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Advertencias para un Presidente irreductible

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
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15 de abril de 2018  

La reunión fue mucho más dura de lo que trascendió. "Frontal", dijeron los que quisieron desdramatizar. Recién arrancaba la semana cuando Mauricio Macri escuchó de parte del jefe del radicalismo, Alfredo Cornejo, uno de los cuestionamientos más severos desde que está en la Casa Rosada. Algunos de los testigos fueron Marcos Peña, Rogelio Frigerio, Gustavo Lopetegui y Mario Quintana, de un lado; y Gerardo Morales, Ricardo Colombi, Mario Negri y Luis Naidenoff, del otro. Si se tratara de una auténtica coalición de gobierno, se podría haber hablado de una "cumbre". El gobernador mendocino, que en poco tiempo se ganó el mote de "hombre bravo", cuestionó no solo los últimos aumentos de tarifas y las dificultades para controlar la inflación; también repasó las medidas erróneas que a su juicio adoptó el Gobierno en su gestión. "Es la primera vez que tenemos una diferencia conceptual con Pro", sintetizó un líder radical.

Los radicales entienden que hay un exceso de presión económica sobre la clase media, que es el bastión electoral de Cambiemos, a partir de la seguidilla de aumentos. Así coincidieron con el reclamo que la semana previa había hecho Lilita Carrió. Es comprensible. En la elección del año pasado, Cambiemos ganó en 17 capitales provinciales y en los principales centros urbanos bonaerenses. Se quedó con la mayor parte de los votos de clase media urbana. Pero además, por primera vez, penetró fuertemente en bastiones históricos del peronismo, incluso en el otrora inexpugnable conurbano, donde ganó en 10 de los 24 municipios. Allí, Cambiemos empezó a calar en sectores populares.

Cornejo visualiza un corrimiento sutil del objetivo estratégico del macrismo, que apuntaría a expandirse en los niveles sociales más bajos, que históricamente votaron al peronismo, porque la clase media ya es más proclive a votarlos. El proyecto de ley que presentó esta semana el oficialismo para expropiar tierras de villas y asentamientos y otorgarles los títulos de propiedad a sus habitantes iría en ese rumbo. En el fondo es una paradoja para una administración acusada de gobernar para los ricos y que tiene a varios ministros dando explicaciones sobre su patrimonio en el exterior.

Macri no eludió el debate con los radicales, y se prestó a una conversación que duró más de dos horas, algo no muy habitual para él. Les dijo que estaba dispuesto a escuchar propuestas alternativas, pero que cada vez que las pedía solo había silencio. Los radicales recogieron el guante y prometieron llevar variantes la próxima semana. En el camino, Macri dejó dos definiciones que reflejan que detrás del optimismo que exhiben sus funcionarios al hablar de economía se esconden los temores de siempre. "Si no reducimos el déficit, vamos a estar mal en el mediano plazo", recalcó con tono adusto, y repitió lo que había dicho Luis Caputo en el Congreso: "No podemos mantener este ritmo de endeudamiento". Los que lo escucharon se quedaron convencidos de que el Gobierno sigue buscando alternativas para achicar las cuentas, aunque ya no sabe de dónde recortar sin afectar más el humor social. Después de conocerse que la inflación de marzo fue de 2,3%, el Presidente dejó una segunda definición: es probable que no se cumpla con la meta del 15% pautada para el año. El discurso oficial ya está preparado: buscarán que no supere el 20% y dirán que anualizado sigue a la baja. En la superficie, hay datos económicos que muestran mejorías, pero los interrogantes sobre los cimientos de la recuperación no se disipan.

Lo mismo ocurre a nivel político: no parece haber en el tablero nacional un oponente de relieve frente al Gobierno. Pero por debajo, una luz amarilla se encendió. Una reciente encuesta de Isonomía demuestra que la inflación y el aumento de tarifas son identificadas como los ítems peor evaluados del Gobierno. La cifra de quienes dicen que Macri no va a poder controlar la suba de precios pasó del 42% en octubre al 50% en abril, y los que piensan que sí podrá hacerlo bajó del 53% al 36%. Este aspecto es clave porque da lugar a la percepción de que el Presidente puede perder la batalla económica. Los ministros políticos están seguros de que hay mucho margen para recomponer esos números, y exhiben como ejemplo que algo similar ocurrió en marzo-abril de 2016, tras el primer ajuste de tarifas, y después terminaron ganando la elección de medio término. Lo tienen medido con focus group precisos. Los radicales, menos técnicos y más empíricos, aseguran que hay una construcción de las percepciones políticas que se gesta a lo largo de los meses y que luego será difícil revertirla.

La variable clave volverá a ser las expectativas de mejora. El paso del tiempo le juega en contra a la hipótesis de una recuperación al estilo de la de 2016-2017. El Gobierno entrará en breve en la etapa final de su mandato y deberá demostrar resultados. Pero la posibilidad de reelección presidencial ensancha ese objetivo. Puede haber un crédito ciudadano por otros cuatro años.

En la Casa Rosada tienen un tablero de control infalible a la hora de plantear estrategias electorales, que reúne encuestas permanentes y perfiles de votantes, pero que además tiene un fundamento conceptual. Para Marcos Peña, cerebro de ese mecanismo, plantea que "en el mundo hay una fuerte crisis de representación, y eso se ve con claridad en la Argentina". En esta lógica, la gente ya no se siente representada por los partidos, los gremios o las organizaciones. Esto transformó la política en un terreno volátil y atomizado. La figura simbólicamente más nítida sería la de Macri, pero muy dependiente de las oscilaciones de la percepción social (la otra, declinante, es la de Cristina Kirchner). Por eso la necesidad de tener un instrumental fino para interpretar el humor social. Jaime Durán Barba lo explicó en esa suerte de El Príncipe de la posmodernidad que es su libro La Política en el siglo XXI. Allí reniega de las viejas plataformas partidarias y dice que la opinión pública se volvió incontrolable, no tiene jerarquías y atiende poco a las propuestas políticas. El núcleo cercano del Presidente está convencido de que los radicales no interpretan esa transformación. Por eso sostiene que en el fondo, lo único que moviliza sus demandas es la disputa por cargos. Carrió piensa lo mismo.

El sainete del PJ de esta semana podría ser un ejemplo ilustrativo de ese cambio de época. Dos históricos como José Luis Gioja y Luis Barrionuevo pugnando por ser la cara de la renovación en un edificio cargado de simbología que hace rato no alberga ninguna reunión importante del peronismo. El grupo de los "racionales" que lidera Miguel Pichetto con los gobernadores lamentó que esa disputa eclipsara su encuentro de Gualeguaychú. Reconocen que la conducción del sanjuanino estaba agotada, pero no entienden por qué María Servini no los consultó antes y designó al catamarqueño como interventor. Incluso piensan que los kirchneristas pueden terminar festejando si la Cámara revierte el fallo, que contiene un error formal: la jueza nunca le corrió traslado al fiscal electoral, Jorge Di Lello. Están convencidos de que el gran ganador es Macri.

Y probablemente tengan razón. El Presidente juguetea con un peronismo confundido, y se mantiene inflexible ante un radicalismo con el que no está dispuesto a compartir sus decisiones. Macri sigue siendo por ahora el único vector dinamizador de la política, a pesar de las luces amarillas que se encendieron.

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