La protección de la privacidad empieza en el diseño

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
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17 de abril de 2018  • 09:50

Es difícil exagerar la épica detrás de la comparecencia en el Capitolio del fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, la semana pasada. Quienes veníamos siguiendo el asunto de Cambridge Analytica incluso antes de que el escándalo estallara de algún modo vivimos el episodio como si fueran nuestras propias preguntas las que tuviera que responder el mismísimo CEO de la empresa.

Sintonizando YouTube veíamos atónitos cómo Zuckerberg, con movimientos robóticos, tomaba agua mientras algunos le disparaban preguntas a matar, y otros más bien parecían retomar relajadas conversaciones de viejos amigos. Pero si bien entre las diez horas que Zuckerberg pasó en el Congreso sobraron los momentos dignos de ser recortados, analizados en cámara lenta, y vueltos a ensamblar, hubo algo que sobrevolaba casi todas las intervenciones: el asunto de la privacidad es confuso , cuando no complejo, y Facebook podría hacer las cosas mejor.

No faltaron comentarios mofándose de los pobres o inexistentes conocimientos de Facebook que los parlamentarios parecían tener. Alguien por ahí decía que era como si durante horas Zuckerberg hubiera estado forzado a explicarle cómo funcionan las redes sociales a sus abuelos. Y, para ser justos, hubiera sido muy bueno que las preguntas fueran un poco más informadas. Pero también es innegable que parecerían reflejar la ignorancia de, probablemente, un buen número de sus usuarios.

Pasada la decimoquinta vez que Zuckerberg se vio obligado a mencionar las "configuraciones de privacidad", no pude evitar pensar en que gran parte de lo que se estaba discutiendo era acerca de diseño de interfaces.

Lograr que una plataforma a través de su diseño transmita confianza, seguridad y transparencia no es sencillo. Lo saben los diseñadores de Facebook, que escriben al respecto desde hace años, y también lo saben sus críticos. Es por eso que prácticamente desde el primer día el diseño de Facebook fue transformándose a través de una ardua suerte de conversación entre sus usuarios, sus diseñadores, y sus críticos.

Quizá el último hito de este permanente proceso de cambio sea el anuncio por parte de la plataforma de que revisarían por completo, una vez más, la forma en que se presentan las configuraciones de privacidad. Y en buena hora: tan confusas y laberínticas eran esas configuraciones que algunas abandonadas hace años aún figuraban en el panel.

Patrones oscuros

Pero estos cambios apenas representan uno de los aspectos en que el diseño de Facebook puede ser cuestionado. En particular, cada vez suenan más fuerte las críticas al uso de "patrones oscuros" en el diseño de la plataforma, que aprovechan la forma en que interactuamos con las aplicaciones para mantenernos más tiempo en ellas o incluso volvernos adictos.

Se le llama "patrones oscuros" a los trucos en el diseño de una plataforma que sirven para engañar al usuario para que se comporte de cierta manera. Estos trucos pueden incluir poner opciones predeterminadas que nos confunden (marcamos que no, pero eso significa que ), tomar decisiones por el usuario sin que sea claro que puede evitar tomarlas, u ocultar el modo en que el usuario puede optar por no aceptar ciertas condiciones.

Generalmente, estos patrones de diseños son rechazados en la industria como trucos baratos que a la larga siempre terminan fracasando: los usuarios tienden a encontrar la forma de lograr lo que quieren, la diferencia está en si lo logran por las buenas u odiando a la plataforma con toda su alma.

No es cierto que la privacidad deba jugar necesariamente en contra de la experiencia de usuario. Lo queremos todo, lo queremos ahora y no nos importa si hay que hacer clic en 'aceptar' las veces que haga falta. Pero también es cierto que desde el diseño de una plataforma pueden tomarse recaudos para no exponer innecesariamente a los usuarios: desde evitar registrar más información que la que es necesaria, poner el foco en el control que puede tenerse sobre nuestra información y, sobre todo, evaluar si no se está usando algún truco sucio para torcer lo que el usuario hace.

Por más memes que pueda alimentar la comparecencia de Zuckerberg en el Capitolio, sigue siendo absurdo que se use como argumento que los usuarios no leen los términos y condiciones o que, si vamos al caso, hay un panel para configurar la privacidad que puede protegerlos.

Un dicho entre diseñadores de interfaces es que se debe diseñar como si los usuarios estuvieran borrachos: se distraen fácilmente, suelen estar en el medio de muchas otras cosas y, "como un amigo que necesita ayuda para ponerse los zapatos y subirse a un taxi", las aplicaciones deberían dar instrucciones explícitas que sean fáciles de seguir.

¿Qué tan explícita y fácil de seguir es la política de privacidad de Facebook? ¿Qué tan fácil es controlar la forma en que nos exponemos al mundo? Si mi información podría terminar en una base de datos con fines políticos, ¿puedo elegir no participar? (Bueno, esto último ya no aplica, pero es difícil olvidar que durante más de 4 años sí lo hacía.)

No hay controversia en afirmar que siempre habrá usuarios más expertos que otros, y que ciertos asuntos, como el control y cuidado de la privacidad, nunca podrán ser atendidos desde el diseño sin potenciales conflictos. Incluso es posible que no exista una solución milagrosa al diseño de interfaces que median nuestra confianza hacia una plataforma.

Pero como dice Anne Quito de Quartz, para que las decisiones de diseño sobre las plataformas incorporen una dimensión ética, primero los diseñadores tienen que creer firmemente en que su trabajo tiene la capacidad directa de hacer el bien o el mal. ¿Acaso no sería interesante que nuestros abuelos pudieran, ellos también, controlar sus opciones de privacidad?

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