Julio Verne no competía con Instagram

Pablo Plotkin
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14 de abril de 2018  

Mis padres se están por mudar de la que fue la casa de mi adolescencia. No me da nostalgia, aunque sí un poco de eso que llamaría "estrés ajeno": contemplar el esfuerzo de otro a veces es más arduo que asumir el propio.

Mi viejo siempre fue muy lector, así que tiene un par de bibliotecas que reorganizar. En su primera barrida separó una serie de títulos que están ahí desde nuestra infancia, y que ahora puede ser material de lectura para mis hijas y sobrinos. Varios lanzamientos de Elige tu propia aventura, algunos libros de la mitificada colección Robin Hood, tomos de Los Hollister con las típicas ilustraciones de misterio pastoril de Helen S. Hamilton. También hay una antología titulada Cuentos para que los chicos se emocionen, con relatos de Silvina Ocampo, Oscar Wilde, Elsa Bornemann, Poldy Bird. Y varios volúmenes de los clásicos de aventuras de Ediciones Aura, sospechosamente impecables a casi cuatro décadas de su impresión. De ahí me llevé La vuelta al mundo en ochenta días, de Verne, aun presintiendo que mis hijas se lo van a saltear como me lo salteé yo cuando era chico.

Verne, que había sido abogado por mandato de su padre, dramaturgo vocacional, agente de bolsa y finalmente escritor de novelas fantásticas -antes de que la ciencia ficción existiera como tal-, empieza la historia con un párrafo informativo, casi burocrático: "En la casa de Saville-Row señalada con el número 7, situada en Burlington Gardens, habitaba en el año de gracia de 1872, Phileas Fogg, que pasaba por ser uno de los socios más notables y al mismo tiempo más singulares del 'Reform-Club' de Londres".

¿Qué hace hoy un niño de doce años con ese comienzo? Claramente Verne no competía con Instagram y YouTube por captar la atención de su audiencia.

Los humanos nacidos y criados en el siglo XX tenemos un vínculo religioso con los libros. Fue el artefacto central de nuestra formación, la plataforma que modelaba o legitimaba nuestra percepción del mundo. Los libros tenían también el poder de lo excepcional. Se publicaba menos, y todo texto que llegaba a libro adquiría una pátina de prestigio, mal o bien ganado. Pero aun cuando ese halo se haya debilitado un poco, el libro sigue siendo elegido por la mayoría por sobre las alternativas digitales. A diferencia de los contenidos periodísticos, que se consumen principalmente por Internet, la lectura de largo aliento todavía es dominio del papel, incluso entre las nuevas generaciones. El mercado de la literatura juvenil creció, a nivel mundial, un 40% entre 2005 y 2016, y ahí las historias fantásticas siguen resultando tan atractivas como en la época de Verne, solo que se escriben distinto. A modo de ejemplo, comparemos el comienzo de La vuelta al mundo en 80 días con el de La espada del tiempo, de la saga de Magnus Chase, uno de los últimos best sellers globales para adolescentes. Consciente de que hay otra clase de historias apilándose en los teléfonos de sus lectores, el autor Rick Riordan arranca la novela con una línea corta y explosiva, porque sabe que no hay tiempo que perder: "¡Buenos días! Vas a morir".

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