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Cabo Vírgenes

Extrema Argentina

Al sudeste de Santa Cruz, donde termina la Argentina continental, esperan una colonia de pingüinos, un faro, una estancia pionera y los vestigios de la primera fundación española en la Patagonia
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16 de septiembre de 2001  

Barranca arriba, el solitario faro de cabo Vírgenes (26,5 metros de altura, franjas negras y blancas, y una luz visible a 23,9 millas náuticas) señala desde 1904 la boca del estrecho de Magallanes. A sus pies, una lonja de mata verde -que el viento despeina con fiereza- corre al encuentro del faro chileno de Punta Dungeness. Entre cabo y punta, entre faro y faro, a más de 4400 kilómetros de La Quiaca, termina la Argentina continental y empieza una aventura cautivante.

De octubre a marzo -durante la época de reproducción-, el despojado extremo sudeste de Santa Cruz hospeda la tercera colonia de pingüinos magallánicos de América del Sur: alrededor de doscientos mil pájaros niños -acompañados por petreles, chorlos, gaviotas y cormoranes-, que desde 1986 ampara la Reserva Provincial Cabo Vírgenes (1230 ha). Un sendero de interpretación permite recorrer parte de la pingüinera y descorrer sus secretos sin perturbar demasiado la vida de los animales. En la comarca hay, además, pozos petrolíferos off shore y mucho gas (100.000 millones de metros cúbicos, según las estimaciones). También una estancia pionera, que recibe a turistas y cría ovinos a la australiana. Y huellas de esa historia de best seller que tejieron allí conquistadores, tehuelches, piratas y buscadores de oro. Pero vayamos por partes.

El 21 de octubre de 1520, tras doblar un cabo, Hernando de Magallanes encontró finalmente el paso hacia las especias del Maluco (islas Molucas) que intuía al sur del Nuevo Mundo. Era el día que la Iglesia Católica consagra a las Once Mil Vírgenes y dos piadosos bautismos se sumaron a la flamante cartografía de América. Con el tiempo, el cabo continuó llamándose Vírgenes. El estrecho, en cambio, tomó el nombre de su descubridor. No fue la única mudanza. Tras el desventurado viaje de Loayza ("la navegación más trágica de la historia", según José María Rosa), los españoles abandonaron la ruta de Magallanes por "impracticable" y anunciaron a los cuatro vientos que "una mole de piedra o isleta arrastrada por las tempestades" había taponado el estrecho. Francis Drake -el Pirata de su Majestad, Isabel I de Inglaterra- no se tragó el cuento. A mediados de 1578, anticipándose a la estación propicia, atravesó el paso interoceánico y, de Valparaíso al Callao, saqueó todos los puertos del Pacífico. El virrey del Perú reaccionó enviando dos naves al Sur. Las comandaba Pedro Sarmiento de Gamboa, un avezado marino y cartógrafo que la Inquisición tenía entre ojos. Sus órdenes consistían en explorar el estrecho y estudiar la manera de cerrarlo al enemigo. Fue más allá: realizó la primera navegación del Pacífico al Atlántico, siguió viaje hasta España pese a las tormentas y la falta de víveres, y allí convenció a Felipe II de fortificar y poblar la estratégica conexión. Se destinó a la empresa una armada pocas veces reunida: 23 naves y tres mil personas, entre marinos, soldados, sacerdotes y colonos con sus mujeres e hijos. El mando fue conferido a Diego Flores de Valdés, contentándose Sarmiento con el cargo de gobernador y capitán general de las poblaciones del estrecho. Las desinteligencias entre ambos jefes no tardaron en aflorar. Y la mala suerte sumó su granito de arena: un violento temporal abortó la partida y se tragó cinco embarcaciones. Pese a todo, la flota -reducida a cinco naves- alcanzó el estrecho el 17 de febrero de 1583. Los vientos le impidieron entrar. Harto de los contratiempos, Flores Valdés ordenó el regreso definitivo. Pero en Río de Janeiro se toparon con cuatro carabelas de socorro y, ante el inesperado refuerzo, Sarmiento decidió jugárselas de nuevo. Al año siguiente, con seis barcos, volvió al estrecho. Esta vez logró desembarcar, cargando una enorme cruz y seguido de 116 soldados, 48 marineros, 58 colonos, 13 mujeres y 10 niños. A poco de montar un fuerte, una tempestad cortó las amarras de la escuadra y la arrastró mar afuera. Tras diez días de lucha contra las olas, el capitán Diego de Ribera comprobó que todo intento de arrimarse a la colonia resultaba estéril y puso proa a España.

La defección no detuvo a Sarmiento. El 11 de febrero de 1584 -en el Valle de las Fuentes, cerca de cabo Vírgenes-, plantó la ciudad de Nombre de Jesús, primer poblado hispánico de la Patagonia. Después marchó setenta leguas al frente de sus mejores hombres, flanqueado por la Santa María de Castro -única nave que le quedaba-, para fundar Rey Don Felipe a pocos kilómetros de la actual Punta Arenas (Chile). En plena jornada, la columna tropezó con un grupo de indios. El saldo del choque fue de doce soldados heridos y uno muerto.

Mientras tanto, las ciento ochenta personas que quedaron en Nombre de Jesús edificaban, trabajaban inútilmente la tierra (los plantíos jamás prosperaron) y se las rebuscaban con mejillones, lapas, uvas negras de espino (calafate), ciertos alverjones dulces y raíces que asadas sabían a nabos. En mayo, el fundador embarcó de regreso a Nombre de Jesús. Pero otra espantable tormenta empujó la Santa María hacia el Atlántico. El percance obligó a tomar rumbo Norte y sobrevivir masticando los gatos y correajes de a bordo. Ya en Brasil, Sarmiento vendió hasta sus vestidos para comprar alimentos y fletar dos expediciones de auxilio que, como era previsible, acabaron en desastre. Sin otro recurso ni eco a sus muchos pedidos de refuerzo, regresó a España. En el camino, lo aguardaban nuevos infortunios. Primero, fue capturado por lugartenientes del pirata Walter Raleigh y, luego, por un capitán hugonote, que lo mantuvo preso casi tres años en el sombrío castillo de Mont-Marsan. Recuperó la libertad gracias a un rescate de seis mil ducados y cuatro buenos caballos, que ordenó pagar Felipe II. Pero el soberano no se mostró tan sensible ante el pedido de socorrer a los colonos del estrecho.

Al parecer, sólo hubo dos sobrevivientes. Uno fue recogido en Rey Don Felipe a principios de 1590, por la nave inglesa The Delight. Y el otro, tres años antes, por el pirata Thomas Cavendish. Se llamaba Tomé Hernández y logró escapar en el puerto chileno de Quintero. Así pudo contar al gobernador de Chile, don Alonso de Sotomayor, los últimos días de la colonia de Magallanes.

Luego de meses de vana espera, los hambreados pobladores de Nombre de Jesús -salvo unos pocos- siguieron las huellas de Sarmiento. Sólo dos tercios sobrevivieron a la extenuante caminata, para enterarse de que en Rey Don Felipe la situación no era menos desesperante. Entonces se resolvió fabricar dos balsas, con la intención de llegar a Chile. Una naufragó, perdiendo todo, y la otra apenas consiguió volver al punto de partida luego de errar por canales y fiordos. Al finalizar ese invierno, la población se redujo a quince hombres y tres mujeres, que la esperanza de ayuda desde España empujó de nuevo hacia Nombre de Jesús.

A medio camino, divisaron tres navíos. Un puñado de soldados se adelantó para averiguar, con desazón, que formaban la flota del hereje Tomás Candis (Cavendish). De todos modos, se acercaron al batel que desprendió una de ellas. Los ingleses prometieron dejar a los sobrevivientes en el "primer puerto de cristianos". Y Tomé Hernández se embarcó con ellos, mientras sus compañeros corrían a dar la buena nueva. Pero comenzó a soplar viento favorable y Cavendish ordenó izar velas. Antes de pasar al Pacífico, se dio tiempo para desembarcar en Rey Don Felipe -que rebautizó Puerto Hambre-, acopiar leña y agua, apoderarse de las piezas de artillería enterradas por los españoles y echar un perplejo vistazo al puñado de cadáveres que habitaban el caserío (uno colgaba de la horca, en medio de la plaza). Por entonces, paradójicamente, se rumoreaba que los náufragos de Sarmiento de Gamboa vivían en el mejor de los mundos: la mítica Ciudad de los Césares, donde abundaba el oro y la muerte estaba proscripta. Los historiadores, en general, atribuyen el fracaso de los asentamientos del estrecho de Magallanes a la severidad climática de la Patagonia meridional y su pobreza en recursos alimentarios. Sin embargo, la región sustentó por milenios una considerable población indígena. Quizás haya que echarle la culpa a una estrategia de colonización que no contempló la vinculación con el nativo -fuente primordial para sobrevivir en un medio desconocido-, y al desgaste provocado por el aislamiento y una dieta infrecuente. O, como sugirió Francisco P. Moreno, a una mezcla de mala administración y falta de comunicaciones frecuentes. Lo cierto es que aún falta una explicación convincente. Para esto, la arqueología podría ser decisiva.

El equipo del doctor Luis Alberto Borrero -que integran investigadores del Conicet y las universidades de Buenos Aires, Mar del Plata y la Patagonia Austral- trabaja desde hace cuatro años en cabo Vírgenes. "Nuestro estudio abarca toda la historia de la ocupación humana en ese sector y el caso de Nombre de Jesús requeriría de un proyecto específico -aclara Borrero-. De todas maneras, la información que estamos obteniendo servirá para interpretar cabalmente el primer intento español de colonizar la Patagonia. Hemos avanzado, sobre todo, en la comprensión de las condiciones naturales al tiempo del asentamiento. Y estoy convencido de que será la arqueología la que brinde un panorama creíble acerca de lo que allí ocurrió." Vírgenes también vivió su quimera del oro. Lukache, un cazador de sangre tehuelche, encontró los primeros gramos en 1886, mientras husmeaba los restos del vapor Artique al pie de Cóndor Cliff. Bastó que los trocara por avíos en Punta Arenas para que la noticia echara a correr y, de un día para el otro, el cabo se convirtiera en un babélico campamento de buscadores: austríacos, croatas, serbios, dálmatas, españoles, italianos, ingleses y algún alemán. Eran loberos o navegantes, que la ocasión hizo cambiar de ramo.

La mayoría se desbandó cuando al año siguiente -coincidiendo por azar con la muerte de Lukache- las autoridades nacionales tomaron cartas en el asunto. La actividad comenzó a regirse por concesiones gubernamentales y entraron en escena las compañías mineras. El Dorado, una de las más importantes, designó veedor al ingeniero rumano Julius Popper, que decía conocer todos los secretos sobre el tema. No exageraba: de una mirada, comprendió que nada provechoso saldría de ese enjambre de campamentos, y que el oro estaba en el otro lado del estrecho, en las costas del norte de Tierra del Fuego. Montó allí un lavadero de arenas auríferas tan pródigo que llegó a tener su propio ejército, acuñar moneda y emitir sellos postales. El desaire de Popper no melló la seducción de Vírgenes. Entre 1890 y 1896, el gobierno territorial recibió más de ciento cincuenta solicitudes de permiso para lavar arenas aluvionales. Y, como era de esperar, surgieron conflictos con los dueños de la tierra, que en invierno -cuando había poco que hacer en las estancias- mandaban sacar oro de la costa a la peonada. Algunos estancieros arremetieron contra la "ocupación ilegal" de sus pertenencias. Otros solicitaron protección ante los atropellos de los buscadores de oro. Pero sólo en 1905 se sancionaron las primeras regulaciones sobre derechos mineros. Para entonces, la fiebre del oro ya se había corrido hacia Río Turbio. El interés por Vírgenes resurgió al despuntar la década del treinta. Pero duró poco. En 1934, sólo quedaban en la zona buscadores solitarios. Conrado Asselborn, un entrerriano de origen alemán, fue el más conocido de la estirpe. Unico poblador estable del cabo por más de medio siglo, apareció en cuanta nota periodística se hizo sobre el lugar. Le sobraba historia para contar. Trabajó de estibador en Gallegos y gendarme de frontera en el Turbio, donde ascendió a cabo por desentrañar el homicidio ocurrido en una reserva indígena. No disfrutó mucho de los galones: durante una riña de bar, acuchilló a un hombre y debió escapar a Tierra del Fuego. Allí volvió a las andadas (la víctima, esta vez, resultó un personaje apodado El Tigre de la Cordillera), ganándose dos años de encierro en el tristemente célebre penal de Ushuaia. Cumplida la pena, ante la falta de personal se lo aceptó como carcelero. Luego saltó de una ocupación a otra hasta afincarse en vecindades del faro de cabo Vírgenes. Para vivir -y hacerse de unas botellas de vino- pescaba, trampeaba zorros cuando la piel valía y escarbaba las playas en pos de oro. Una pensión provincial -sumada a lo que le acercaban fareros y estancieros- le permitió capear los últimos años. A mediados de 1992, abrumado por la vejez, se pegó un tiro. Desde su tumba, se alcanza a divisar las torres petroleras que erizan la boca del estrecho. En los pagos de don Conrado el oro cambió de color. Otro hito del cabo es la Estancia Monte Dinero. Carga más de un siglo sobre las espaldas y alguna vez formó parte del mayor establecimiento ganadero de Santa Cruz: El Cóndor, hoy en manos de los Benetton. Sus veintiséis mil hectáreas incluyen la pingüinera, el sitio donde presumiblemente se alzaban Nombre de Jesús y Cañadón Lucacho, otrora uno de los yacimientos auríferos más productivos. Y los Fenton, sus propietarios, descienden del primer médico de la Patagonia qAustral.

Pero Monte Dinero no se duerme en los laureles. "En la estancia, criamos más de dieciocho mil ovejas Corino, una raza desarrollada por mi abuelo que combina la resistencia y la buena carne del Corriedale con la fina lana del Merino -explica Richard Fenton-. Y lo hacemos a la manera de Australia, país líder en manejo de ovinos. El trabajo ganadero se realiza con motos de cross y perros ovejeros. Los pastizales se someten a periódicos estudios para saber cómo aprovecharlos mejor y prevenir la erosión. Se esquila con tijeras para incrementar tanto el rendimien-to cárneo como el lanero y, contra la costumbre criolla, se clasifica la lana según parámetros internacionales para llegar a los mercados más exigentes." "A esta revolución pecuaria se sumó, hace pocos años, la actividad turística -interviene Peggy Sharpe, la madre de Richard-. Comenzamos con visitas de un día, ofreciendo un asado de cordero o un sustancioso té patagónico, demostraciones de esquila y arreo con motos y perros, un recorrido por la pingüinera y otro por el casco de la estancia. Luego restauramos la centenaria Casa Grande, respetando el estilo de su época, y la transformamos en un cómodo alojamiento. Los huéspedes también pueden cabalgar, conocer parajes de conmovedora belleza e incluso participar del trabajo con hacienda. Queremos que vivan a pleno la Patagonia austral, que entiendan por qué Monte Dinero es nuestro lugar en el mundo."

Pese a la seductora propuesta, son pocos los turistas que se aventuran hasta esa salvaje esquina de la patria. Y eso, para el que se anime, es un atractivo adicional. A más de 480 años de su descubrimiento, cabo Vírgenes sigue haciendo honor al nombre.

Información básica

Ubicación: sudeste de Santa Cruz. Cómo llegar: desde Río Gallegos, por rutas nacional 3 y provincial 1 (134 km hasta el faro). Dónde alojarse y comer: la estancia Monte Dinero ofrece 12 plazas, cocina regional y servicio de té; el alojamiento con pensión completa y actividades cuesta $ 140; conviene reservar con antelación por el (02966) 426900. Temporada propicia: septiembre a abril.

Información adicional: Centro de Información Turística de la Provincia de Santa Cruz (Suipacha 1120, Capital Federal; 4325-3098/3102, e-mail: estancias(a)interlink.com.ar o en Internet, http://www.scruz.gov.ar/turismo .

Nuestro exxon valdez

En marzo de 1989, un arrecife rasgó el casco del superpetrolero Exxon Valdez y 41.600 toneladas de una mousse letal emporcaron las prístinas aguas de Alaska. Considerado el peor derrame de la historia norteamericana, mató unas 33.000 aves y más de un millar de mamíferos marinos, dejó kilómetros de playas embreadas y causó perjuicios millonarios a la actividad pesquera. La Exxon y las compañías aseguradoras debieron desembolsar 3400 millones de dólares para solventar las operaciones de limpieza y resarcir a los damnificados. El desastre conmovió hasta tal punto la opinión pública de los Estados Unidos, que tanto el gobierno como la industria petrolera debieron elevar sus estándares de exigencia en materia de seguridad ambiental. Y ya nada fue igual.

Quince años antes, en agosto de 1974, el Metula -un superpetrolero al servicio de Shell- encalló en el estrecho de Magallanes. Su averiado casco dejó escapar 53.500 toneladas de crudo (12.000 más que el Exxon Valdez). Ennegrecieron 256.000 hectáreas de mar y 80 kilómetros de costa, condenaron a cientos de cormoranes y pingüinos, y causaron un impacto indeterminado en el resto de la naturaleza local. Sin embargo, el accidente no tuvo la menor difusión. Tal vez porque ocurrió en el fin del mundo... y no precisamente del Primer Mundo.

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