El Gordo Conti, una máquina de pasión

Jorge Búsico
Jorge Búsico PARA LA NACION
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12 de abril de 2018  

Si existiese una máquina para medir la pasión, el Gordo Alejandro Conti la habría saturado al menos una o dos veces por semana. Apenas un par de ejemplos. Mañana de lluvia, centro de San Isidro, y él empapándose -mientras estaba trabajando- para explicarle a uno -que se iba a su casa- cómo tenía que formar el pilar izquierdo o cómo debían agarrarse las segundas líneas. Madrugada de frío helado, en Puente Saavedra, esperando el 203 que lo llevara a su casa de San Isidro, después de venir de entrenar a San Albano desde el sur del conurbano.

No existe, afortunadamente, una máquina del periodismo que mida en qué momento hay que recordar a los que dejaron algo. El Gordo Conti se fue a un lugar mejor el 30 de marzo, hace ya 13 días, y habrá que traerlo cada vez que se pueda, como en estas líneas. Es imperioso retratar a él, a muchos otros maestros que ya no están y a los que todavía quedan, sobre todo en una época en que lo instantáneo les gana por goleada al análisis y al contexto. Decía Conti: "El éxito no se mide por los triunfos; el éxito va por otro lado. El tema es poner el máximo esfuerzo en hacer las cosas bien, y no poner el máximo esfuerzo para ganar".

Seguramente muchos identifiquen a Conti por sus conocimientos y su fundamentalismo -sí, era un talibán, y no lo ocultaba- del scrum. Pero el Gordo, formado en la escuela del San Isidro Club, fue mucho más. Era un agudo analista del rugby, del juego de forwards, y también de las estructuras y los cambios que fueron generándose con el tiempo. Era un estudioso apasionado. ¿Qué cobraba por entrenar? ¿Y?

Irónico, contestatario, gracioso. Con Conti uno podía hablar de cualquier cosa. "Siempre ganaba él", lo recordó su sobrino Ramiro Zuca Conti, buen y querido periodista, en la página del SIC. Atrás del rugby venían la filosofía, la música (amante del rock progresivo surgido a fines de los sesentas; tenía el alma de un hippie de los setentas) y el fútbol (fanático de River). Siempre a paso veloz por las calles del centro de San Isidro, se detenía para hablar con cualquiera de rugby salvo cuando llevaba a su hija más chica al colegio. En ese momento miraba al frente y seguía de largo.

Tres veces campeón en el SIC -entre 2002 y 2004, entrenando a un equipo que jugaba muy bien al rugby, y también en el seleccionado de Buenos Aires en el Campeonato Argentino, cortando una larga sequía. Tuvo la década con Belgrano, al que lo preparó para mejorar y después llegar al campeonato. Un corto tiempo en San Albano, y la última parada fue del otro lado de la cordillera, en el Old John's.

Para el Gordo Conti, "nosotros" era el SIC. Cuando hablaba de los otros equipos que dirigía, decía "Belgrano jugó bien" o "San Albano está creciendo". Y el CASI era "el club de Acassuso...". También llevaba al fútbol ese tono burlón de hincha. Cada vez que River le ganaba a Boca, en Facebook preguntaba dónde estaban sus amigos de la otra vereda futbolera.

También era duro. No transaba. Dividía a los dirigentes en "los de botines" y "los de mocasines". Tuvo su costo. Nunca lo llamaron para un seleccionado nacional. Ni siquiera lo citó la UAR cuando se armó el grupo de trabajo para frenar las lesiones en el scrum.

Lo despidieron en el SIC, claro. El mismo lugar donde se brindó el adiós a otros dos próceres, Veco Villegas y el Negro Iglesias. Ahora estará con ellos, y con Coco Rocha y Adrián Anthony, moviendo sillas y pocillos de café para explicar cómo funciona la máquina del scrum. La máquina del periodismo, hoy tan arruinada con mentiras, agentes de servicio, mercaderes, vedettismos y cholulismos, no mide tiempos; está para recordarlos.

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