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Lisandro Sosa, un héroe que nunca podrá verse

Pudo ser la primera serie televisiva argentina, pero la indiferencia de los canales y varias desgracias la relegaron al olvido. Las andanzas de un gaucho, a cargo de Pedro Aleandro, que se perdieron en un incendio
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16 de septiembre de 2001  

La filmación en dramático blanco y negro muestra a un gaucho que cruza en su caballo la llanura pampeana al galope tendido. Va envuelto en la polvareda que levanta su veloz tordillo sobre el tambor de la huella. Acompañando el aire de la cabalgada, los Quilla Huasi cantan un fondo musical con ritmo de chacarera: Matrero... matrero... montado en tu parejero...

Con un toque de justicia poética, esas imágenes son exhumadas en el televisor por una videocasse ttera. Pertenecen al capítulo supérstite de una malograda primera serie argentina de televisión, Lisandro Sosa, matrero, realizada hace 40 años. Por diversas razones, algunas trágicas, jamás fue estrenada, nunca llegó a la pantalla de los televisores. La del matrero que montaba un parejero fue una serie que no tuvo buena estrella. Atravesó por devastadoras circunstancias, tales como un accidente mortífero que acabó con los productores y un incendio en los archivos del Canal 7, que incineró los rollos de película. Como si la casualidad pretendiera subrayar que el proyecto resultó perjudicial para unos cuantos bolsillos, aquel único capítulo, el Nº 6, se llama El ahorcado. Y se filmó un total de trece: una alusión a la mala suerte de la serie nonata.

Finalmente para nadie, en ella se narraban las pampeanas aventuras de un héroe gaucho, concebido hacia 1959 en una Olivetti ya entonces vieja y cuyo teclado debía de sonar como un galope bajo el fervor de los inspirados índices de Oscar Aguirre, escritor, periodista y hasta coautor, con Oscar Valles, del fondo musical interpretado por los Quilla Huasi.

El actor Pedro Aleandro encarnó al caballeroso matrero Lisandro Sosa, que a puntazos, tajos y ponchazos deshizo cuanto entuerto le puso enfrente su creador y argumentista.

En algunos de aquellos trece capítulos que siempre estuvieron guardados en sus latas en la interminable espera de que algún canal los incluyese en su programación, actuaron también Oscar Ferrigno, María Vaner, María Luisa Robledo y Leonardo Favio -todos ellos parientes carnales o políticos de Robledo-, junto a un puñado de colegas y a medio centenar de extras sin experiencia, reclutados en los sitios de filmación por el productor ejecutivo de la serie, y a la vez encargado de su comercialización, Tito Incarbone, periodista como Aguirre y editor de una revista de la época llamada Semanagro. De todos los actores profesionales, Aleandro era el único que sabía montar a caballo. Los demás tuvieron que pelarse las bombachas hasta aprender a sostenerse firmes en el recado.

Por el tiempo en que fue concebido Lisandro Sosa, matrero, así como también luego en los años 60, las aventuras gauchescas eran éxitos editoriales. El vespertino La Razón entretenía a sus lectores con las larguísimas andanzas de Lindor Covas, el cimarrón, quisquilloso gaucho del dibujante y guionista Walter Ciocca. Lindor era el segundo héroe suyo que calzaba bota de potro; el primero de Ciocca, también de gran longevidad en los cuadritos, había sido Hormiga Negra, apenas más novelesco que el epónimo forajido de carne y hueso que asoló la pampa bonaerense a finales del siglo XIX. Aguirre contaba, pues, con suficiente material de donde aprender sobre aciertos y errores argumentales.

El tal Lindor Covas sostenía un casto celibato. Su templanza se había mostrado indeclinable hasta que los lectores empezaron a sospechar de la virilidad de ese héroe que parecía sublimar ciertos arranques aporreando a sus enemigos con el cabo del talero. Entonces, Ciocca sacó de una costilla de Lindor, por así decirlo, a la tehuelche Pichipilú. En un cuadro como nunca se había visto en esa historieta, el gaucho y la tehuelche se dieron un beso pirotécnico, potencialmente capaz de asegurar una definitiva concordia entre pampas y huincas. Tal como estaba sugerida la cosa para acallar a los lectores maldicientes, ése era, sin la menor sombra de duda, un beso del estribo. Y ahí nomás Lindor quedó reivindicado, porque sus fanáticos nunca le pidieron más pruebas.

Oscar Aguirre, hasta donde puede apreciarse en el capítulo sexto de la serie frustrada, le dio a su matrero (seguramente aprovechando la experiencia de Ciocca con su Lindor) el temperamento de un picaflor que quizás aspirara a convertirse en hornero. Según puede barruntarse, Sosa habría sido discreto en sus libaciones florales. A la sazón, los tiempos eran de gran temperancia si se los compara con los de ahora. Si en estos momentos la TV retomara la veta gauchesca, haría Gran Paisano y La Pulpería.

En aquel capítulo náufrago de la serie debida a Aguirre, figura una china que acaso conocía al matrero de algún otro episodio, puesto que lo llama por su nombre de pila, le pide auxilio con toda confianza y más tarde reclina sin remilgos su cabeza contra el pecho del héroe, luego de que éste ha peleado a cuchilladas por ella contra un paisano meloso y grandote como un ombú. Con esa módica actitud y con ninguna más, la mujer salvada de la deshonra, o al menos de una arbitrariedad, le expresa su gratitud al paladín encarnado por Pedro Aleandro. Hoy, el argumento demandaría un agradecimiento más expresivo, y la cámara filmadora acompañaría a los dos al rancho para permanecer con ellos hasta que les viniese sueño. Pero con muchísimo menos, en ese sexto capítulo quedaba bien establecido que a las mujeres les gustaba el matrero y que éste no era de pegar espantadas cuando alguna buscaba cobijo en su abrazo. Un pequeño gesto de abandono, como ése de cruzar las trenzas un instante sobre el corazón de Lisandro Sosa, bastaba para aventar las mismas suspicacias que habían afectado a Lindor Covas. Por esos años, en materia de imágenes sensuales, la televisión se permitía mostrar apenas algo más que la radio.

Pero los argumentos de las historietas de Ciocca y de cualesquiera otras del mismo género -Fuerte Argentino, Fabián Leyes, El cabo Savino, El Huinca, etcétera- debían de resultar excesivamente complejos para una primera serie televisiva argentina. Aguirre había inspirado su enfoque en series norteamericanas de acción, tales como El Llanero Solitario, cuya linealidad argumental demandaba poco presupuesto y escasos problemas fílmicos, y que, por añadidura, tenían asegurado un vasto público infantil.

A mediados de diciembre de 1959, Oscar Aguirre, Pedro Aleandro y, entre otros, los capitalistas Fermín Alvarez y Manuel Villar constituyeron el sello Huinca para realizar películas y series de televisión. Alvarez y Villar proyectaron producir una segunda tanda de capítulos, aunque no lograban interesar a los directivos de las televisoras en los primeros trece. Fue en tal circunstancia cuando estos entusiastas impulsores del serial murieron en un accidente de aviación. Cuando el incendio en Canal 7 destruyó la casi totalidad de los trece primeros capítulos, éstos aún no habían conseguido interesar a nadie. Ahí acabó todo.

Lisandro Sosa, matrero se filmó en la estancia que Alvarez tenía en Florencio Varela y en otra que pertenecía a Villar en Coronel Pringles. Carlos González Groopa era el director cinematográfico, Adolfo Vizzini y Jack Tucmanján se encargaban de la fotografía, la edición estaba en manos de Oscar Vitale y el maquillaje del gauchaje lo hacía Jorge Gorrini. Nombres para rescatar de un creciente olvido una aventura filmográfica de la que sus testigos ya recuerdan poco.

María Luisa Robledo hizo el papel de una paisana que acaso se llamó doña Claudia o quizá doña Ramona. Esta tenía un problema con el sulky y era socorrida por el matrero (una vez que el progreso hubo extinguido al gaucho, las aventuras de esa laya se afrontarían con los guinches del Automóvil Club). María Luisa también tiene presente la vez que su marido, Pedro Aleandro, metido en el chiripá del héroe, estuvo a punto de salir por entre las orejas de su tordillo, que había pisado una vizcachera. Pero el caballo, "inteligente como él solo", dice ella, se afirmó y consiguió conservar sobre su lomo al jinete. "A los 85 años, no puedo recordar nada más", se disculpa la actriz.

Una veinteañera María Vaner, hija de Pedro Aleandro y María Luisa Robledo, encarnó en la serie a una paisanita de trenzas floridas. Su marido de entonces, Leonardo Favio, a un gaucho poco menos que imberbe.

"La tira -dice María Vaner- fue filmada con cámaras de cine y salió extremadamente buena. Oscar Aguirre había escrito una trama muy interesante y eso entusiasmó a Tito Incarbone y a papá, que eran grandes amigos. Fue una obra pionera en la televisión de aquel entonces. No sé bien qué paso, pero todo quedó en la nada."

Mónica Aguirre, hija del creador de la serie, tenía 7 años en aquella época y sus recuerdos son fragmentarios. Los fines de semana iba a Florencio Varela con su madre. Allí se había instalado su padre con los actores. Para Mónica, esa salida era un gran programa porque en la estancia de Villar había caballos de silla y una pileta de natación. Su padre bautizó Chacotón al tordillo de Lisandro Sosa, dándole el nombre de un caballito de felpa que tenía Mónica. El recuerdo más nítido de la hija de Aguirre es de Fernando Portal, uno de los Quilla Huasi. Hacía visitas frecuentes a su casa y cantaba siempre que iba. En la serie, Portal componía un personaje al estilo del Viejo Vizcacha.

Miguel Tarillo fue la estrella infantil de Lisandro Sosa, matrero. Tenía entonces 11 años y carecía de la más mínima experiencia actoral, pero se desenvolvió sorprendentemente bien. Había nacido con madera de actor, hasta tal punto que poco más tarde le ofrecieron un papel en la película Tierras blancas. No pudo aceptar porque estaba contratado por el sello Huinca. Después, por esas cosas, su vida tomó otro rumbo.

Actualmente, a los 51 años, es propietario de una casa de repuestos de auto en Temperley. Ricardo Egozcue, un amigo de su padre, fue el que lo puso en contacto con los productores de la serie. Se necesitaba un chico que supiese montar y Tarillo lo hacía desde los 3 años. Su padre criaba caballos criollos.

Los del equipo de filmación, recuerda Tarillo, llegaron hasta su casa en unos impresionantes automóviles, doblemente extraordinarios para una época en que no mucha gente tenía auto. Lo probaron de inmediato y ese mismo día se lo llevaron con ellos para empezar la filmación. Recuerda también que estudiaba en la estancia y luego rendía en una escuela en Coronel Pringles. Los anacronismos les hicieron un par de jugarretas. Por exigencias de la filmación, Tarillo tuvo que usar el pelo largo, algo completamente inusitado entonces. Y cuando iban al pueblo, el chico era un tímido objeto de la curiosidad general. Rodaban, en cierta ocasión, una escena importante que estaba saliendo a pedir de boca, cuando por detrás de Pedro Aleandro, lejos pero perfectamente visible, pasó un automóvil que dio al traste con la toma.

Caballos, recados y muchos otros elementos los procuraba la gente del pueblo. Tarillo asegura que las cosas se hicieron siempre "con mucho cariño". Todos aportaron un poco. Algunos pobladores acudían a los productores y ofrecían, por ejemplo, un facón que había sido del padre de alguno al que le gustaba que el objeto se viera en la película. Había mucha amistad y camaradería. Tarillo padre prestó algunos caballos y hasta actuó precisamente en el episodio sexto, cuya trama incluía a un conductor de diligencia. Cuando buscaban al candidato, Tarillo hijo había sugerido: "¿Por qué no le dicen a mi papá?" El actor que Tarillo era entonces solía ensayar su papel con Pedro Aleandro la noche anterior al rodaje. "Leíamos un poco y salía enseguida. Teníamos muy buena memoria", dice. De Manuel Villar, uno de los productores y dueño de la estancia La Curra donde se filmaba parte de la película, de la mujer de aquél, y del matrimonio Aleandro-Robledo, recuerda especialmente que lo trataban con la cariñosa deferencia que se merecía por ser, por mucho, el más joven del elenco. Con cada escena en la que intervenía y a la voz de ¡corten!, la mujer de Villar corría a abrazarlo y besarlo "de tan contenta que la ponía mi desempeño", dice el ex actor precoz.

Los directivos de los canales de TV hicieron caso omiso de la primera serie argentina, pero el periodismo de la época la saludó como un hecho sumamente auspicioso. El 19 de junio de 1960, La Nacion publicaba un artículo ilustrado con un par de grabados. Pedro Aleandro se mostraba en uno de ellos caracterizado como el matrero. Jinete en su tordillo alzado de manos, saludaba a los lectores levantando la diestra. La libertad de a caballo era el título de la noticia. Y debajo del titular se leía: Primera serie para televisión.

Cuatro días más tarde, el periodista cinematográfico Jaime Jacobson escribía un comentario en el diario El Mundo. "Como en Estados Unidos, hacemos films para nuestro video", decía y destacaba una potencial creación de fuentes de trabajo.

"Culminó una serie de motivos gauchos", informaba la revista especializada Radiolandia. Otros medios se sumaban en la difusión del acontecimiento, pero los canales, quizá por razones de costos, continuaban prefiriendo los westerns, en pleno auge local.

El 16 de enero de 1961, La Razón destacó los problemas que enfrentaba el sello Huinca y adelantó: "Lisandro Sosa, el personaje de la serie argentina filmada especialmente para televisión, es un matrero que no se achica y que seguirá desfaciendo entuertos contra viento y marea". Inmediatamente, anunciaba que en el siguiente febrero se filmarían nuevos capítulos con el título general de Lisandro Sosa en los fortines. Decía que esta segunda parte tendría un extraordinario despliegue de extras y una gran variedad de escenarios. "Pero no encajó en los intereses de los canales", se lamenta Elba Sario, viuda del productor ejecutivo de la serie, Tito Incarbone. "En esa época -dice- no había un Romay que hubiera podido ver el futuro. Los detalles no los conozco bien, pero creo que ése fue el problema principal."

Quizá no haya sido precisamente ése. La fatalidad, en cambio, parece aquí más determinante del fracaso de la serie que el criterio eventual de los empresarios de la TV. Una fatalidad, ésa, inscripta en una realidad absolutamente menos justiciera que la ficción del libreto de Aguirre. En efecto, los buenos en la vida real, Alvarez y Villar (que habrían terminado, seguro, por imponer la serie) finalmente murieron igual que el malo del único capítulo que queda; es decir, de muerte prematura, violenta y accidental. Alvarez y Villar se mataron en aquel viaje aéreo de cabotaje, cuando luchaban para que Lisandro Sosa, matrero alcanzara el éxito. Por su parte, el villano del capítulo sexto se mató con el pescuezo encajado en la sorpresiva horqueta de un árbol, intentando escapar a caballo del matrero que ya le daba alcance en su tordillo Chacotón. La escena está bien filmada. Lisandro Sosa, matrero pudo haber sido una serie de culto entre nosotros, pero terminó convertida en los restos de un naufragio e inscripta en la categoría de melancólica curiosidad.

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