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Ibsen desnuda la voz del pueblo

Mariana Arias
Mariana Arias PARA LA NACION
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18 de abril de 2018  • 00:28

El balneario del pueblo trajo prosperidad y trabajo. El turismo explotó en los últimos veranos y familias enteras pasan sus vacaciones disfrutando de las aguas termales, frescas, cristalinas. El balneario le dio un respiro económico ansiado, una posibilidad de puestos de trabajo necesaria para un pequeño paraje perdido en un mundo. El intendente invirtió mucho dinero (del Estado) para crear la infraestructura que pudiese recibir a miles de personas; los terratenientes también entraron en el negocio aportando sus tierras al promisorio emprendimiento. Un respiro para todos. Los ciudadanos esperan para este año una buena temporada y más visitantes. Todo el pueblo está unido por un gran interés común: el balneario.

De repente, en medio de la calma familiar, el doctor Tomás Stockmann (médico del pueblo y hermano del intendente) espera los resultados de un análisis que encargó sobre las aguas del lugar. Había detectado algunos casos de infecciones en los turistas el año anterior y como responsable de la salud del pueblo se vio obligado a investigar. Es un hombre con principios que intenta hacer su trabajo, cumplir con su responsabilidad. Su hermano, el alcalde de la ciudad, a pesar de tener la misma obligación de cuidar a los ciudadanos, se enceguece al descubrir que los resultados del análisis de las aguas confirman que están contaminadas y pueden causar enfermedades a quienes visitan el lugar y a sus habitantes. Un peligro inminente para la sociedad.

Esta historia podría suceder en cualquier lugar del mundo, en cualquier época. Una sociedad que progresa sostenida por una construcción colectiva que favorece a todos. Y, por otro lado, los intereses políticos y económicos de los gobernantes e incluso de los empresarios que participan del proyecto y quieren que nada altere su curso. No importa si alguien muere, si hay riesgo de contaminación, si la gente está en peligro. Henrik Ibsen, el más importante dramaturgo noruego, padre del drama moderno, concibió un Un enemigo del Pueblo en 1882, aunque su vigencia es demoledora. El ser humano no cambia. Sigue cometiendo, generación tras generación las mismas estupideces. Errores que no se reconocen, intereses personales por encima de los colectivos, narcisismo, valores degradados y la agria sensación de que la democracia no termina de ser un sistema que nos permita un verdadero equilibrio. O para expresarlo de otro modo: ¿es la democracia o somos nosotros que no sabemos vivir en ella?

Un enemigo del pueblo se estrenó el sábado en el teatro Regio de Buenos Aires, con adaptación, traducción, música original y dirección de Lisandro Fiks, con la actuación contundente de Juan Leyrado como Stockmann y la interpretación de Raul Rizzo como el intendente. Dos fuerzas (muy bien ejercidas por ambos actores) que le dan sentido al conflicto que abre la hipótesis de si la mayoría siempre tiene la razón. ¿Somos los ciudadanos capaces de elegir bien a nuestros gobernantes? ¿Creemos que la democracia se trata sólo de poner el voto en las urnas y dejar que los otros manejen nuestro destino? ¿Estamos todos capacitados para votar? Más allá de la anécdota, la trama sigue generando polémica: ¿Es la opinión de la mayoría el enemigo más peligroso de la razón y la libertad? ¿Quiénes son la mayoría: los estúpidos o los inteligentes? Adaptada por Fiks al lenguaje e idiosincrasia de los argentinos, la obra pone en valor lo que planteaba Ibsen hacia finales del Siglo XIX y demuestra que sigue vigente en 2018. El brutal enfrentamiento entre seres humanos, sus contradicciones, sus miserias y sus virtudes aparecen en los personajes de Velasco (Edgardo Moreira), Juana (Viviana Puerta), Víctor (Bruno Pedicone) y Paula (Romina Fernandes).

El momento cúlmine de la puesta es "la asamblea", a la cual convoca el Doctor quien, contra todos (salvo su hija Paula), quiere decir la verdad de lo que está sucediendo en el pueblo. Por el bien del pueblo. Lograda de manera genial, sorpresiva, los espectadores pasamos a estar incluidos (cosa que nos moviliza de tal manera que nos invita a pensar cuál de todos esos personajes somos. ¿Qué diríamos en esa situación? ¿De qué lado estamos?). Y ese momento desnuda la raíz de lo que somos, la soledad en la que queda quien quiere, ingenuamente, ser fiel a sí mismo, a sus valores. Principios que lo colocan, gracias a la astucia de sus oponentes, en el lugar del enemigo público número uno. "¡Es un enemigo del pueblo! ¡Odia a su país! ¡Odia a su pueblo!", grita desde la platea una voz que simboliza a la mayoría. Una mayoría que está lejos de tener el saber (sin importar su ideología). Esa voz, que cree tener la verdad, es ciega, no escucha, está tomada por la embriaguez del poder, por la desidia que nos atrapa después de cada elección. ¿Esa es la voz del pueblo?

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