Culpa del chancho o de quien lo alimenta

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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15 de abril de 2018  

En enero de 2010, el jefe de la policía iraní Ahmadi Moghaddam confesó, sin ningún prurito, que "las nuevas tecnologías nos permiten identificar a los conspiradores y a los que están violando la ley sin necesidad de controlar a toda la población individuo por individuo". Donde este funcionario decía conspiradores, otros controladores de estas tecnologías podrían decir consumidores, usuarios, aficionados, partidarios. Cuando hace pocas semanas quedó en claro, debido al escándalo de Cambridge Analytics y su manipulación de datos de 50 millones de personas con fines políticos, que Facebook es ante todo un reservorio para la cosecha y posterior tráfico y negociación de datos personales, se derrumbó el mito de la neutralidad de Internet. Ni esta ni otras redes sociales (o buscadores, como Google) tienen como primer propósito servir a la comunicación e información o crear comunidades humanas, sino recopilar antecedentes de sus usuarios (búsquedas, gustos, hábitos de conexión y navegación, posteos, contenidos de correos electrónicos) para personalizar luego campañas publicitarias, políticas, o del fin que se ofrezca. Una vez recogida, esa información convierte al internauta en un blanco (eso significa target) sobre el cual disparar. O, si se quiere ser menos crudo, sobre el cual influir, empujar en cierta dirección y hacerle mirar ciertas cosas mientras se le ocultan otras. Eso se llama Big Data. Y nada tiene de neutralidad.

Lo que ocurrió con Cambridge Analytics y Facebook no es inocente, a pesar del tardío, oportunista y poco creíble arrepentimiento de Mark Zuckerberg, creador de la red social. Solo que esta vez fue, además de grosero, denunciado. Y tampoco es novedoso. Pensadores, ensayistas y especialistas en el tema lo vienen advirtiendo desde hace tiempo, entre ellos Evgeny Morozov, Nicholas Carr, Tristan Harris o José Van Dijck (investigadora holandesa, conviene aclararlo dado su nombre de pila). Para estar a tono, el lector puede googlearlos para seguir sus libros y escritos. De manera que los usuarios escandalizados o que se sientan ofendidos estarían pecando, en cierto modo, de ingenuidad o desinformación, lo que se sería paradójico en este caso.

El uso indiscriminado y adictivo de las redes sociales es pornográfico, como lo califica el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han (en libros como La sociedad de la transparencia, En el enjambre o Psicopolítica). Todo está a la vista, todo está explícito, no hay metáfora, no hay misterio, no hay recato ni pudor. "Cada uno es su propio panóptico", dice Han, en referencia a la prisión así llamada e imaginada por el filósofo británico Jeremy Bentham en 1791, cuyo diseño permite al carcelero observar a todos los prisioneros sin que estos sepan si los vigilan o no. En su defensa Zuckerberg y sus colegas podrían decir que ellos no roban datos, puesto que los usuarios los entregan voluntaria y profusamente en cada interacción. Ellos solo comercian y manipulan tales datos, pero sin coacción. Así, lo que el Gran Hermano de 1984, la clásica y vigente novela de George Orwell (1903-1950), obtenía por medio de la intimidación, la persecución y la violencia, se consigue hoy amable y graciosamente.

La culpa no es del chancho, dice el viejo refrán. En este caso sí lo es, pero hay además una gran responsabilidad del que le da de comer, del que elige vivir en las redes antes que en la vida real, del que se desprotege arrojándose a un mundo virtual olvidando que su existencia encontrará sentido en el mundo real, el de experiencias intransferibles, el de prójimos de carne y hueso. Usar las redes e Internet es una cosa. Ser usado es otra. Encontrar la diferencia es importante.

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