Etiqueta y ceremonial: cuando el Teatro Colón se afloja la corbata

Una mirada a la platea del ballet "El Corsario", los últimos días
Una mirada a la platea del ballet "El Corsario", los últimos días Crédito: Archivo
Constanza Bertolini
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14 de abril de 2018  • 00:39

Hubo un tiempo que, para algunos, fue hermoso, como dice la canción. Asistir al Teatro Colón equivalía a prepararse para una gala donde los caballeros usaban esmoquin y las damas, vestidos largos. No había celulares que pudieran distraer con luces y sonidos a vecinos de fila ni a artistas, los aplausos eran más bien medidos y el comportamiento en la sala seguía ciertas inquebrantables reglas. Pero el ceremonial -a diferencia del protocolo-, como explican los especialistas, no se maneja con las normas redactadas en un manual sino que aggiorna los usos y costumbres a un momento determinado. Y en esta época, cuando los grandes teatros de ópera y ballet del mundo se esfuerzan por atraer nuevos públicos, el Colón se afloja la corbata.

Al revisar rápidamente algunas instantáneas del domingo pasado, cuando el Ballet Estable daba su primera función en la casa de esta temporada, una burbujeante energía impregna a artistas, trabajadores, autoridades. y la audiencia, claro. La ocasión era el estreno de un título popular con extraordinarias características: El corsario reunía por primera vez detrás de escena a dos estrellas de la danza argentina (Paloma Herrera y Julio Bocca) y traía además a tres figuras internacionales, una de ellas, argentina ( Herman Cornejo), con la emoción que siempre enciende la vuelta a casa. Como era por la tarde, un five o'clock ballet, la vestimenta no era un ítem en cuestión. Sobre el escenario, la producción fue de alto nivel, y debajo el correlato tuvo un "aplausómetro" al rojo vivo. No solo en el saludo final, cuando en un crescendo continuo la ovación puso de pie y en desatada exclamación a buena parte de la sala, sino durante la función. "Parecía que la Argentina había metido un gol en un Mundial", dice la directora general del Colón, María Victoria Alcaraz, sin preocupación alguna por estas "demostraciones tan espontáneas y genuinas aquí como los abucheos en Europa". El caso fue, por momentos (con el pas de trois del segundo acto como cenit), como asistir a un show de fuegos artificiales, donde los saltos y los giros "difíciles" equivalían a impactos destellantes que prendían la mecha de los aplaudidores. seriales algunos, y muy entusiasmados, que se iban quedando solos en su ánimo de seguir festejando con las palmas cada paso como si fuera la interpretación de un acróbata de circo.

¿Está bien o está mal? ¿Se puede aplaudir en cualquier momento? ¿Quién lo dice? La propia Paloma Herrera : "Siempre es bienvenido el aplauso, pero generalmente cuando está indicado, que es cuando los bailarines saludan, no solo al final del ballet y de cada acto, sino también al término de pas de deux y variaciones donde especialmente hay una pausa coreografiada para que, si el aplauso está, tenga su lugar". Sin preocupación por ese fervor espontáneo, que es sinónimo de disfrute, la exbailarina y responsable de la compañía del Colón desearía más bien que se apreciara la diferencia cuando se celebra el virtuosismo. "En eso está el trabajo más interesante y difícil: hay saltos y saltos y hay giros y giros", advierte, enhorabuena, e ilustra la recomendación con una perla: "En las piruetas de Baryshnikov , el giro era perfecto, los brazos increíbles, la media punta altísima y terminaba con una limpieza impecable. Nada tiene que ver eso con el bailarín que gira de cualquier forma con tal de lograr el aplauso, que a mí, personalmente, me parece mal. No llena, no es arte, simplemente son algunas vueltas".

Puede ser entonces que se oiga el famoso "shhh" del plateísta rígido, al que tanta cháchara lo distrae. Como con las toses, un capítulo aparte que llevó a Barenboim a interrumpir un concierto para pedir por favor que se llevaron un pañuelo a la boca para amortiguar el ruido, los chistidos muchas veces se contagian, suman más confusión y aleccionan poco y de mal modo. Vale la pena chequear el poema del concertista y escritor Alfred Brendel y seguir el tema con el humor del caso: "Los Tosedores de Colonia/han unido fuerzas con los Aduladores de Colonia/ y han fundado la Sociedad de la Tos y el Aplauso/ una organización sin fines de lucro/ cuyo objetivo es/ garantizarle a cada asistente el derecho/a toser y aplaudir// Intentos de parte de artistas y empresarios inconmovibles/ por cuestionar tales privilegios/ originaron una iniciativa de los Tosedores y Aduladores//A los miembros se les exige aplaudir/al término de codas sublimes/ y toser con distinción/ durante silencios elocuentes// El toser con distinción es de una enorme importancia/ contenerlo o ahogarlo/ está prohibido bajo amenaza de expulsión// Los tosedores de extraordinaria tenacidad/ serán galardonados con el Rhinemaiden del Carraspeo/ un accesorio bonito aunque un tanto barroco/para ostentar alrededor del cuello// El reciente acuerdo de la Sociedad con los Estornudadores de Nueva York/ y los Silbadores de Londres abre grandes esperanzas/ para el futuro musical de Colonia."

La diferencia entre atraer a nuevos públicos y educar a nuevos públicos es clave y no necesariamente debería ser un doble trabajo. El primer paso está dado: derribar barreras y prejuicios quiere decir también ahuyentar una colección de tradiciones orales que desde hace más de un siglo se fue transmitiendo entre los habitues y labrando el famoso mote de "elitista". Aunque hoy el "Gran Abono" un poco se ha flexibilizado, aún se sugiere el traje oscuro, pero el resto de los espectáculos no tiene oficialmente recomendaciones sobre el código de vestimenta. Para esas funciones por las que los entusiastas de la ópera pagan un 15% más, no habrá grandes atrevimientos a la vista: en platea y palcos, el jefe de sala se asegurará que a nadie le falte la corbata, aunque en galerías, cazuelas o perdido en el paraíso pueda haber algún turista relajado y en bermudas disfrutando de la función.

"Que cada uno venga al Colón como vive, igual que como va a un teatro de la calle Corrientes", alientan desde la dirección general frente a algunos tradicionalistas y abonados de tercera generación que velan por la vuelta de la etiqueta .

Es de buena educación y, sobre todo, manifiesto interés por el espectáculo seguir apenas cinco buenas prácticas que no son tan obvias como parecen.

1. Llegar puntualmente a la función. Aunque la entrada a la sala no está permitida con las luces apagadas, a veces hay "inquietas" excepciones que molestan. Existe una sala, en el foyer, habilitada para funciones de mucha asistencia, donde se retransmite el espectáculo en pantalla para seguirlo allí hasta el intervalo que habilita nuevos ingresos. Respecto de los egresos, una amable reflexión: si tanto hizo aplaudir el desempeño de aquel bailarín durante la función, ¿es más importante llegar rápido al estacionamiento o permanecer hasta el final del saludo en la butaca?

2. No es no a los teléfonos celulares. Expresamente prohibido su uso, no obstante, molestan con sus luces y soniditos. A propósito, un histórico habitué recordaba off the record que lo han sacado de un palco por filmar a Olga Ferri en La muerte del cisne con una Super 8, por ruidoso. Qué queda para los celulares en alto y los flashes de hoy. Tomar imágenes no solo no está autorizado sino que desconcentra a los artistas. Además de que un "lamparazo" puede producir un accidente con bailarines en escena. ¿Alimentos? De ningún tipo, color ni tamaño.

3. De toses y chistidos. "Barenboim me ha explicado que la tos es un recurso psicológico ante esos silencios difíciles de soportar en un concierto", retransmite María Victoria Alcaraz. En cuanto a los chistidos con los que los sabelotodo quieren demostrar que "eso no se hace".

4. Dress code más relajado. Julio Bocca saluda con moderno traje, remera y zapatillas oscuras. Formal y cortés, diría un amigo, que significa simple, prolijo y sin apresto. Del otro lado del mostrador (del guardarropas, que paradójicamente en el Colón poco se usa) deberían quedar sombreros y paraguas, que dificultan la visión y habilitan tropezones.

5. Sobre los aplausos. Nadie cuestiona al famoso "mimo" para el artista y es bueno que abunden cuando la actuación lo amerita. Pero es bueno también saber que en el ballet hay varios saludos coreografiados y que un segundo de silencio puede dar pie a una repercusión espontánea. Ahora bien, en un concierto. esa irrupción en un silencio puede dañar la interpretación de la obra. Interiorizarse rápidamente sobre lo que uno va a ver sin dudas ayudará a conocer la estructura de la obra y, por tanto, evitar quedar con las palmas en offside.

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