"Me escondía en el baño para que alguno de los varones no me pegara"

"Hablen, hablen, hablen y hablen", dice la protagonista: "Las señales de bullying son sutiles, mínimas, pero están ahí" agrega
"Hablen, hablen, hablen y hablen", dice la protagonista: "Las señales de bullying son sutiles, mínimas, pero están ahí" agrega Crédito: Shutterstock
Alejandro Gorenstein
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17 de abril de 2018  • 00:52

"El primer recuerdo de episodios de bullying escolar que tengo sucede en una escuela pública de Tandil, cuando yo estaba en tercer grado. Con mi familia estábamos recién llegados, veníamos de una hermosa ciudad costera y nos inscribieron, a mi hermana y a mí, en esa escuela por recomendación de una conocida de mamá. Al principio del año todo bien, o al menos parecía ir bien. Yo usaba anteojos con lo que empecé a ser blanco fácil de bromas y gastadas y también porque siempre lloraba fácil. Los comentarios venían tanto de nenes como de nenas, por igual. Las nenas más tapadas pero también más hirientes. La maestra de ese momento veía las situaciones, las frenaba, pero no alcanzaba. Recuerdo con mucho aprecio como me contenía cuando no aguantaba más el llanto. De gastarme por usar anteojos a robarme los útiles de la cartuchera, amaba mis lapiceras de colores y era horrible ver que me faltaba una. Me acuerdo bien que un día se las estaba mostrando al que creía que era mi amigo y al recreo siguiente ya no tenía ninguna", así empieza a contar su historia Laura E., que actualmente tiene 29 años.

El bullying es un comportamiento prolongado de insulto verbal, rechazo social, intimidación psicológica y/o agresión física de un/os niño/s hacia otro, que se convierte en blanco de reiterados ataques. Es sinónimo de hostigar, es una conducta agresiva deliberada, debido a la diferencia de poder, al menor acosado le resulta difícil o imposible defenderse. Este acoso escolar se repite una y otra vez en el transcurso del tiempo y el dolor del hostigado es sostenido, no se limita al momento del ataque.

Le hacían la vida imposible

En cuarto grado, la situación de Laura E. iba empeorando, no tenía amigos, ni nenes ni nenas. Su cumpleaños lo festejó en su casa con una torta, acompañada solamente por sus padres y sus dos hermanas. Lo que antes eran bromas, cuenta, en ese momento se había transformado en violencia. "Me tenía que esconder en el baño de mujeres para que alguno de los varones no llegaran a pegarme. Me acuerdo que había uno que tenía especial inquina conmigo, recuerdo estar corriendo por los pasillos para escaparme de él mientras un amigo suyo lo sostenía. No sé qué hubiese pasado de no ser por ese pibe y su fuerza".

Los padres de Laura E. se cansaban de ir a dirección a plantear lo que estaba ocurriendo, a buscar respuestas y soluciones, aunque la directora insistía en que "eran cosas de chicos". "Por supuesto que nada mejoraba, las mujeres me hacían la vida imposible, se complotaban entre ellas para que ninguna me hablara o me invitara a jugar. Los varones seguían con su escalada de violencia; como yo ya no los registraba, ya no lloraba, pasaron a molestar a mi hermana. La iban a buscar al aula para amenazarla con romperle los anteojos o sacarle la colita del pelo. A este punto ya era insostenible. Recuerdo muy bien que mis papas fueron por enésima vez a la dirección y mi viejo casi termina a las piñas con el flaco que más nos molestaba. Fue uno de los momentos bisagra para mí, ver a mi papá, el ser humano más tranquilo del universo, desencajado frente a ese chico. Comprendí que lo que yo estaba viviendo a mis papás también les afectaba".

Invisible para sus compañeros

Durante la secundaria, Laura E. cuenta que ya no había violencia explícita pero que, de todos modos, no lograba hallarse en lo que consideraba era su grupo de amigas. Constantemente tenía la sensación de estar afuera, no la incluían en salidas ni reuniones. "Recuerdo que yo llamaba insistentemente para poder saber dónde y a qué hora salíamos, al tiempo que me sentía afuera de lo que pasaba. Para el día del amigo nos juntamos a cenar como siempre y cuando llego al lugar veo que habían organizado el juego del amigo invisible y yo no estaba ni enterada. Fue una noche de mierda, todas con regalo y yo ahí mirando. Había ido con ganas de pasarla bien hasta que me olvidé de esa idea cuando empezaron a entregar los regalos. Automáticamente empecé a mandar mensajes a otras amigas para vernos y festejar en el boliche. Me quería ir ya de ese lugar, no podía disimular la incomodidad y el fastidio que me generaba todo ese circo. Ya una vez en el boliche la bronca se diluyó, bailé y me divertí como siempre y ese malestar quedó atrás".

Vientos de cambio

Desde los 13 años, Laura E. supo que de grande quería ser veterinaria. Y una gran parte de su nueva vida comenzó cuando arrancó la universidad. "Cuando entré a la carrera fue la primera vez en años que sentí que estaba donde tenía que estar. Todo se dio naturalmente, el nuevo sistema de estudio y clases me resultaban cómodos. Ya no más timbres para ir a jugar, ya no más preceptoras marcando tiempos y aulas. Pero, sobre todo, estaba donde quería estar y eso se reflejaba en las relaciones. De repente, me juntaba a estudiar con cinco o siete pibes, todos con las mismas ganas de aprender y cursar, pibes que en mi vida había visto y que ahora eran parte fundamental de mi nuevo día a día. Eran gente simple, sencilla, distintos orígenes pero con un futuro en común".

Con el tiempo, al empezar la universidad, los intereses en común con el grupo dejaron atrás el bullying
Con el tiempo, al empezar la universidad, los intereses en común con el grupo dejaron atrás el bullying Crédito: Pixabay

Lo que durante la secundaria le parecía ser eterno ahora había quedado definitivamente atrás. Estaba dónde tenía que estar y eso ya era mucho decir. Al fin, Laura E. comenzaba a sentirse cómoda, libre, feliz, con todo el futuro por delante, y eso se reflejaba en sus acciones y relaciones. No le costaba hacer amigos, más bien todo lo contrario. "De repente, y a poquitos días de haber iniciado el curso de ingreso, estaba integradísima en un grupo de 10 personas. Eran tardes calurosas de febrero tirados debajo de los árboles en mi casa, intentando que el calor sofocante de febrero no nos aplastara las neuronas. Mientras tanto, mi mamá iba y venía con termos de mate, jarras de jugo y seguramente algo casero para engañar el estómago, incluso en los recreos de estudio se quedaba con nosotros charlando y compartiendo esos instantes. Eran momentos felices, que hoy a diez años recuerdo con una amplia sonrisa. Me encantaba organizar esas juntadas, ser la ´voz cantante´ del grupo por primera vez en mi vida. Me gustaba, me sentía cómoda, y eso se notaba".

Mudanzas y nuevas experiencias

Una vez que se recibió de Veterinaria, se le abrieron "infinitas puertas y mudanzas". Necochea, Mar del Plata y La Plata, donde vivió tres años compartiendo departamento con sus hermanas realizando infinidad de actividades con ellas. Empezó trabajando en una veterinaria y en menos de un año pasó a estar en dos clínicas y en un hospital. "Fueron años intensos de idas y vueltas de un lugar al otro, guardias de 12, 24 y hasta 36 horas corridas. Aprendí a dormir en casi cualquier lado dónde pudiera hacerlo. Sostengo que uno no termina de conocerse hasta que se ve obligado a pasar tantas horas despierto. Los momentos más bizarros y felices son justamente esos: cenar milanesa fría a las tres de la madrugada después de haber estado seis horas o más con la guardia explotada, desayunar pizza con mate con ojeras que le darían envidia a un oso panda", recuerda, con una sonrisa. "Conversaciones que nunca me voy a olvidar, momentos de silencio en la clínica que ayudaban a conocernos más con los compañeros, que lentamente se transformaron en grandes y fieles amigos".

Hace unos años se trasladó a Puerto Madryn porque se dio cuenta que La Plata no era su lugar en el mundo. Y en plena temporada alta de ballenas se mudó hacia el sur del país, enamorándose completamente de la ciudad. "Ir a la playa como escapadita entre las veterinarias y, de repente, escuchar a esos animales majestuosos, mansos, imponentes, verlos saltar a lo lejos, jugar entre ellos, es un regalo de la naturaleza. Y los asados con amigos también en la playa, en algún acantilado allá perdido sin nada de señal en los teléfonos. Eso también es definitivamente un regalo de la naturaleza".

Puerto Madryn y su atracción por las ballenas fue una de las razones por las que se mudó
Puerto Madryn y su atracción por las ballenas fue una de las razones por las que se mudó Crédito: Pixabay

Por último, Laura E. se toma unos segundos para hablarle a los chicos que sufren este tipo de hostigamientos permanentes. "Hablen, hablen, hablen y hablen. Las señales de bullying son sutiles, mínimas, pero están ahí. Y si bien las ´cosas de chicos´ pueden ser mínimas en un mundo adulto y frívolo, para ese chico es todo su mundo y, como tal, merece ser respetado, escuchado y valorado".

Palabra de especialista

El psicólogo Gabriel Romano, coordinador general de la Red Argentina de Salud Mental, explica qué es el bullying, las características de este hostigamiento y el rol de los adultos y los maestros. Escuchá el audio completo:

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