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El arte de aprender a escuchar

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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12 de abril de 2018  

Hace un tiempo, le conté a mi psiquiatra ciertas dificultades espirituales para soportar lo que podría llamarse, un poco imprecisa y pretenciosamente, la materialidad de la existencia. "Lo que pasa es que usted descuida la única materialidad que puede subsistir, que es lo que escribe", me dijo. Se refería entonces a mi indolencia para publicar en libro mis críticas y artículos, como este mismo que estoy escribiendo ahora y que alguien lee también en un ahora que ya no es el mío. Negué de plano: descreo de las recopilaciones periodísticas, a menos que las haga otro y que sean póstumas. "Salvo en el caso de Jorge D'Urbano", replicó mi psiquiatra, que tiene muy buena memoria (ahora saben por qué consulto estas cosas con él). Yo le había hablado una vez de Música en Buenos Aires, el libro en el que D'Urbano, el mejor crítico musical de su tiempo (o por lo menos el que mejor escribía), reunió varios de sus artículos. En todo caso, descreo de la supervivencia de mis propios artículos en libro.

Pero aquello que no es válido para mí puede serlo para los demás, naturalmente. Leo el libro de otro crítico musical. En Un viaje en círculos. Sobre óperas, cuartetos y finales (Mardulce), Federico Monjeau no recopila sus artículos, pero el libro no habría existido acaso sin el origen periodístico en Clarín de muchos de sus capítulos, lo que es además la prueba de la completa coherencia de su pensamiento y de su escritura: como pasaba con Borges, no existió nunca para él diferencia alguna entre el piso intelectual de un libro y el de un diario. Confiteor: al margen de influencias más lejanas en el tiempo y el espacio, aprendí el ejercicio de la crítica aquí y ahora leyendo sus escritos en el diario. Sigo haciéndolo, y por eso la lectura de Un viaje en círculos depara el efecto familiar de una conversación silenciosa que continúa.

Los temas y nombres propios son los de siempre en él: Arnold Schönberg, Mariano Etkin, Gerardo Gandini, Morton Feldman. Los mismos que aparecían ya en La invención musical, su libro anterior. Pierre Boulez solía decir que un objeto real basta para que nazca una infinidad de objetos virtuales. Los nombres serán los mismos, pero Monjeau encuentra siempre una luz nueva. Un ejemplo entre muchísimos: el señalamiento de que Eusebius, la pieza de Gandini, pedía en su versión para piano abundante uso de pedales porque aspiraba ya a la orquesta (hubo una versión orquestal posterior). Pero no es este el lugar para consideraciones técnicas (¿qué reseña le hará justicia?). Lo que quiero decir ahora es que Monjeau se mantiene fiel a un núcleo de preocupaciones estéticas que le permiten incluso comprender cabalmente aquello que es ajeno a esas preocupaciones. Es una virtud muy infrecuente de la inteligencia.

Lo otro es que este libro habría sido imposible sin los 20 años que duró el Ciclo de Conciertos de Música Contemporánea del San Martín, que dirigió hasta 2016 Martín Bauer. Fuimos muchos los que descubrimos allí nuevos compositores y música cuya existencia ignorábamos. Decía hace un tiempo Beatriz Sarlo: "Escuchamos mucha música por primera vez. Contra los que piensan que hay que confiar todo a la sensibilidad, el arte necesita ser hablado y escrito. No es solo una cuestión de gusto, porque el gusto no es anterior a la experiencia".

Toda época, cualquier época, es irrepetible, y pretender su repetición anularía el poderío de lo nuevo, que es por lo que la recordamos; pero esta consideración no basta para disipar la nostalgia por lo que fue. Esa época fue, sí, irrepetible. Un viaje en círculos es en este sentido la autobiografía del hombre que fue nuestro maestro en la audición y en la escritura de la música que descubrimos en esa época. De Monjeau aprendí a escuchar y a escribir sobre lo escuchado. En un arabesco, la autobiografía de un solo hombre se convierte en lo que Sarlo llamó "una biografía estética colectiva". El círculo depara también la promesa del reencuentro con lo perdido.

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