La marcha peronista

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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15 de abril de 2018  

El principal órgano institucional del peronismo es el dedo pulgar del líder del momento. Y si hay "sede vacante" -como se llama a la transición entre un papa muerto y la elección del siguiente, en el Vaticano-, nunca falta un dedazo judicial bien dispuesto a facilitarles las cosas a unos por sobre otros.

Así sucedió en 2003 cuando insólitamente, en vez de obligarlos a elegir en una interna partidaria un solo candidato justicialista, la Justicia le cumplió sus deseos al entonces presidente interino Eduardo Duhalde: los argentinos encontramos en el cuarto oscuro tres boletas de ese color ideológico (Menem, Kirchner y Rodríguez Saá). Ahora, el móvil principal es dejar fuera de juego a Cristina Kirchner (justo la dirigente que más votos de ese color junta) con la excusa de que en las últimas elecciones armó su propio partido (Unidad Ciudadana), restricción que no corre en cambio para Sergio Massa (Partido Renovador).

Detrás de ambas decisiones, la de 2003 y la de ahora, está la jueza federal y electoral María Romilda Servini, la misma que hizo cesar a Cristina Kirchner en su cargo a las 0 horas del 10 de diciembre de 2015). Fundamenta su nuevo paso en que es necesario "lograr posicionar al partido de la mejor manera posible frente a los próximos comicios de 2019".

La magistrada se preocupa porque "la historia del peronismo se encuentra plagada tanto de lealtades como de traiciones, y las heridas que dejan las luchas intestinas provocan una sangría difícil de curar". Hasta se da el lujo de citar una de las veinte verdades peronistas menos practicadas cuando gobernaron los discípulos del General: "El peronismo anhela la unidad nacional y no la lucha".

No es una novedad que, como alguna vez se lo pretendió presentar pomposamente, el "principal partido de masas del mundo occidental", ha sido siempre y sigue siendo un precario sello de goma tanto en su fase de esplendor, cuando lo domina un líder hegemónico, como en sus etapas más sombrías, cuando le toca ser oposición.

Los tres caudillos más exitosos del PJ han sido Juan Domingo Perón (tres presidencias)y Carlos Menem y Cristina Kirchner, estos dos últimos, con sendos períodos consecutivos cada uno. Los que no han tenido sesgo hegemónico o no llegaron a ser candidatos (como Antonio Cafiero, que perdió con Menem la única interna partidaria conocida por el máximo cargo, en 1988) o perdieron frente al líder absolutista (Bordón, derrotado por Menem, en 1995). O la pasaron muy mal en el poder (Héctor Cámpora, Isabel Perón, Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde). Néstor Kirchner es un caso atípico: asumió con menor porcentaje de votos que Arturo Illia, pero supo acumular poder, beneficiado por el ajustazo previo de Duhalde y el precio de commodities, como la soja, que volaban durante su gestión.

Una de las frases emblemáticas de Juan Domingo Perón -"Mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar"- es un apotegma que la nutrida y heterodoxa iconografía justicialista desmiente a lo largo de sus 73 años de vida: lo simbólico pesa mucho más en el imaginario y en el recuerdo colectivo que las obras, acciones de gobierno e inclusión social que hubo, más que nada en su época fundacional.

Seguramente por haber nacido en el seno de una dictadura militar, la impronta fáctica del PJ siempre fue más fuerte que la institucional. A su fundador ni siquiera le importó mucho el nombre de la incipiente confluencia de fuerzas en su favor tras el pronunciamiento popular del 17 de octubre de 1945.

Lo que de manera fugaz se llamó Partido Laborista, siguiendo el ejemplo de otros países para subrayar el novedoso componente obrero de la nueva expresión, trocó rápidamente por una denominación mucho más sincera: Partido Único de la Revolución. Así, con brutal franqueza, Perón reconocía su origen de caballo del comisario del golpe castrense del 4 de junio de 1943 y, en su honor, asumió sus dos primeras presidencias, en 1946 y 1952, precisamente en esa fecha.

El desdén por lo institucional se hizo evidente a poco de asumir cuando avasalló a otro de los poderes del Estado, la Suprema Corte de Justicia. Y hacia adentro de su "movimiento" -otro inquietante reconocimiento de que la suya no sería una agrupación política tradicional, sino que mutaría a lo largo del tiempo de manera inestable con tal de no perder el poder- tampoco supo mantener su palabra cuando desplazó al camarada que había nominado para sucederlo en la presidencia, otro militar, Domingo Mercante, al que Evita había catalogado nada menos que como "el corazón de Perón". Para lograr su reelección -prohibida por la Constitución Nacional de 1953- mandó a reformarla en 1949. Y volvió a ganar.

"Pasamos del papelito al papelón", dijo el empresario José Urtubey, hermano del gobernador salteño, que es un presidenciable justicialista siempre listo. El papelito alude al escándalo reciente en el Congreso entre el ministro Caputo y la diputada ultra-K Gabriela Cerruti. El papelón remite a las imágenes tristes de estos días sobre la intervención al PJ y sobre los forcejeos para resistirla. Sin la iconografía de los días gloriosos del peronismo, estas postales suman para el lado gris/oscuro, que el peronismo también nos ha regalado en cantidad a lo largo del tiempo.

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