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Grandes Esperanzas

Perder dos hijas y volver a empezar; "Es difícil no retroalimentar el dolor"

Carina Durn
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13 de abril de 2018  • 00:33

Hace dos años ya, que las mellizas de Ida partieron de este mundo. Y ella, una mujer dispuesta a sanar sus heridas, tomó el coraje suficiente para abrirse por el difícil camino de expresar sus sentimientos. Sentimientos no siempre ideales a los ojos del juicio ajeno. Sentimientos que, a veces, le resultan tan contradictorios, tan humanos.

"Pasé por el dolor más grande que pueda sentir una persona, o por lo menos eso es lo que dicen, que lo peor que le puede pasar a alguien es la muerte de un hijo, y yo lo viví por dos. Pero esto, en vez de ponerme en un lugar lastimoso, me da cierta omnipotencia, porque ya nada más grave puede sucederme", afirma.

Las opciones

Dos años atrás, Clara y Sofía, diminutos seres, llegaron al mundo. Pequeñas grandes luchadoras que pelearon por permanecer, pero cuyos cuerpecitos frágiles no se lo permitieron más que por 7 y 10 días. Días en los que nada más existía, en donde las horas eran eternas, los momentos únicos y las plegarias desesperadas.

Luego de la partida de sus hijas, Ida sintió que tenía dos opciones: quedarse tirada en la cama, con justificación, o salir adelante y seguir dando pelea.

"Me quedé con la segunda opción. En realidad, con la única opción para mí", cuenta, "Lo hice rodeada de todo el amor de mi familia y amigos, que nunca me soltaron la mano. Cada uno desde su lugar, haciendo lo que podían y, sobre todo, lo que yo les permitía. Sé que no soy fácil. Antes de que partieran, Hernán, el papá, fue el primero en tener contacto con las mellis, porque yo estuve un día en terapia. La conexión que él tuvo con ellas fue increíble. Les hablaba con dulzura, con un amor tan puro...No se despegó de sus hijas ni un instante, fue el mejor papá que les podría haber tocado".

A Ida y Hernán, el dolor, tan profundo, los terminó separando como pareja. "Llegamos a la conclusión de que nos retroalimentábamos con el dolor del otro y no pudimos remontarla, a pesar de los años y los proyectos que teníamos juntos. Hoy, tenemos la mejor de las relaciones y el respeto mutuo por lo vivido". explica.

De a poco, Ida fue volviendo a la vida, una que siempre había sido hermosa.
De a poco, Ida fue volviendo a la vida, una que siempre había sido hermosa.

De a poco, Ida fue volviendo a la vida, una que siempre había sido hermosa, pero que debía redireccionar. Una tarea titánica, porque, hasta hacía pocos meses, todos los proyectos, todos los planes, absolutamente todo, era con y para ellas.

"Me hubiese gustado tener la fe que tienen muchos que pasan por estas tragedias, pero a mí me cuesta, porque mientras mis bebitas estaban internadas, hicieron cadenas de oraciones; familia, amigos, amigos de amigos, tanta gente que nunca conocí y a los que estaré eternamente agradecida por tenerlas en sus intenciones, y sin embargo... el peor de los finales...", cuenta, conmovida. "Es por eso que, esto de la fe, me cuesta un poco. ¿Dónde estuvo ese ser superior cuando esas dos pequeñas gigantes lo necesitaban? O cuando dicen...`están en un lugar mejor´ ¿Qué lugar sería mejor que con su mamá y su papá? Admiro a la gente que tiene fe, lo reconozco, entiendo que en estos casos ayuda, pero también me pregunto...reflexiono...pienso en Nietzsche... ¿Acaso esto de la fe no sería ni más ni menos que un tema de conformismo? Capaz... no lo sé".

Aprender a convivir con el dolor

Para Ida, estos fueron los dos años más difíciles de su vida. En ellos, pasó por todos los estados: la tristeza más profunda, angustia, rabia, odio, desilusión, culpa... Dos años en los que se preguntó ¿por qué? Y en los cuales, por supuesto, la respuesta nunca llegó.

"Muchos me dicen que Clarita y Sofi están siempre junto a mí, perdón...pero yo no las veo...solo en sueños me las encuentro y juego con ellas juegos que en la realidad nunca ocurrirán, y no quiero despertar. Pero cuando despierto, ahí estoy de nuevo, levantándome como cada mañana, muchas veces obligándome a salir de la cama, pero siempre intentando volver a ser feliz a pesar de...", continúa. "Escuché, hace poco, a una persona que también había perdido a una hija, decir que, con el tiempo, "la mochila se acomoda", sin dudas es así, se acomoda, pero sigue estando ahí... Eso de acostumbrarse a vivir con el dolor es exactamente así, se aprende a convivir con él. Pero también, por suerte, se vuelve a sonreír, a disfrutar y a luchar cada día por ser feliz".

"Cada día agradezco que hace dos años haya podido vivir la experiencia de ser mamá".
"Cada día agradezco que hace dos años haya podido vivir la experiencia de ser mamá".

Gracias a la vida

A veces, Ida siente que, a lo mejor, la fuerza que encuentra cada día para seguir adelante, aun en esos días en que nada tiene sentido y en donde nada vale la pena, es la fuerza que le dan ellas. "O no. Nunca lo sabré. Ya dije, me cuesta creer en que hay algo después de la muerte, lo que sí sé, es que ya no le tengo miedo. No después de que ellas, siendo tan pequeñas, tuvieran que pasar por eso", reflexiona.

Más allá de las creencias, lo que a Ida no le cabe duda es que se puede salir adelante, se puede volver a la propia vida, disfrutar, conectarse y sonreír.

"Cada día agradezco que hace dos años haya podido vivir la experiencia de ser mamá. ¿Poquitos días? Sí, es cierto, pero sentí la conexión única que siente una mamá al ver a sus hijos por primera vez, y esa sensación inexplicable de querer estar en su lugar para ser yo la que sufra físicamente, en vez de ellas", rememora, emocionada. "Pero sí, hay que quedarse tranquilos, se puede volver a ser feliz. El dolor va evolucionando y, por suerte, nos va dejando respirar un poquito mejor. Ya no me ahoga, solo cada tanto... y he aprendido a dejarlo pasar".

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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