En el lava almas de Estambul

Silvina Pini
Silvina Pini PARA LA NACION
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14 de abril de 2018  

ESTAMBUL.- Sentada en los últimos metros de Europa, frente al Bósforo y con Asia de la otra orilla, esperaba que el hamman Kiliç Ali Pasa abriera sus puertas para el turno exclusivo de mujeres.

Kiliç Ali fue uno de los más grandes almirantes de la historia otomana y en 1580 un arquitecto le construyó el palacio con su hamman, a donde entraría para experimentar el tradicional baño turco.

Una mujer que solo hablaba turco, me tomó de la mano y me llevó hasta una segunda sala de mármol blanco. Era mi natir, quien me bañaría como a una niña.

Con gestos, me indicó que me acostara sobre una plataforma de mármol caliente bajo una enorme cúpula blanca con perforaciones en forma de estrella por donde se filtraba el cielo azul y algunos rayos. Quedé sola largos minutos, sin música ambiental, ni inciensos, ni velas aromáticas, ni fuentecitas de agua eléctricas, sola con mi silencio.

Cuando regresó, mi natir me sentó en unas escalinatas que rodeaban la piedra central. Mientras me enjabonaba y fregaba con una esponja exfoliante, fueron llegando otras mujeres. Primero una anciana turca, más tarde una japonesa de mediana edad y dos jóvenes italianas que se reían bajito. Entre la espuma, podía espiar a las cuatro tendidas bajo la cúpula. Vistas de izquierda a derecha, formaban una secuencia perfecta de las transformaciones que el tiempo produce en el cuerpo femenino.

Mi natir me lavaba ahora la cabeza, refregaba la espalda, hurgaba en mis orejas. Con movimientos suaves, sin hablar, me levantaba un brazo, el otro, y me echaba litros de agua con un cuenco de plata. La única opción era entregarse, solo es posible deshacerse de ciertas impurezas a través de otro, con su ayuda inestimable.

La natir me secó, envolvió con una toalla, frotó la cabeza y peinó. Me invitó a que me recostara en un camastro. Me trajo una toalla fría y mentolada y un vasito de té con miel. Me indicó que me colocara la toalla en la cabeza y se despidió.

Evoqué el párrafo de Pessoa que viene a mí en sitios tan disímiles: "Nunca desembarcamos de nosotros(...) Los verdaderos paisajes son los que nosotros mismos creamos". La piel parecía de otra. Los músculos en reposo. El baño me había dejado la sensación de que, por primera vez, al contrario de lo que dice Pessoa, había podido desembarcarme de mí misma. Aunque fuera por un rato.

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