Un cuerpo y una cabeza que necesitan protección: cómo cuidar a Angel Di María, otra tarea para Sampaoli

Román Iucht
Román Iucht MEDIO:
Crédito: Tascani
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12 de abril de 2018  • 23:59

Hay que verlo y escucharlo a Sampaoli hablando de él. Fuera de Messi, lo considera el más valioso de los mortales. Con un micrófono delante se deshace en elogios cuando destaca sus virtudes. En una conversación informal, va todavía más lejos y lo ubica en el selecto grupo de los imprescindibles.

Para Angel Di María, probablemente Rusia 2018 sea su último acto con la camiseta del seleccionado y su evaluación por parte del entrenador es una certeza en el mar de dudas que envuelve los nombres de la lista final y la ejecución de un plan de juego definido. Sin embargo, una doble lectura bien transparente involucra cada una de las acciones deportivas del rosarino.

Atravesando su tercera temporada en el PSG, sus números oscilan conforme la altura de la vara que debe enfrentar. En una competencia absolutamente despareja como ninguna otra en Europa, el zurdo se destaca cada vez que se lo propone con buenos números en cuanto a flujo goleador (18 goles) y cantidad de asistencias (18) tanto en la Liga como en las Copas locales. Sin embargo, su contribución en la Champions League ha sido tan económica (un grito y un pase gol) como la nueva debacle que alejó a su equipo de la etapa de definición más allá de los millones invertidos al inicio de la temporada. Jerarquía de los rivales y opciones de nombres dentro de un plantel rico y variado resultaron decisivos para que la valoración de Emery no fuera tan contundente como la que utiliza Sampaoli.

Otra dualidad es la posición en el campo del rosarino. Jugando como extremo por la izquierda, su posición original, Di María desequilibra por velocidad. Sin embargo ese vértigo suele transformarse en apuro y sus decisiones no siempre resultan las apropiadas para la finalización de los ataques. Lo que gana de ventaja en velocidad, a veces se pierde en la confusión de la elección de la mejor opción para cerrar la jugada. El carril izquierdo le da la posibilidad del lanzamiento directo ya sea en forma de centros o de remates al arco, pero simultáneamente nos muestra la versión del jugador obstinado y muchas veces chocador cuando elige el uno contra uno frente al marcador de turno.

Crédito: Reuters

Desde la derecha, Di María se vuelve un jugador más pensante. Su necesidad de utilizar un tiempo más para enganchar hacia adentro para ponerse del frente al campo, le da un tiempo extra para pensar y ejecutar con más y mejor lectura del juego. Pierde explosión pero suma intelecto.

La posición también lo ha llevado por dos caminos. Cuando en el equipo parisino jugó con Neymar, su lugar en el campo estuvo del lado diestro. En la selección, ese sector es el punto de partida de Messi, por ende lo vemos mucho más por la izquierda.

Finalmente están su aporte táctico y su cabeza. En el "haber" sus acciones se cotizan en bolsa observando su recorrido infatigable a lo largo de toda la banda. En ataque es de los pocos jugadores que reciben la bola "al espacio" y pueden descongestionar el juego. Esas válvulas de escape son vitales para desarticular defensas rocosas, tanto como aquel que desequilibra en espacios reducidos. En defensa, su aplicación táctica es la debilidad de cualquier entrenador. Disciplinado y atlético, su repliegue defensivo no merma su capacidad para pasar la línea de la bola a la hora de ocupar posiciones en ataque.

En el "debe" están sus continuas lesiones en momentos cumbres cuya consecuencia es la desilusión generalizada. Bélgica en los cuartos de final de Brasil 2014 fue el primer eslabón de una cadena que luego sumó varias deserciones. La final de la Copa América de Chile, el choque de primera ronda ante Panamá un año después que lo imposibilitó de llegar a pleno al juego decisivo y un nuevo problema muscular frente a Venezuela en la eliminatoria muestran desde la recurrencia algo más profundo que una suma de casualidades. Su salida prematura en el duelo ante Italia y su ausencia en la debacle de Madrid frente a España, reavivaron un fuego que lejos de extinguirse se enciende ante la mínima brisa.

Lejos de negarlo, el propio Di María ha reconocido al aspecto físico como un talón de Aquiles y sus posteriores tratamientos ya incluyeron el apoyo psicológico. Su explosividad física, sumado al hecho de "jugar el partido" antes de entrar al campo no parece ser un combo saludable.

Con una década en el seleccionado cargando en su espalda, Di María es consciente de que en el paño de Rusia se juega sus últimas fichas. Aún desde su irregularidad y cierto hastío del futbolero medio, es de esa clase de jugadores para los que definitivamente no hay una sucesión clara en el menú de ofertas del fútbol argentino.

Estar bien "de arriba" para poder resolver "de abajo" es su objetivo. Elegir el mejor de los caminos, una vez más, es su gran desafío.

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