La canción sigue siendo la misma: así pasa el Madrid

Pablo Vignone
Pablo Vignone LA NACION
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11 de abril de 2018  • 18:16

Si el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes, como definió alguna vez Gary Lineker y popularizó Jorge Valdano, la Champions League parece ser un torneo, el más importante del mundo a nivel de clubes, en el que se miden las formaciones más poderosas del fútbol europeo para que, al final, todas se rindan a los pies del Real Madrid. De una forma u otra.

El club más ganador de la Orejona impuso, al cabo, un patrón de poderío deportivo y prepotencia bien entendida que, al cabo, genera un respeto lindante en el temor entre sus rivales. La era moderna, con la entronización de Cristiano Ronaldo como líder indiscutido de una campaña que lleva dos Champions consecutivas bajo la conducción de otro histórico del club blanco, Zinedine Zidane, impresiona por la manera en la que se intimida a la competencia.

Jugar la Champions contra el Real Madrid, en fase de grupos o decisiva, es una prueba de carácter en la que el rival siempre arranca disminuido. Por el peso de la historia, por la experiencia copera del equipo merengue, por la forma descarnada en la que cualquier formación blanca y violeta asume estos compromisos.

La historia no es lineal, por supuesto. Mientras Italia sangra todavía por lo que será su inaudita ausencia de Rusia 2018, la Juventus se preparaba para dar el batacazo y asumir, junto a la Roma (que había desbancado a un desteñido Barcelona), la bandera de la reconstrucción del fútbol peninsular. Jugando el libreto inverso al que le escribió la historia, con la obligación de arrollar al rival en lugar de especular con el tradicional catenaccio.

Pero en esta fase final de cuartos, los árbitros metieron la cola. El español Mateu Lahoz contribuyó con su error (no convalidar un gol legítimo) a la debacle del Manchester City, un nuevo rico de fútbol exuberante pero todavía ingenuo; ahora, el ingles Michael Oliver cobrando un penal discutible y expulsando a continuación al interminable Gigi Buffon. Lo del penal es debatible; pero la expulsión derrumbó definitivamente la sensación de que había partido, que podían existir equivalencias, de que el Madrid podía ser destronado. La tarjeta roja vino a representar un doloroso choque con la realidad.

En la Casa Blanca, la noche acabó como parece estar escrito en algún pliegue del imaginario colectivo del fútbol: pasó el Real Madrid, como debía ser. No ganó, pero pasó a semifinales. El recuerdo de la canción que suelen entonar las hinchadas rivales en España ("Así, así // así gana el Madrid") es inmediato. Cristiano Ronaldo volvió a mostrar su musculatura después de exhibir otro gramo de su clase -una ejecución magnífica del penal, la última oportunidad para alejar el fantasma de la eliminación- y sigue en carrera para volcar a su favor la pelea con Lionel Messi por el trono del mejor. Su sueño de alzar por tercer año consecutivo la Orejona se mantiene vigente.

El fútbol, quizás, merecía otro final. Pero el final, como la canción, es siempre el mismo: todos se rinden ante el Real Madrid.

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