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Gabriela Toscano: la hija pródiga

Entró a la televisión a los 4 años y desde entonces no dejó de trabajar. Es una de las actrices más talentosas de su generación, en septiembre intervendrá en Monólogos de la vagina
Marina Gambier
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12 de agosto de 2001  

Son las 3 de la tarde y llueve a mares en el barrio del Abasto. La cita es a dos cuadras del viejo mercado devenido shopping, en un departamento vacío y helado, esto es, sin muebles ni calefacción. Apenas una mesita de fórmica y dos sillas duras como los asientos de un colectivo urbano. Su marido hará las veces de anfitrión. Ella no ha llegado tarde, pero igual habrá que esperarla aquí un buen rato, en medio de este clima siberiano donde en unos meses planea abrir una escuela de teatro para chicos y adolescentes. A decir verdad, no es el sitio perfecto. Pero últimamente no da reportajes en otro lugar que no sea un bar o un estudio, y cuesta aceptar que no lo hace de diva insufrible, sino de puro hermética, porque si hay algo duro de roer ésa es la caparazón con que Gabriela Toscano protege su mundo privado. No será un diálogo fácil -ella no es muy locuaz-, pero después de todo uno está aquí por su talento, que por cierto es grande y natural.

Pasados 15 minutos aparece envuelta en un conjunto de plush negro y botas a la rodilla; nada que ver con la apariencia desgraciada de esas heroínas que suele interpretar en el teatro. Y tampoco defrauda a cara lavada, más bien luce espléndida esa frente bombé que le potencia la belleza entre fatal y reflexiva, ese aire de muñeca bohemia que trae de la cuna. Viéndola de cerca, Gabriela Toscano parece haber crecido sólo del cuello para abajo, pues del cuello para arriba conserva intactas las facciones de aquella criaturita que en el comercial de heladeras decía, entre suspiros: Hemos vuelto a la normalidad. Entonces tenía 6 años y hacía dos que había entrado para siempre en los hogares argentinos. Ahora tiene 35, una carrera fecunda y pareja porque, según el consenso de la crítica, desde chica ha estado siempre por encima del papel.

Acaba de concluir una temporada haciendo Los pequeños burgueses, la obra del ruso Máximo Gorki que, curiosamente, estuvo durante dos meses a sala llena en el Teatro San Martín. La pieza en cuestión muestra las visiones antagónicas del mundo en el seno de una típica familia rusa de clase media, a principios del siglo XX, cuando el modelo neoliberal era tan injusto como el que hoy somete a gran parte del planeta. Tatiana era una solterona depresiva con ganas de abandonar su entorno mediocre. En algunos aspectos, bastante parecida a Maia, el rol en La Gaviota, de Chéjov, quizá su labor más elogiada. Mastica galletas de arroz inflado y toma té de Ceilán. Es el primer bocado luego de horas grabando escenas de Culpables, el unitario donde es Daniela Trimarco de Fishini, una esposa medio patética que no resigna la esperanza de vivir un gran amor. "Dentro de lo que me ofrecen trato de elegir lo mejor, y si no es lo mejor, trato de hacerlo mejor porque es lo único que tengo -dice, con una franqueza poco común-. Para mí es imprescindible trabajar, de lo contrario me pongo fastidiosa, no sé qué hacer. Por suerte este año me ofrecieron un lugar en uno de los programas que, creo, es de los mejores de la televisión. Daniela está loca, pero es un poco impune. Aunque no lo quiere asumir, está realmente enamorada de su marido. Tiene momentos de niña y eso tiene que ver con que se casó joven y no vivió ciertas cosas."

A la trama de una relación compleja se suman actuaciones impecables, tal vez por esa razón Daniela y su marido (en la ficción, Alfredo Casero) se roban el programa. A Gabriela le pasó algo parecido el día que acompañó a su hermana mayor a un casting en Canal 9, con miras a integrar el elenco infantil de Música en Libertad. Tenía 4 años, una sonrisa con hoyuelos y los dientes de leche torcidos. Calladita, ella se quedó con el papel.

"Fue una especie de accidente, porque yo descubrí de grande esta profesión. De niña trabajaba con la conciencia de un niño, igual que de adolescente, sólo después uno empieza a entender que tiene un determinado don, y que puede desarrollarlo. Hay gente que empieza de chica, pero cuando pierde la inocencia pierde también el interés por la actuación. A mí me encantaba. Enseguida me propusieron hacer Lo mejor de nuestros hijos, con Susana Campos y bueno... nunca más dejé de trabajar. Me crié dentro del cine y la televisión, que eran muy distintos de ahora. La tele no estaba en todas las casas, ni en los bares, ni en los subterráneos, eso hacía que uno fuera apenas conocida. Todo cambió con la masividad, que por un lado es maravillosa, pero obliga a una exposición mayor y por lo tanto a un profundo replanteo del lugar que ocupa uno como actor."

Nació en Montevideo y sin ninguna filiación artística. Sus padres, empleados en una escuela municipal y una estación de servicio, aceptaron su voluntad sin peros ni ataduras. Ni siquiera cuando, cumplidos los 6, la nena intervino en la película La Mary con un diálogo denso referido al aborto y al origen de los hijos. Tampoco la censuraron cuando descubrieron que la carrera iba en ascenso y el interés por la escuela en franco descenso. La primera aparición en cine fue en Luces de mis zapatos, dirigida por Luis Puenzo, en 1971. "Veo a mi hijo Bruno que va tan feliz al colegio... En casa le inculcamos la obligación de estudiar, pero lo ayudamos a aprender, cosa que a mí no me pasó. Nunca me resultó atractiva la escuela, prefería jugar a actuar y meterme entre los decorados, me sentía como en casa. Además, era pesado cumplir con los deberes, los horarios, y soportar las cargadas de mis compañeritos. Iba a un colegio de monjas porque a los 11 me había dado por la religión. No sé, quería usar uniforme, encontrar a Dios... en fin, esas búsquedas de la infancia. Después entré a un colegio nocturno y en primer año abandoné, dos veces. Ya en esa época hacía papeles más comprometidos. Siempre he sentido culpa, pero a lo largo de mi vida dije, bueno, ya está, mi vocación era otra y se ve que demasiado fuerte como para desviarla."

A los 14 iba sola a grabar. Entre personaje y personaje recorrió como pudo ese tramo complejo en el que se definen tantas cosas. En plena adolescencia la convocaron para hacer Rosa de lejos, un culebrón donde debía enamorarse de su primo, quedar embarazada y luego morir. No fueron menos espesas las historias de Cumbres Borrascosas, Los miedos, Compromiso, Situación Límite, Atraverse, 24 horas, Estado Civil y sigue la lista. En 1984, el argumento de El exilio de Gardel la sorprendió sin la menor idea de lo que pasaba en el país. Ella era una promesa, un diamante de 17 años que no se dejaba pulir.

"Cuando después vi Rosa de lejos, me sorprendí de mí misma. Hasta ese momento yo estudiaba los guiones, pero no tenía un método para actuar, todo era intuición, trabajar apoyada en la enorme experiencia que traía. Claramente me faltaba algo, y haciendo El exilio..., que fue muy fuerte en todo sentido, descubrí que era demasiado chica, que me faltaba la madurez de la vida. Yo llegué de manera inconsciente a la vocación, y creía que sabía todo. Sin embargo, no podía formular lo que me pasaba intuitivamente. Igual abandoné cada curso de actuación que empecé. Cuando conocí a mi marido (Carlos Rivas, director de teatro), él me ayudó a sacar las limitaciones. Antes no quería ensayar, convencida de que así perdería mi potencial, en cambio ahora sé que el ensayo afianza la relación con el personaje."

Hay cierta correspondencia entre ese look melancólico y esas mujercitas dolientes que le tocan en suerte, pese a que jura que no se identifica para nada con ninguna. Menos con las amargadas, depresivas, solitarias o insatisfechas que por amor o debilidad se daban al cianuro o al alcohol. Sin embargo, su gesto es el de una chica triste. Soportó el divorcio de sus padres siendo una mocosa que entendía el mundo con la ayuda de un guión. Hace tres años falleció su padre en Nueva York, y no llegó a tiempo para recomponer una relación que estaba congelada. De eso no habla. Tiene tal entrenamiento que es imposible adivinar cuánta pena siente esta mujer de frente despejada que hizo sesenta programas de televisión (más de mil apariciones), doce películas y seis obras de teatro.

Pese a ser una de sus hijas pródigas (sólo Andrea del Boca debe superar el volumen de su currículum), pasó largas temporadas fuera de la televisión. Adrián Suar la devolvió, renovada. Como la tormenta pasó y ahora vive un buen momento, le sientan bien esos personajes escritos con un toque de humor.

"Es difícil hacer personajes del todo felices, la verdad es que no existen. En general las historias tiene algún conflicto porque así es la vida, el teatro se montó para reflejarla y los actores estamos para ofrecer un minuto de reflexión sobre la felicidad o el sufrimiento. Desde ese aspecto, esta profesión tiene sentido. Soy un poco melancólica, pero no tanto como para decir que por eso me ofrecen ciertos personajes. Hay algo de la naturaleza de uno que suele atravesarlos en el momento de la composición, entonces prefiero decir que me gusta investigarlos para sacarlos con todas sus consecuencias físicas."

Siguiendo la ruta del cambio que ha iniciado, en septiembre subirá a escena en los famosos Monólogos de la vagina. A esa altura, también habrá debutado como docente y quizá como productora, si se decide a poner en marcha la comedia inglesa que compró el año último y que, paradójicamente, se titula De aquí en adelante.

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