Yo tenía un plan: la emotividad del recuerdo y de lo vivido

Fuente: LA NACION
Jazmín Carbonell
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16 de abril de 2018  

Muy buena / Texto: Mónica Acevedo, María García de Oteyza, Emilia Rebottaro, Juan Zuluaga Bolívar / Dirección: Acevedo y García de Oteyza / Intérpretes: Emilia Rebottaro, Juan Zuluaga Bolívar / Sala: Timbre 4, México 3554 / Funciones: viernes, a las 21.30 (a la gorra) / Duración: 60 minutos.

Si algo puede caracterizar esta nueva propuesta es su profunda honestidad. Un actor y una actriz en escena, con unos pocos elementos y unas luces que emparejan la sala abren sus historias a nosotros, los espectadores, que, de a poco, nos iremos dejando conducir a esos pasados. Ambos tienen dos cosas en común, quizás una premisa que tomaron como punto de partida para construir los relatos: vienen de un pueblo y son actores. Junto a Mónica Acevedo, María García de Oteyza, que comparten con ellos la historia del desarraigo -Acevedo, mendocina; García de Oteyza, española-, escribieron un texto lleno de detalles de sus propias vidas, pero que tiene como vector la inquietud sobre cómo llegaron a ser lo que son hoy. Ellas dos, encargadas además de dirigir estas historias, de darles carnadura escénica, ese plus dramático que hace que los relatos tengan suficiente espesura y, por qué no, que se vuelvan atractivos para el público.

Para quien no haya experimentado nunca una obra vertebrada en función de la historia "real" de los actores en escena, esta es una muy buena oportunidad. El modo de narrar estos hitos fundantes que hicieron que Zulu y Emilia sean quienes son hoy es realmente emotivo, gracioso e inteligente. Además su entrada a la gorra derriba cualquier prejuicio: aquellos que consideren que una obra debe contener una historia ficcional pueden acercarse a experimentar esta propuesta y luego decidir cuál es el monto que consideran como entrada.

Por supuesto, cabe aclarar que, pese a que muchos de los elementos trabajados en escena, desde el texto armado a base de fragmentos de sus vidas, fotos, audios, videos, esto se trata de una ficción, pero el grado de empatía, de conexión, de intimidad entre público y actores será mucho más intenso. Es que ellos están mucho más expuestos, sus recuerdos, sus familiares mencionados, mostrados, sus pueblos ahí, en pantalla, obligan a un acercamiento honesto, real y profundo. La platea, iluminada, ya no es un ente pasivo y oculto, sino que se convierte en el confidente sensible.

Los anhelos de sus propias familias, lo que esperaban de ellos, sumados a sus propios deseos y las vivencias que tuvieron que experimentar al encontrarse solos en la gran ciudad fueron forjando quienes son ahora. Una obra que viaja a los detalles de estas dos vidas, pero que pueden encontrar puntos de unión con casi todas. ¿O acaso todos tuvieron un plan de vida que respetaron y les salió tal como lo esperaban? Incluso ¿quién no fracasó rotundamente en ese plan perfecto que pergeñó de joven y en ese cambio se encontró finalmente? De eso, y de unas cuantas cosas más, se trata Yo tenía un plan. Una obra emotiva, sensible, que interpela a la memoria porque hay algo que está claro: la vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda.

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