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El barra de Racing que se convirtió en estrella mundial de póker

Humphrey Inzillo
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25 de abril de 2018  

"Tengo la solución para tu vida. Estoy jugando al poker por internet y es el trabajo ideal para vos". Hasta ese día de enero de 2006, cuando fue a buscar al aeropuerto de Fortaleza a su amigo Mariano Graciarena, también conocido como "La Morsa", a Marcelo Betbesé jamás se le había cruzado por la cabeza jugar a las cartas profesionalmente. Ni mucho menos podía imaginar que ese se iba a transformar en su modo de vida, o que iba a terminar sentando en mesas de casinos del Sudeste Asiático o compitiendo en la Serie Mundial de Las Vegas junto a los mejores jugadores del planeta. Hacía cinco años que estaba viviendo en Brasil, en una especie de exilio, físico y psíquico, curándose de una afición que, en verdad, se le había vuelto una patología severa: el Racing Club de Avellaneda. A comienzos de los 90 había fundado los Racing Stones, una barra paralela que tenía la premisa de acompañar al equipo a todos lados y que, en tiempos en los que Racing acumulaba un cuarto de siglo (y contando.) sin ganar un campeonato, se hizo un lugar en la historia del fútbol argentino con una bandera que encierra una definición perfecta de esa fidelidad irracional: Racing: una pasión inexplicable. Durante una década fue el líder de esa "barra buena" que, frente a las pésimas campañas, generaba una fiesta en la tribuna que enorgullecía a los hinchas. Y no faltó a ningún partido, ni uno solo, de los que se disputaron ese período. Hasta que, decepcionado por la privatización del club, se fue del país. Seis años y 6.000 kilómetros después, cuando acababa de abrir una posada en Fortaleza que había bautizado Costas da Paz (un guiño a dos ídolos de la Academia, Gustavo Costas y el uruguayo Rubén Paz, resabios de un fanatismo extinto), en las cuatro semanas que duró la visita de su amigo, su modus de vida cambió para siempre: a pesar de la desconfianza que le había generado la idea en un principio, después de ver a "La Morsa" ganar más de US$3.000 en partidas online durante esas vacaciones, Marcelo Betbesé se decidió a entrar en el mundo del poker, hasta transformarse en un jugador profesional.

Con US$100 que le transfirió su amigo, Marcelo empezó a jugar online. Al mismo tiempo que acumulaba experiencia en las mesas virtuales, comenzó a estudiar. El libro La senda del ganador, de Juan Zubiri, se transformó en una especie de biblia. Y así, con la doctrina del paso a paso, en un trabajo de hormiga constante, jugando de 8 a 10 horas por jornada y agregando mesas hasta jugar 22 partidas en simultáneo, acumuló US$15.000 en un año. Se dio cuenta de que había llegado a su pico de juego. Entonces se puso en contacto con Zubiri y le propuso un trueque: hospedaje y comidas gratis para toda su familia en Costas da Paz, a cambio de clases de poker. Zubiri aceptó el trato. Así que durante el día hacía vida de playa, y a partir de las 20, y hasta las cuatro de la mañana, jugaba online, respondía dudas, revelaba tácticas y estrategias en el arte del poker. En el ocaso de esas vacaciones, se enteraron de que había un torneo en un casino de la zona. Cambiaron los pasajes, Marcelo le extendió la estadía para la familia en la posada y se anotaron juntos. "Era un torneo de 400 jugadores. Juan quedó afuera el primer día. Yo clasifiqué y quedé en el puesto 14", recuerda Betbesé.

En los 90, Marcelo Betbesé fundó los Racing Stones e impulsó la creación del predio Tita Mattiussi para las divisiones inferiores.
En los 90, Marcelo Betbesé fundó los Racing Stones e impulsó la creación del predio Tita Mattiussi para las divisiones inferiores. Fuente: Brando - Crédito: Javier Heinzmann

"¡Vamos, muchachos! ¡Esto es Racing!". Retrocedemos a 1993. Estamos en la tribuna visitante de la cancha de Ferro. Faltan unos 10 o 15 minutos para que empiece el partido. Estoy ahí, con mi viejo y algunos amigos. Aunque no cabe un alfiler, hace falta que Marcelo se suba a uno de los paraavalanchas, siempre el de la derecha de La Guardia Imperial, la barra oficial, para que la multitud explote en un grito de corazón. "¡Esto es Racing!", dice. Y no hace falta más.

En ese momento, a los 25 años, Marcelo ya se había ganado el respeto de la tribuna. Hacía 10 años que seguía al equipo a todos lados y hacía tres que era el líder de los Racing Stones, el grupo que marcó la sintonía de una época, el crossover entre el fútbol y el rock, basado, en este caso, mucho más en la estética que en el fanatismo por la banda de Jagger & Richards. "Siempre fui muy analítico y siempre fui tratando de mejorar. Creo que ese «laburo» de líder de los Racing Stones lo hacía a la perfección. Siempre buscaba los detalles para evitar problemas", explica.

Hacía un par de años que su estampa se recortaba en el paraavalanchas. El pelo largo, un jardinero de jean, el colgante de cerámica con la lengua Stone y un buzo con la bandera de guerra de Japón, el sol naciente, funcionaban como un uniforme. "No tenía mucha ropa en ese momento. Y la que tenía la usaba todo el tiempo. Es verdad que ese buzo tenía los rayos rojos. Era un poco raro. Si lo pienso, creo que hoy me mandaría a hacer uno con el mismo diseño, pero en azul o celeste", explica. En ese momento, anudado a la cintura, el buzo funcionaba como una boya en un mar de camisetas albicelestes.

"Me encantaba el reconocimiento, o saber que podía pararme en un paraavalanchas y levantar a toda la tribuna", explica. Sin formación teórica, era un genio del marketing. "En ese momento, yo me tomaba el trabajo de regalar banderines y otras boludeces cuando jugábamos en el interior. Pero no con el objetivo de figurar: quería que quieran al grupo. Y si ese regalito servía para que un pibe que estaba en duda se hiciera hincha de Racing, estaba buenísimo. Pensaba mucho a futuro".

Los Racing Stones encontraron su lugar en la tribuna local después de que organizaron el primer viaje, a fines de 1990, para un partido contra Mandiyú, en Corrientes. "Empezamos a parar en la puerta 10. Fue una decisión difícil porque nos gustaba estar en el medio, cerca de la barra, donde se veía bien y donde más se cantaba. Pero así y todo yo proyecté que podíamos lograr eso: una barra aparte. En Racing no había paraavalanchas, entonces estaba la idea de pararnos en la puerta para hacer cantar a los del costado y que se grite más en toda la tribuna".

En los 90, Marcelo Betbesé fundó los Racing Stones, decepción mediante se fue a vivir a Brasil y se transformó en jugador profesional de poker.
En los 90, Marcelo Betbesé fundó los Racing Stones, decepción mediante se fue a vivir a Brasil y se transformó en jugador profesional de poker. Fuente: Brando - Crédito: Javier Heinzmann

Más allá de algunas buenas campañas, los 90 fueron una década infame en la historia de Racing. No solo en el aspecto futbolístico, sino, y especialmente, en el plano institucional. Como las artes marciales, que pregonan transformar las falencias en virtudes, los Racing Stones impulsaron un campeonato paralelo: el de las hinchadas. Si el equipo era un desastre, si desde la tribuna de enfrente te cargaban por los 30 años sin salir campeón, había que cambiar el foco de la discusión. Opacar la vergüenza futbolística con el brillo de la hinchada.

Marcelo no era un líder violento. "Yo soy valiente en mis ideales. Pero a mí no me gustaba poner el cuerpo", explica. "Había pibes a los que les gustaba pelearse. Yo lo hacía por obligación, porque tenía que ganarme el respeto de la barra. Yo soy muy analítico, y sabía que había que pasar esos momentos. Pero no lo disfrutaba. Ni siquiera en la victoria de una pelea. Más de una vez me pudieron haber lastimado. Y, sí, muchas veces tuve miedo".

Lo que Marcelo disfrutaba, en cambio, eran las cargadas ingeniosas. Por ejemplo, en 1994, cuando se cumplían 11 años sin victorias de Independiente en el clásico de Avellaneda, contrató un avión que, promediando el partido, sobrevoló el estadio de la Doble Visera con un cartel que decía "Rojo Amargo: 11 años".

"Creo que era respetado por los hinchas genuinos de los demás equipos porque había hecho en Racing lo que querían hacer ellos en sus clubes", dice. "Como fuimos los pioneros en tener un grupo así, eso se fue divulgando entre amigos de distintos cuadros".

En los primeros años del nuevo milenio, en los foros de internet, las hinchadas rivales manifestaban respeto por Marcelo, a quien definían como un tipo con códigos. "El principal era que las peleas eran solamente los días de partido y en la cancha. Yo pregonaba, por ejemplo, que se podía convivir en paz si te cruzabas en un boliche con un grupo rival. Organizaba las idas y vueltas de las canchas, estudiando por dónde ir para no cruzarnos con las hinchadas de otros equipos que iban a otros estadios. Claro que si no había otra opción, había que pelearse", explica. Y concluye:

Otro de mis códigos era que no se pegaba en el piso. No había que lastimar seriamente a alguien que quedaba indefenso. Y no aprovecharse si éramos mayoría.

Hay una historia, de principios de los 90, que lo pinta de cuerpo entero. Racing había jugado un viernes y el domingo Marcelo, que tenía la costumbre de ir a ver partidos de otros equipos para analizar cómo se movían las hinchadas, fue a la cancha de Vélez a ver un partido contra Colón de Santa Fe. "Era el primer año de Colón en la A después de estar muchos años en el ascenso, y llevo un montón de gente. Fui con dos amigos: Roberto Mazlat y Pepe Malbrán". Durante buena parte del partido notó que la hinchada de Colón había dejado descuidada una bandera larga, de unos 50 metros. Les pidió a sus amigos que se fueran y lo esperaran en una esquina con el auto. Y él, haciéndose pasar por un hincha sabalero, le pidió permiso a un policía para descolgar la bandera para ganar tiempo a la salida. Con el trapo enrollado dentro de su jardinero, sin armas ni rencores, como los asaltantes del Banco Río en Acassuso, se fue caminando con su botín. "Fue una locura que salió bien. Si me agarraban, no tenía chance: me mataban".

Como Mario Santos, el personaje que Federico D'Elía encarnaba en Los simuladores, Marcelo era un maestro de la logística y la planificación. El 3 de diciembre de 1995, Racing visitaba a Boca en la Bombonera, en un partido que se volvió inolvidable no solo por la victoria académica por 6 a 4, sino también por el festejo de la hinchada de Racing, que llenó de bengalas la tribuna. Esa invasión de luces y fuego empezó la semana previa al clásico, cuando Marcelo y un par de amigos se hicieron pasar por hinchas xeneizes del interior que venían a conocer la Bombonera. Accedieron, finalmente, a los baños de la tribuna visitante y, en el depósito de unos inodoros, dejaron el arsenal de pirotecnia.

La bandera ("la Pasión") era como su hijo. Y Racing era la razón de su existencia, el motor de su vida, una obsesión que lo consumía. Así, le terminaban pasando cosas insólitas. En el 99 se rumoreaba que iban a rematar la sede social del club, el edificio de la avenida Mitre, en Avellaneda. En ese momento, Marcelo trabajaba haciendo repartos con una camioneta y se había puesto de novio. Ese martes era crucial porque iba a conocer a los padres de la chica. Al caer la tarde, pasó por la sede y un grupo de hinchas pensaba encadenarse a la puerta para evitar el remate. "Vos tenés que quedarte, Marce", le dijeron. "Sos un referente". Y él no lo dudó. Llamó a la novia y le dijo que le había salido una mudanza, que no podía ir a la cena. Y se encadenó. A la media hora, los móviles de todos los noticieros transmitían en directo desde la puerta de la sede. "Claro, me vieron y fue una situación muy difícil de remontar. El error fue mío por no decir la verdad. Pero, por otro lado, ¿qué les podía decir? ¿«Suspendamos la cena porque tengo que encadenarme a la sede de Racing»? En esa época, Racing estaba por encima de cualquier cosa en mi vida".

Por esa misma época, habían suspendido varios partidos de las divisiones inferiores porque Racing no tenía dónde jugar como local. A veces, alquilaba las canchas de El Porvenir u otros equipos del ascenso, pero no tenía un lugar propio.

El sentido de pertenencia es algo que Marcelo había adquirido en el colegio Hipólito Vieytes, de Caballito, donde cursó el secundario. Y era uno de los valores que entendía que había que inculcarles a los futbolistas juveniles de la Academia. Para que eso ocurriera había que tener un lugar propio. Años atrás, al club le habían cedido unos terrenos, a unas 20 cuadras de la cancha, pero la dirigencia no había hecho nada. Decidió, entonces, ponerse al frente de un grupo de socios para recuperar esas ocho hectáreas del ferrocarril y construir un predio para las divisiones inferiores.

La lengua de los Racing Stones en una ficha customizada. Emblema y amuleto.
La lengua de los Racing Stones en una ficha customizada. Emblema y amuleto. Fuente: Brando - Crédito: Javier Heinzmann

Como en otros juegos , el poker involucra el arte de la especulación. Lejos estaba Marcelo, todavía, de las mesas de paño verde. Pero al momento de ir a negociar esos terrenos con el juez Gorostegui, en La Plata, ya apelaba a un poder tan simbólico como ficticio. "Ellos se creían que yo les podía meter cinco micros en la puerta del juzgado de La Plata un día de semana. Y yo jugaba con eso. ¿Qué les iba a decir? ¿Que con suerte podía juntar dos autos? Yo, como buen jugador de poker, mentía. Le decía que hacía dos llamadas y le armaba tremendo escrache. Le pedía que nos destrabe las tierras y lo apuraba. «¿Vas a seguir haciendo cagadas?», le decía. Hasta que conseguimos las tierras".

Lo que sigue es un trabajo de hormiga, un esfuerzo descomunal de conseguir fondos con rifas y el aporte de los socios. Y, en poco más de un año, se inauguró el predio Tita Mattiussi, bautizado así en homenaje a la histórica lavandera y encargada de la pensión del club por más de 60 años.

Lo que empezó como una utopía hoy se transformó en una usina de cracks, que en los últimos años no solo proyectaron a muchos jugadores de la cantera del club a ligas de todo el mundo, sino que con ventas como las de Sergio Romero (arquero de la selección nacional), Luciano Vietto, Ricardo Centurión y Lautaro Martínez (valuado en unos ?25 millones), entre otros, le otorgaron al club un inédito superávit.

Marcelo estuvo en la inauguración del predio, donde llegó a desempeñarse como presidente, pero harto de las batallas internas, de noches en comisarías como "vueltos" por su activismo, decepcionado por la privatización del club y prácticamente en bancarrota, porque había relegado su trabajo para concretar la construcción del predio, decidió irse a vivir a Brasil. Se había transformado en un cuadro importante en la vida política del club, y muchos lo proyectaban como un futuro presidente. Pero llegó un momento en que no pudo más y, en medio de severas amenazas, cortó con todo.

No fue fácil despegarse de una pasión de tantos años. El bar que abrió en la Praia Flamengo de Salvador de Bahía se llamaba Racing Stones, y la decoración de las sillas y las remeras que usaba el personal eran la lengua Stone albiceleste. El 27 de diciembre de 2001, en un Shopping de Salvador, Marcelo se sentó a ver el partido con Vélez que le dio a Racing el primer campeonato local en 35 años. "Tenía sensaciones encontradas. Por un lado, estaba feliz por toda la gente de Racing, pero yo no podía encontrar ese sentimiento dentro de mí. Era el campeonato del gerenciamiento, que era, fue y será mi enemigo ideológico. Sentía que era muy injusto que el título llegara en ese momento. Así que después del partido volví al barcito, miré el mar un par de horas tratando de entender mis sentimientos, si estaban bien o mal, y me fui a dormir. A la mañana siguiente me desperté para trabajar como si fuese un día normal".

Con más de una década encima como jugador de póker profesional, Marcelo mantiene el método y la obsesión que arrastra desde los tiempos de los Racing Stones. "En el poker se toman cosas de distintos juegos, pero fundamentalmente hay cosas de la vida, también. Generalmente, en la mesa de poker te manejás igual que en la vida. Con los Stones, yo trataba de anticiparme a los hechos. Tenía una especie de sexto sentido para anticipar el peligro. Y en el poker, también", explica.

Su especialidad es el Texas Hold'em, una variable del juego que es la más popular en todo el mundo. Y, como jugar online dejó de ser rentable, desde hace varios años se dedica a recorrer el mundo buscando mesas fáciles. "La clave es que haya muchos turistas, cuanto más recreacionales, mejor", dice.

Decepcionado por la privatización del club, se fue a vivir a Brasil y se transformó en jugador profesional de poker.
Decepcionado por la privatización del club, se fue a vivir a Brasil y se transformó en jugador profesional de poker. Fuente: Brando - Crédito: Javier Heinzmann

Se define como bilardista. "Yo soy el 5 metedor, que juega siempre parejito. Soy resultadista. No le busco la frutillita a la torta. El objetivo de jugar al poker es ganar dinero. No hay otro objetivo. A mí, me sirve que todos quieran hacer jugadita. Pero yo quiero terminar el día y tener más plata en el bolsillo que cuando empecé. Es mi trabajo", sostiene.

Acostumbrado a los salones vip de los aeropuertos, por la cantidad de millas acumuladas, sus horas de vuelo están, en verdad, en la mesa de paño verde. Y, a pesar de su proyección internacional, su actividad se vuelve bastante sacrificada. "Soy muy disciplinado. Por lo general, me paso entre 12 y 15 horas sentadito en la mesa, jugando. Paro para ir al baño o para tomarme un café. Pero si la mesa está buena me puedo quedar 30 horas jugando, porque hay que sacarle el jugo. Es sacrificado porque me lo tomo así, para sacarle el máximo provecho. Lo podría hacer más relajado, pero no es mi estilo. Y, obviamente, para ser profesional tenés que ganar. Si no, no podés sobrevivir".

Durante la temporada, trabaja compulsivamente. Casi no sale de noche e, incluso, arranca a las cinco de la mañana "para agarrar a los que vienen jugando toda la noche, porque a veces dan más ventaja. Como se juega las 24 horas, puedo manejar mis horarios. No tengo jefe, así que tengo que obligarme a hacerlo. De todos modos, no me quejo. Es el mejor trabajo que tuve. Pero me tengo que mentalizar así. Si voy a trabajar, no puedo arrancar el viaje yéndome a la playa o saliendo de excursión", aclara.

Las travesías a casinos exóticos, como los de Macau, las hace acompañado por un grupo de amigos uruguayos. "Son bárbaros. Yo los llamo La Tropa. Ellos son más chicos y dicen que soy el capitán. Están adoctrinados y les gusta eso de ir y tratar de meter la mayor cantidad de horas posibles para buscar un buen resultado", dice. "Así es más fácil. Si en el grupo tenés tres barriletes que se van todos los días de joda, se complica. Porque te van a querer arrastrar y las tentaciones son muchas".

Marcelo confiesa que ya no le gusta jugar al poker. De paso por Buenos Aires, dice que hace dos meses que no toca ni una carta. Pasó sus vacaciones en Europa y, aunque se cruzó con un montón de casinos, no entró a ninguno. "Cualquier programa fue mejor que ese", confiesa.

Durante la mayor parte del año, Marcelo evita a los profesionales. Vive de los que juegan para divertirse, confiados en que el poker es un juego de azar. "El azar es solo un 20% del juego. El resto, a partir de estudios y probabilidades, es algo que se puede manejar. A mí, lo que me interesa es ganar guita, y para eso me sirve jugar contra peores jugadores que yo".

De todos modos, nunca dejó de estudiar. "Es un juego muy dinámico, y si no te actualizás, te pasa el tren. Todo se va desarrollando todo el tiempo. Lo que te sirve en un momento al año siguiente quizás no te sirva más. Quizás no estudio tanto como debería, pero creo que soy bastante bueno en lo que tengo y en determinadas cosas que muchos no le dan importancia. Sobre todo, en el fuera de la mesa. En ese sacrificio que le meto. En la cantidad de horas y en no desenfocarme del objetivo. No es solamente jugar bien cuando estás en la mesa".

Pero una vez al año, desde 2009, Marcelo hace "el viaje de la gloria". Una excursión a Las Vegas para participar de la serie Mundial. Participan unos 7.000 jugadores de todo el mundo, y ahí, el objetivo es la consagración. "Es un gusto que me doy todos los años. Si se te llegan a alinear los planetas en esos 10 días que dura el torneo, te podés salvar para toda la vida. Aparte, claro, de hacer historia".

En 2012, coronó su mejor actuación en el Main Event de Las Vegas con el puesto 541. Desde entonces, sigue haciendo los deberes. "A veces, hablo de los dioses del poker. Vamos a suponer que existieran, ¿a quién van a favorecer? ¿Al que se va de joda todas las noches o al que se cuida, cuida todos los detalles, es riguroso y estudia a los rivales? Confío que, en base a sacrificio, cada vez me transformo en un jugador mejor".

Su hijo, Nicolás, también entró en el circuito. De hecho, mientras escribo estas líneas, están de viaje, juntos, compartiendo ganancias y experiencias. "Nico es más jugador de torneo que de mesa, pero es bueno en las dos cosas. Aprendió a jugar de chico, mirándome jugar online cuando empecé. Tenía 13 años y ya se le notaba que tenía un don especial para esto. Yo lo dejaba jugar torneos chicos desde mi cuenta, y ya a esa edad ganaba. Obviamente, tuve críticas de mi entorno por meterlo en esto, porque en aquel momento no estaba claro que era un juego de habilidad mental. Pero cuando empezó a ser profesional y a tener buenos resultados, los que me mataban por hacerlo tuvieron que aceptar que lo metí en un trabajo privilegiado. Además, el poker también lo curó de Racing, que parecía que iba a ser su prioridad en la vida".

El 14 de diciembre de 2014 Racing salió campeón después de ganarle a Godoy Cruz en el estadio Presidente Perón, en Avellaneda. Esa noche, Marcelo vio el partido desde el que había sido su lugar histórico, subido a la puerta 10. "Esa noche cerré el círculo de mi historia con Racing. Se dio solo. La semana previa al partido estaba jugando en Punta del Este y dije: «No es justo que también me pierda esta». Me fui a verlo donde paraba siempre. Los pibes que están ahora se portaron de primera. Pensá que desde que me fui, del 2001 al 2014, pasaron 13 años, y había pibes que no me conocían. Cuantos más años pasan, cada vez conozco menos caras en la tribuna. Yo me fui, me curé de Racing. Y ya tengo otra vida. Lo sigo, pero no lo vivo como lo vivía antes. Soy socio y pronto voy a ser vitalicio. Cada vez que entro al predio y veo que ahora hay siete canchas, me alegra. Cada vez que veo a Racing y tiene tres o cuatro pibes que la rompen, o en cada venta que se hace, yo me siento parte. Aunque ya estoy curado, esta todavía es mi casa".

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