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Ni Berlín 36, ni Argentina 78: Rusia será una cita única en su especie

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
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16 de abril de 2018  • 00:35

Ni Berlín 36, ni Argentina 78: a dos meses de su inicio, el Mundial de fútbol de Rusia 2018 ya dejó en claro que es un espécimen único, algo nunca visto. La Copa del Mundo que comenzará el 14 de junio en Moscú es un torneo cruzado por lo más potente de la historia del siglo XX, como no podía ser de otra manera en un país escenario de lo mejor y lo peor que puede dar la humanidad.

Pero la clave del Mundial es que llega sobre todo sacudido por las grandes guerras de la política actual: la que desangra Siria, la que se libra eternamente contra el terrorismo, la cibernética que tantas realidades manipuló en estos años y, sobre todo, la cultural entre una Rusia decidida a volver a ser la potencia que fue y un Occidente que tiene bien presente aquello de lo que Moscú fue capaz a lo largo de su historia. Ningún país anfitrión de una Copa del Mundo fue visto con tanta antipatía fuera de sus fronteras como lo es hoy la Rusia de Putin.

Argentina 78, destacó recientemente "The Independent", recibió frialdad del resto del mundo por culpa de la Junta Militar brutal que regía al país, pero no por ser un actor que desestabilizara el orden político mundial. Tampoco tuvo esa potencia Italia 34, el Mundial de Mussolini.

Que en medio de todo esto se hable bastante poco de fútbol es quizás lógico. La selección rusa es menos que modesta, muy lejos de aquella que deslumbró escalando a semifinales en la Eurocopa 2008. Estados Unidos no tiene que cuidar a su selección, que verá el Mundial por TV tras la insólita derrota ante Trinidad y Tobago. E Inglaterra, siempre astuta, aprovecha el torneo para hacer política interna. Los ingleses recibieron sólo un voto en la elección de 2010 que le dio la sede a Rusia. Así, no extraño que un parlamentario llegara a pedirle días atrás a la primera ministra, Theresa May, que llame a la FIFA para que el Mundial se postergue un año. Medios como "The Guardian" se burlaron de la idea, pero menos jocosas fueron las reacciones ante el comentario de Boris Johnson, ministro de Relaciones Exteriores británico: "Sí, creo que la comparación con Berlín 36 es ciertamente correcta".

Johnson, provocador de nacimiento, sabía que con esa frase llegaba al sentimiento más profundo de millones de sus compatriotas. "La hora más oscura", la película que le dio a Gary Oldman el Oscar de este año a mejor actor protagónico, le permitió a muchas generaciones jóvenes de británicos entender -por si lo ignoraran- qué significa una comparación con el Berlín de 1936. No importa si es correcta o no, importa su efecto.

Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, prefiere evitar hablar de política. Para hacerlo ya le alcanza y sobra con el fútbol, que es la forma menos riesgosa de hacer política. Así y todo, de paso por Buenos Aires la semana pasada, el suizo-italiano debió resignarse a contestar una pregunta directa al corazón que le hizo la agencia de noticias estadounidense AP: ¿puede la compleja situación internacional dañar al Mundial?

"Todo lo contrario", argumentó Infantino. "Estoy convencido de que no tendrá un impacto negativo en el Mundial". Hasta ahí, respuesta de manual. Lo más interesante vendría después: "El fútbol tiene la magia de unir a la gente. La gente no quiere violencia, no quiere destrucción, no quiere guerras. La gente quiere celebrar. No conozco a nadie que quiera la violencia. El fútbol es el deporte de la gente. En Rusia viven 150 millones de personas que quieren abrir las puertas de Rusia a todo el mundo, y que todo el mundo vaya a celebrar el fútbol y a unir los pueblos. Este Mundial va a ser en este clima. Vamos a demostrar que puede cambiar la perspectiva de cómo la gente ve a un país".

¿Será para tanto? Infantino se pasa de frenada a conciencia, porque este Mundial es "su" Mundial. Tiene que salirle bien. Sí o sí. Lo contrario implicaría turbulencias en el plan de reelección del año próximo.

Y nadie quiere turbulencias en el Mundial. Ni Infantino, ni Putin, pero tampoco Mauricio Macri, que asistirá a dos partidos de la primera fase con la esperanza de regresar el 15 de julio para ver la revancha de los finalistas derrotados del Maracaná.

¿Un Mundial exitoso y con Messi campeón? Eso sí que haría felices a los tres presidentes. Macri disfrutaría de lo que en democracia sólo tuvo Raúl Alfonsín, mientras que Infantino encontraría a su Pelé y su Maradona.

¿Y Putin? El jefe de Estado ruso hace juhar toda la potencia del país más grande del mundo para que el torneo fluya sin problemas. Será el Mundial de la hiperseguridad, pero también el de la grandilocuencia reflejada en estadios imponentes y trato imperial a dirigentes y jugadores. Será una gran puesta en escena para que los rusos lo tengan bien claro; nosotros hacemos las cosas a lo grande, pero Occidente está obsesionado con agredirnos. Se verá espectacular en la TV. A pie de calle habrá muchos más matices.

Jugarreta del calendario, el 17 de julio, horas después de la final, se cumplirán 100 años del asesinato de Nicolás II y su familia a manos de soldados bolcheviques. A ver cómo sale el Mundial. Hace ya un siglo que Rusia no tiene zar.

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