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Internet es mucho más que Facebook, vigilancia y fake news

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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14 de abril de 2018  

Es cierto, tenemos noticias falsas y nos está costando bastante adaptarnos a vivir en dos realidades paralelas, la del mundo concreto y la del virtual (nada grave, todos vivimos en media docena de realidades paralelas). Hay vigilancia estatal fuera de control y miles de compañías recolectan datos personales directamente de nuestros teléfonos con una precisión escalofriante, 24 horas por día, todos los días de la semana.

Pero Internet es mucho más que eso. Podría hablar de la libertad de expersión, pero en este caso me gustaría hablar de otro fenómeno nunac antes visto en la historia de la civilización:el acceso a conocimiento instantáneo sobre prácticamente cualquier asunto. Se trata una divisoria de aguas y uno de esos milagros que compensan los usos maliciosos, por otro lado previsibles, de la red de redes.

¿Previsibles? Obvio. La vigilancia ha estado con nosotros desde siempre. Hay registros de fake news desde el siglo 13 antes de Cristo. En cambio, apuntar el teléfono al cielo e identificar una estrella, averiguar en un minuto a cuánta radiación equivale sacarse una radiografía o, un poco más cotidianamente, cuánto hace falta hervir un choclo, es algo insólito. Lo que otrora nos podría llevar meses de consulta, muchas veces infructuosa, hoy lo averiguamos en segundos.

Dos cosas, antes de seguir, para no dejar ningún cabo suelto. Seis minutos, los choclos, con un chorrito de limón. Y si hablé de media docena de realidades paralelas no es porque me haya hecho mal la medicación, sino porque ninguno se comporta igual en casa con su familia que en el trabajo, frente a un auditorio, un juez, un rival, el jefe o los amigos. Las redes sociales son ámbitos nuevos que también requieren que modulemos adecuadamente nuestra persona; en latín persona significaba "personaje" y "máscara", en referencia a la que usaban los actores en escena romana.

Un lujo

Si la escritura, 5000 años atrás, permitió preservar el habla e iniciar el registro de la historia, y si la imprenta de tipos móviles universalizó el acceso al conocimiento, Internet y las computadoras de bajo costo han ampliado nuestro conocimiento hasta límites que sólo se atrevió a soñar -como de costumbre- la ciencia ficción. Hoy se trata no sólo de conocer, sino también de saber preguntar.

Saber preguntar -los periodistas lo tenemos muy claro- demanda aprender muchísimas cosas acerca de un tema, una persona, un incidente, y sigue la lista. Es decir que las computadoras (en particular las de bolsillo) e Internet han originado un círculo virtuoso dentro de otro. No sólo disponemos de conocimiento instantáneo, sino que muy rápidamente podemos averiguar más para poder seguir preguntando. Ya saben, soy socrático hasta el tuétano.

Lo dicho hasta aquí puede sonar obvio y hasta un poco banal, porque, paradójicamente, estamos en tiempos en los que el conocimiento tiene mala prensa. La libertad de expresión es más fácil de asimilar, porque todos tenemos opiniones, y nos encanta emitirlas. Pero el conocimiento atraviesa una etapa de crisis, como bien señaló Verónica Chiaravalli en uno de sus últimos Manuscritos, lo que, por otro lado, combina explosivamente con el rumor, la posverdad y otras delicatessen de la manipulación informativa.

De modo que esto de disponer de tanta cantidad de información en el bolsillo no sólo no es algo obvio y banal, sino que está ocurriendo por primera vez en la historia de la civilización. ¿Por qué creo que es tan importante?

Como las demás especies, la nuestra está adaptada a saber, no a ignorar. Desde una pulga hasta un elefante, todos los seres vivos saben ciertas cosas. Me dirán que eso viene con el ADN. En la mayoría de los casos, sí. Pero es lo de menos. Nuestro ADN dio un paso adelante y nos proporcionó un mecanismo para abstraer conocimientos adquiridos mediante la experiencia y transmitirlos a terceros y a las siguientes generaciones, primero en la forma de tradición oral y luego por medio de textos, diagramas, mapas, ecuaciones y fórmulas.

Mientras fuimos cazadores recolectores, sabíamos lo que había que saber. O lo sabías o ibas a terminar comiendo algo que debías, algo te iba a comer a vos o te ibas a extraviar sin remedio. Había rituales y tradiciones para asegurarte que incorporaras esa información. Porque no, nadie nace sabiendo, y aquellos eran tiempos en los que teníamos todo en contra. Excepto la tribu y nuestra intelectualidad.

Ni siquiera sé lo que no sé

El progreso nos causa la ilusión de que ya no es así. De que podemos darnos el lujo de ignorar. Esta ilusión es el reflejo de un hecho verdadero. Ya no podemos saberlo todo. Pregunta: ¿qué es la destilación fraccionada? Ni idea, pero sin ella no podríamos explotar el ciclo Otto. Que tampoco conocemos, pero sin el cual no podríamos andar en autos con motor a nafta, combustible que se obtiene por destilación fraccionada.

Tomamos medicamentos sin tener ni una pista acerca de cuál es su acción farmacológica. La ciclooxigenasa, por ejemplo, ¿la tienen? Yo tampoco. Pero resulta que la inhibición irreversible de la ciclooxigenasa -leo en la pantalla de mi teléfono- es el modo en que el ácido acetilsalicílico opera sobre las prostaglandinas - cualquier cosa que sean- para bajar la fiebre.

Ah, me olvidaba, el ácido acetilsalicílico (AAS) es la aspirina. Y lo de salicílico viene de salix, que en latín significa sauce, porque ese árbol contiene un precursor del AAS y, cuando no podíamos darnos el lujo de ignorar cosas, hervíamos sus hojas y obteníamos una infusión que nos calmaba el dolor, bajaba la fiebre y reducía la inflamación (no hagan esto en sus casas).

Sí, es por completo imposible que una sola persona sea capaz de saberlo todo. Ni Funes, vamos. No podríamos siquiera llegar a leer una fracción insignificante de todo. Pero cuidado. El hecho de que no podamos saberlo todo no significa que la ignorancia sea un buen negocio. Tal razonamiento constituye un sofisma.

Hay ciertos saberes básicos que todos deberíamos tener más o menos claros hoy. Por ejemplo, y de ninguna manera es el único, la mecánica clásica. Ya no andamos a pie. Ni a caballo. Conducimos bólidos que alcanzan fácilmente los 150 kilómetros por hora. Eso de conducir es una ilusión. Al volante está siempre la mecánica clásica; y como aprenden de forma horrenda muchos émulos de Fangio, con ella es imposible negociar.

Nuestros teléfonos tiene pues dos linternas. Una es el LED del flash. La otra es la Internet de bolsillo. Es posible, incluso, aunque con ciertas limitaciones, traducir un letrero enfocándolo con la cámara. Esto no nos enseñará japonés, pero si estás perdido en Tokio, es mejor que nada.

En la inabarcable complejidad del conocimiento humano, la Internet de bolsillo por primera vez abre la posibilidad de que no andemos por completo a ciegas. Hace 50.000 años, le habríamos preguntado al viejo sabio de la tribu. Hoy, por insensatez, fatuidad o, de nuevo, por simple ignorancia, hasta nos hemos quedado sin eso.

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