El regreso de EE.UU. a sus alianzas de siempre

Rafael Mathus Ruiz
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15 de abril de 2018  

Había dicho que quería salir de Siria, pero unos días después ordenó el mayor ataque militar desde el inicio de la guerra civil, hace ya siete años.

La decisión de Donald Trump de volver a golpear -con más fuerza que hace un año- al régimen de Bashar al-Assad remarcó un límite que la realidad le impuso a su política de repliegue, vestida con el mantra "Estados Unidos primero", y reforzó la alianza histórica de Washington con sus aliados europeos y su rivalidad con Moscú, a riesgo de sufrir una represalia.

Trump quería reducir la presencia de Estados Unidos en Siria, envuelto en un conflicto imposible de dirimir para el mundo, y del que ya nadie sabe a ciencia cierta cuántas muertes dejó. Pero el presunto uso de armas químicas por parte de Al-Assad hace una semana, en Duma -un ataque del que las potencias occidentales afirman tener pruebas irrefutables, y que Moscú y Damasco niegan- lo llevó a otro bombardeo. Más aún: Trump prometió "sostener la respuesta".

"Estamos preparados para mantener esta respuesta hasta que el régimen sirio detenga el uso de agentes químicos prohibidos", afirmó el presidente al anunciar la ofensiva. Su embajadora ante la ONU, Nikki Haley, reforzó ese mensaje en la última reunión de emergencia del Consejo de Seguridad tras el bombardeo de los aliados occidentales.

"Hablé con el presidente esta mañana [por ayer], y dijo que sí: Estados Unidos está cargado y listo. Cuando nuestro presidente marca una línea roja, la cumple", afirmó Haley.

Esa promesa podría empujar a Trump a un involucramiento mayor en Siria, aun cuando no lo quiera, y aunque no tenga una estrategia clara si llegara a ocurrir.

A pesar de ese riesgo, la escalada militar no augura un giro en su política de fondo para Siria. Washington y sus aliados desoyeron las advertencias de Moscú, bombardearon -sin un aval de las Naciones Unidas- y prometieron mantener la presión sobre Al-Assad. Pero se preocuparon por marcar un límite: nadie parece dispuesto a intervenir en la guerra civil, o a intentar forzar un cambio de régimen. Trump fue claro: el destino de la región depende de la región.

"Ninguna cantidad de sangre o tesoro norteamericano puede producir paz y seguridad duraderas en Medio Oriente. Es un lugar problemático. Intentaremos mejorarlo, pero es un lugar problemático. Estados Unidos será un socio y un amigo, pero el destino de la región está en manos de su propia gente", dijo el mandatario.

La ofensiva de anteanoche apuntó a "desalentar" el uso de armas químicas, prohibidas por la ley internacional. El argumento de que el ataque se hizo para proteger a la población civil flaquea ante una realidad: en Siria, más personas han muerto por armas convencionales que por armas químicas.

Con el nuevo ataque, Trump arriesga a su base electoral en Estados Unidos. Bastaba, por caso, ver las primeras reacciones de los trumpistas de pura cepa en Twitter para tener una idea del enojo por la lluvia misiles. También arriesga una represalia de Moscú o Teherán, principales aliados de Damasco. El Pentágono quedó en alerta.

"Estamos listos para eso. Estamos preparados tanto en la región como a nivel mundial, estamos bien parados, y estamos listos para cualquier cosa", reconoció ayer el general Kenneth F. McKenzie, director del Estado Mayor Conjunto.

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