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Carmen Argibay

Señora jueza

Defensora de los derechos humanos y de la mujer, es la primera magistrada argentina llamada a integrar los Tribunales Internacionales de las Naciones Unidas
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14 de octubre de 2001  

Con pollerita escocesa y medias tres cuartos, paró sus 23 años frente a un auditorio de empleadas y obreras. Fue un sábado a la tarde de comienzos de los 60. Ella, recién recibida, les hablaría a esas mujeres de sus derechos. Tenía fresquito Derecho Constitucional, las garantías; estaba todo en orden. Pero no había pasado mucho rato cuando una obrera se paró y le dijo, con el efecto de un ancla de mil kilos clavándose en el fondo del mar: "Las mujeres no tenemos derechos, sólo obligaciones".

La abogada Carmen Argibay tragó saliva, se dio cuenta de que su bli, blu, bla sobre los derechos que la Constitución reconoce y garantiza a hombres y mujeres por igual tenían que ser revisados en la realidad cotidiana, y decidió que su flamante título debía servir para que los derechos de las mujeres no fueran sólo una bonita declamación.

Hoy, la jueza Argibay es una reconocida defensora de los temas de género y derechos humanos, fue presidenta de la Asociación Internacional de Mujeres Juezas entre 1998 y 2000. Y en pocos meses más será la primera jueza argentina (no hay tampoco antecedentes de hombres en este cargo) que integre los Tribunales Penales Internacionales, creados por las Naciones Unidas para juzgar crímenes de guerra y contra la humanidad.

Argibay mantuvo siempre un perfil bajo. Desde hace años, es un referente entre las organizaciones de mujeres, sobre todo las vinculadas al Derecho. Pero su cautela por ser jueza de la Cámara del Crimen y después del Tribunal Oral Criminal N° 2, que tuvo casos polémicos como el del Bambino Veira, la hicieron selectiva con las entrevistas y parca cuando las concede. Su designación al frente de la Asociación Internacional de Mujeres Juezas, organismo que existe desde 1991, le dio más notoriedad de la que ella deseara y, desde su reciente nombramiento para juzgar crímenes de guerra, se sabe algo más de esta mujer de 62 años, soltera, que vive desde hace 30 en el mismo piso de Recoleta con su madre.

Está sentada en un silloncito del escritorio de ese departamento. Los anteojos grandes dejan ver un par de ojos ávidos. En el cenicero, se acumulan las colillas, mientras ella habla y habla. De respuestas precisas, no puede evitar que un tema vuelva una y otra vez a sus pensamientos y palabras: el Juicio de Tokio. Fueron cinco días, en diciembre de 2000. A partir de las investigaciones de historiadores japoneses y coreanos, y de la acción de varias ONG de países asiáticos, se descubrió que desde antes de la Segunda Guerra Mundial Japón sistematizó la esclavitud de mujeres para satisfacer sexualmente a las tropas asentadas en países invadidos.

-La experiencia de Tokio fue una de las más fuertes de mi vida. Hasta el punto que me inspiró para presentar mi candidatura a los Tribunales Internacionales, lo primero que hice cuando volví. La Argentina no había propuesto a nadie y dije: "A mí me interesa".

Las mujeres eran secuestradas o llevadas engañadas de un país a otro, y encerradas en lo que se llamaron comfort stations, eufemismo para aludir a burdeles, que de confortables no tenían nada. Como el gobierno japonés negó sistemáticamente este hecho, las ONG de mujeres convocaron a cinco jueces y especialistas en Derecho del mundo entero e hicieron un juicio simbólico cuya sentencia se presentará en estos días.

Carmen fue una de las integrantes del jurado. Durante tres días, escuchó los testimonios de setenta mujeres de alrededor de 70 años contando todo tipo de humillaciones, desde abandono hasta violaciones. La que volvió a Buenos Aires no fue la misma mujer.

-Escuché cosas terribles que me hicieron pensar en cómo es posible que un ser humano sea tan inhumano con sus propios semejantes. Y no es que no haya tenido casos horribles en la Argentina, pero no son lo habitual. La mayoría de los casos que tenemos en el Tribunal son tontos: robos de pasacassettes o alguien que le cortó la cartera a una señora. Estaré eternamente agradecida de que me hayan llamado, porque fue una experiencia impresionante. Una de las víctimas había sido violada a los 7 años en la masacre de Nanking, antes de la guerra. Mataron a toda su familia, quemaron su casa, quedó en una ciudad destruida y ella misma, literalmente aniquilada. ¿Cómo sobrevivió? Nadie lo sabe. Dice que de lo que encontraba en la calle, de lo que le daban, peleándose con los perros para conseguir algo. Cuando volví a la Argentina era Navidad y fui a la casa de una de mis sobrinas, que tiene una nena de 8. Al verla, no podía dejar de pensar en esa mujer que vivió todo ese horror a los 7 años.

Cuando le llegue la designación formal de las Naciones Unidas, la jueza Argibay renunciará a su cargo en el Tribunal Oral: "Ya tengo edad para jubilarme, pero además, ¿vos creés que voy a querer volver a juzgar a ladrones de pasacassette? Me parece que no. Es demasiado importante este nombramiento, y además es un trabajo muy duro". Antes de instalarse en La Haya en septiembre último, se tomó las vacaciones que se debía desde julio del año último. Es posible que sea convocada a fines de diciembre para una semana de entrenamiento y que, a principios de enero de 2002, le toque el primer caso. Su nombramiento es el de jueza ad litem, esto significa que su mandato concluye dentro de cuatro años, sin posibilidad de un nuevo período, al menos en el mismo cargo. Los jueces ad litem colaboran con el staff de jueces permanentes. En la Asamblea de las Naciones Unidas en la cual ella fue elegida con 30 votos más que el mínimo necesario, fueron seleccionados otros 26 jueces con su misma jerarquía. Ocho de ellos son mujeres. "Es casi un tercio, no está mal, pero sería mejor que fuésemos mitad y mitad. No hay establecido un cupo para los Tribunales Internacionales. Hay un grupo, formado entre otros por Rhonda Copeland, la profesora de la Universidad de Nueva York que me presentó a mí a la gente de Tokio, que se llama Caucus de las Mujeres para la Corte Penal Internacional Permanente. Esta agrupación está luchando por una representación de género también en la constitución de la Corte."

La Corte Penal Internacional Permanente es un proyecto de las Naciones Unidas ratificado apenas por 34 países. Una vez obtenidas las 60 ratificaciones necesarias, sería una garantía para que la justicia internacional no transite la cuerda floja entre un resorte que garantiza justicia y un mecanismo invasivo de la soberanía de los pueblos. Pero el Congreso de Estados Unidos es uno de los que no lo ratifica, con lo cual no sólo pone un impedimento por ser un país fundamental, sino que impide el efecto de arrastre que tendría su voto afirmativo.

-La Corte Internacional Penal Permanente no va a intervenir en cualquier caso, pero aquellos países que ratifiquen la Convención de Roma se han comprometido a juzgar a sus propios nacionales por estos hechos que se llaman crímenes contra la humanidad, que son imprescriptibles. Es decir, tienen que empezar por casa. Si por cualquier razón no pueden o no quieren juzgarlo, se comprometen a entregarlo al Tribunal Internacional si éste lo pide. Por ejemplo, se habría evitado todo el tema de si Garzón podía juzgar a Pinochet si hubiera existido la Corte Penal Internacional. Porque Chile hubiera dicho: "Nosotros no podemos juzgarlo porque la situación política de Chile hace que todavía haya un apoyo muy importante a Pinochet", y entonces se hubiera comprometido a entregárselo a la Corte Penal Internacional. Soy una ferviente partidaria de la Corte, he trabajado con la gente que está apoyando eso, entre los que hay muchos norteamericanos -se ríe con ironía- porque una cosa es el gobierno y otra la sociedad.

En este momento, hay dos casos que están siendo juzgados por los Tribunales Penales Internacionales: la ex Yugoslavia y Ruanda. En ambos, lo que está en juego son crímenes contra la humanidad, dentro de los que entran todas las categorías de Derechos Humanos, muchos de ellos, si no todos, amenazados durante las guerras civiles o entre Estados. A la jueza Argibay la convocaron para el caso de la ex Yugoslavia. Podría tocarle juzgar a Slobodan Milosevic, pero prefiere juicios en los que haya que dirimir la suerte de mujeres y niños, y en general de la sociedad civil, la más perjudicada en los conflictos armados.

-La gravedad de un hecho de violencia doméstica, de una violación urbana como las que juzgo ahora, y de las violaciones y abusos en el marco de un conflicto armado es más o menos la misma. El problema es que nunca se trató el abuso de las mujeres durante la guerra. No sólo el abuso sexual, sino los abusos de toda clase. Nunca se tuvieron en cuenta estos casos cuando se hicieron, después de la Segunda Guerra Mundial, los Tribunales de Nuremberg y de Tokio, que se llamó Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente. En las investigaciones que hicieron los aliados para formular las acusaciones, aparecieron datos de estas mujeres sometidas a esclavitud sexual por los japoneses, pero luego, durante el Tribunal eso no fue juzgado. Por ahí hay un caso o dos en que se hace responsable a alguno de los jefes por no haber evitado violaciones indiscriminadas al invadir una ciudad, pero es algo que tiende a diluirse, porque está considerado dentro del maltrato hacia los prisioneros de guerra, no específicamente como un delito contra la mujer ni contra la humanidad. En la sentencia de Tokio, diremos algo que me parece muy importante: al haberse ocultado estos hechos sin juzgarlos, se propicia la idea de que son consecuencia inevitable de la guerra, porque en ella todo está permitido.

Es como si los cuarenta años invertidos en que se respeten los derechos de las mujeres en contextos civilizados hubieran sido la preparación para que esta mujer se enfrente a la brutalidad del abuso en contextos aun o temporalmente primitivos. "Para uno que ha estado siempre peleando por los derechos de las mujeres, callarse esto es mucho más grave. Porque como esto no se sabe, no se habla de ello. Se toma como una cosa natural porque en las guerras pasan horrores que tienden a repetirse. Se repitió ahora, en la ex Yugoslavia, en las guerras africanas, y siempre los que pagan el pato son las mujeres, los chicos, los viejos. Por eso hay que empezar a decirlo, a gritarlo."

Mientras Carmen conversa en la biblioteca de su casa, rodeada de papeles, libros y la computadora -que aun agotada enciende cada noche para chequear los e-mails que recibe de todo el mundo-, su madre de 91 años hace un par de apariciones amables. La primera para saludar, la segunda porque está preocupada por la demora del fotógrafo. "¿Le habrá pasado algo a este muchacho?" Carmen le dice que se quede tranquila y sigue hablando. Su sillón está flanqueado por dos pilas de estantes con libros de arte, música, literatura, legislación. En el resto de la casa se reparten tres bibliotecas más. En ese hogar erudito, donde se ama la música clásica que se escucha desde otra habitación, la jueza adquirió conocimientos de historia y literatura que evoca con memoria prodigiosa.

Su padre, que no dejaba que en la casa entrara la televisión porque prefería la literatura y la música, no parece haber sido autoritario. Carmen y sus tres hermanas mujeres, las mayores de un clan de siete, estudiaron después del secundario. "Una vez, me llamó la atención un comentario que oí en el colegio, que nosotras éramos raras porque íbamos a la Universidad. A mí nunca se me había ocurrido pensar así."

Con los años, Carmen perdió la ingenuidad a fuerza de estar en la cancha. El día que se recibió se careó con el primer acto discriminatorio de su carrera por su condición sexual. En el Tribunal en el que era empleada, y cuyo juez se enorgullecía de ella, quedó vacante el puesto de secretario. Su nombre era una fija, pero el juez dijo: "¡No! ¡Si es una mujer!" Sin más, la futura jueza pidió el pase. "Reconozco la discriminación en mi profesión, cosa que muchas de mis colegas no hacen. Y es permanente, siempre estamos dando examen. Cuando se armó el lío con la jueza civil Rogosky Tapia porque había contratado a un abogado para que le hiciera las sentencias, el tema fue que el abogado era de afuera, porque la verdad es que la mayoría de los jueces pone a sus secretarios a hacer proyectos de sentencia. No apruebo lo que hizo, pero si hubiera sido hombre sólo le habrían advertido: No seas estúpido, no contrates un abogado de afuera, pedile a tu secretario."

Fue una de las primeras detenidas políticas. El 24 de marzo de 1976, una patrulla tiró abajo la puerta de su departamento, tras lo cual Argibay estuvo 9 meses a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Aún no sabe por qué.

La pérdida de ingenuidad no la hizo inmune a la sensibilidad ni a la calidez. El piso sereno de Recoleta, la vida austera, la dedicación seria a su carrera, le dieron la contención para mantener claros los objetivos y no perder la consecuencia. Sabe que la experiencia próxima será su mayor desafío y tiene una vaga idea de cómo será su vida dentro de cuatro años. Al menos, imagina qué le gustaría hacer: escribir sobre temas jurídicos que la apasionan, seguir participando de encuentros sobre derechos humanos y justicia, mantener su militancia en cuestiones de género y, ¿quién sabe qué más? ¿Quién sabe qué otro salto puede dar su vida después de cuatro años en un tribunal por el que pasarán algunos de los casos más importantes y controvertidos de la justicia internacional?

Casos mas importantes

"Hay dos fallos que me enorgullecen especialmente. Uno porque fue muy impactante para la opinión pública y el otro para nosotros." El primero fue la condena de Héctor Bambino Veira por violación de menores cuando Carmen Argibay era jueza de la Cámara del Crimen. "Fue un voto mío al que adhirió la doctora Camiña; el tercer juez votó en disidencia: decía que era tentativa y nosotros lo condenamos por violación consumada. La Corte después dijo también que era tentativa y le redujo la pena, pero el hecho es que lo condenamos."

El segundo, ya en el Tribunal Oral Criminal en el que todavía está, fue un caso que no tuvo tanta notoriedad, pero sentó un precedente judicial: la causa Fulquin. "Fue un escandalete. Era una secta a la que este señor Fulquin le había puesto el nombre de La Familia. Decía que habían tenido en otras vidas la misión de salvar al mundo y, como no habían cumplido, se había destruido la familia, y ahora se habían reencontrado. Tenía trabajando a un montón de gente como esclavos, había habido abuso sexual, violación de chicos, privación ilegal de la libertad, torturas. Lo condenamos a 30 años de prisión y la Cámara de Casación bajó la pena a 20. Que yo sepa, Fulquin está en una de las cárceles del Sur. Fue un caso que se resolvió porque se quebraron los chicos victimizados. Y ocurrió en la ciudad de Buenos Aires, en Pueyrredón y Tucumán, barrio de clase media acomodada. Ahí tenían un departamento. No ocurrió en una villa ni en las favelas de Río. Y durante años nadie lo supo, nadie se dio cuenta."

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