Reseña: Trimalción, de Francis Scott Fitzgerald

Otra versión de un clásico perfecto
Pedro B. Rey
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15 de abril de 2018  

Entre los póstumos existe una categoría especial: las primeras versiones. El retrato del artista adolescente, de James Joyce, tiene, por ejemplo, su primer correlato en Stephen Hero. El autor irlandés viene a cuento porque Francis Scott Fitzgerald pensó en él para Trimalción: aspiraba a que su novela fuera el reverso norteamericano del Ulises, de ahí el título de timbre clásico que alude a un personaje de Petronio. En el medio actuaron los consejos de un editor (Maxwell Perkins) y el libro, como se sabe, terminó llamándose El Gran Gatsby (1925). Pero ¿qué distingue a Trimalción, que en inglés recién vio la luz en 2000, de la versión que todos conocen?

Las variaciones son numerosas. En el prólogo, Juan Forn -también traductor implacable- destaca el capítulo octavo, donde Nick Carraway, narrador voyeuristico de la novela, conversa con Gatsby sobre el pasado de este. La originalidad aquí es que Jay Gatsby cuenta en primera persona de dónde viene su amor imposible por Daisy, que en horas lo llevará a la ruina. Uno de los rasgos modernistas de El gran Gatsby era que se sabía poco de su héroe pero se decía mucho. La confesión de Gatsby en Trimalción es lo contrario, pero tiene algo de milagro diferido, como si también los personajes de ficción pudieran resucitar. ¿Es mejor o peor? Imposible comparar. El clásico se desdobla, como un díptico, en un involuntario gesto vanguardista. Los lectores de Fitzgerald -acostumbrados a que siga dando sorpresas- de parabienes.

Trimalción

Por Francis Scott Fitzgerald

Tusquets. Trad.: Juan Forn. 218 págs., $ 289

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