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Un golpe que no bloqueará el uso de armas químicas

David Sanger
Ben Hubbard
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16 de abril de 2018  

WASHINGTON.- En 2014, cuando Siria despachó fuera del país las que aseguraba eran las últimas armas químicas en su haber, el secretario de Estado norteamericano de aquel entonces John Kerry declaró que ese hecho demostraba que una hábil diplomacia podía lograr mucho más que los ataques contra un par de instalaciones militares.

"Cuando conseguimos sacar de Siria el ciento por ciento de sus armas químicas logramos un gran acuerdo", dijo un par de semanas después, mientras un barco norteamericano destruía 600 metros cúbicos de sustancias venenosas.

Hace un año, tras tildar el enfoque de la era Obama de ingenuo, Donald Trump bombardeó el aeródromo militar donde se habría originado el nuevo ataque con armas químicas por parte del gobierno sirio de Bashar al-Assad. El entonces flamante asesor en seguridad, el teniente general H. R. McMaster, predijo "un gran cambio en los cálculos de Al-Assad", porque era la primera vez que Estados Unidos realizaba "una acción militar directa".

Años de amargas experiencias en Siria han demostrado que la evaluación hecha por Kerry era equivocada, y la del general McMaster infundadamente optimista. Después del ataque del sábado a la madrugada sobre tres supuestas instalaciones de armas químicas en Siria, tanto los funcionarios del gobierno norteamericano como los expertos independientes coinciden en que el ataque, aunque haya sido el doble de grande que el del año pasado, difícilmente obture la capacidad de Al-Assad de gasear a su propio pueblo.

El teniente general Kenneth F. McKenzie, jefe del Estado Mayor Conjunto del Pentágono, describió las instalaciones bombardeadas el sábado como "una parte fundamental de la infraestructura de armas químicas del régimen". Tal vez lo hayan sido en el pasado, pero nada confirma que siguieran activas cuando fueron atacadas por fuerzas de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña.

Según los funcionarios, por el momento hay dos factores que hacen dudar de que esas instalaciones siguieran siendo importantes para el programa de armas sirio. El primero es que hasta ahora no se han reportado víctimas en esos lugares, lo que sugiere que durante la noche no había nadie en el lugar, o que el sitio ya estaba abandonado. El segundo factor es que no se reportaron filtraciones ni pérdidas de agentes químicos en esos lugares, a pesar de haber recibido el impacto de más de 100 misiles.

Ya sea que esas instalaciones estuviesen activas o no, lo cierto es que el conflicto en Siria demostró una verdad más amplia: si bien es fácil destruir las instalaciones de armas químicas de Al-Assad, también es relativamente fácil para él reconstruirlas en otra parte, o simplemente recurrir a sustancias disponibles comercialmente, como el cloro, para fabricar un veneno rudimentario que todo país está autorizado a tener en su haber.

Tal vez eso explique por qué el general McKenzie se mostró más circunspecto que sus predecesores al pronosticar el alcance y la efectividad del reciente ataque.

"Diría que en alguna parte hay elementos residuales del programa de armas químicas de Siria", les dijo McKenzie a los periodistas. "Creo que con el ataque de anoche le arrancamos el corazón a ese programa", agregó, aunque aclaró que "no puedo asegurar que ya no sean capaces de realizar ataques químicos en el futuro".

Su comentario parece reflejar un hecho central: Al-Assad ha aprendido muy bien cómo esconder su arsenal de los ojos de los inspectores. Para fabricar cloro, el agente que se sospecha usaron las fuerzas sirias en su ataque de hace unos días y que dejó decenas de víctimas civiles, incluidos niños, no hacen falta instalaciones sofisticadas, ya que se trata de una sustancia disponible comercialmente, que se usa en el tratamiento del agua. Y el gas sarín, que según la Casa Blanca también podría haber sido utilizado en el ataque, puede fabricarse prácticamente en cualquier parte, como advirtió un informe de la inteligencia de Francia.

Ese informe concluye que "gracias a la experiencia adquirida con su programa tradicional de armas químicas, los militares sirios saben usar el gas sarín y también producir y desplegar municiones de cloro". Estados Unidos, señala el informe, "también evalúa que el régimen sigue contando con agentes químicos -específicamente, cloro y gas sarín-, que podría usar en futuros ataques".

El cloro representa un particular desafío para los gobiernos y las organizaciones que buscan erradicar las armas químicas. Según Michael Knights, miembro del Instituto Washington para las Políticas de Cercano Oriente, se trata de una sustancia muy letal, muy necesaria, y que es legal en todos los países.

"Para mí, la gran cuestión es el cloro, no el gas sarín", dice el especialista.

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