para pagar ella misma la deuda de su casa, y no le habría pedido plata a Big ni a Charlotte.
  • Más cuestionada: algunos aspectos de su relación con la moda hubieran sido súper cuestionados. ¿Qué necesidad impulsaba a Carrie a usar Prada y Gucci para ir a almorzar? ¿Acaso lo único que le importaba era la belleza? Ni la practicidad ni la comodidad caracterizaba a un personaje que prefería tomar taxis antes que sacarse sus zapatos. Fumadora compulsiva y adoradora de la comida chatarra, tampoco la salud parecía un tema desde su perspectiva. “Prefiero comprar Vogue en vez de la cena, siento que me alimenta más”, dijo alguna vez, como resumen de todo.

NUEVAS HEROÍNAS

Por Soledad Venesio, nuestra columnista de Series .

Mientras que en los años de furor de Sex and the City eran pocas las series en las que las actrices tomaban roles protagónicos, hoy ese escenario no es tan extraño y vemos la representación de una idea que, para nosotras, siempre fue más que obvia: las mujeres no somos todas iguales. No hay duda de que a finales de los 90 Carrie Bradshaw rompió con muchísimos tabúes, pero en la televisión actual esta construcción queda anticuada. Buscando principalmente la diversidad y pluralidad, así como evitar estereotipos y brindar personajes humanizados, fuertes e independientes, nombres como Mindy Kaling (The Mindy Project), Issa Rae (Awkward Black Girl), Lena Dunham (Girls), Elisabeth Moss (The Handmaid’s Tale) o Aubrey Plaza (Parks and Recreation) toman fuerza. No hay más una sola Carrie porque no hay un “monopolio”. Hoy lo que se busca es siempre mostrar mujeres diferentes. Y lo que es más interesante es que cada personaje también se permite ser diverso en sí mismo: a veces villanas, a veces amantes, otras tantas heroínas. La cuestión fundamental es que la mujer no es una sola ni hay una sola forma de “lo femenino”, sino que hay infinitas. Con esto, estamos en un momento televisivo en el que lo primero es la independencia: ser mujeres fuertes, que se construyen sin la necesidad de un personaje masculino al lado.

#takeoverdelectoras: esta nota fue redactada con la participación de: Brenda Caletti, 28 años, periodista. Diana Sosa, 33 años, periodista. Jimena Winger, 35 años, periodista. Johanna Mesa Alpert, 34 años, periodista.

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