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Natalia Lobo: caperucita rebelde

Es mezzosoprano, pero no le fue tan bien con la música como con la actuación. Luego de varios papeles fue creciendo en la televisión, y dio resultado: Robert Duvall la eligió para su próxima película
Marina Gambier
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17 de junio de 2001  

Con disimulada timidez invita a entrar en su casa, un flamante dos ambientes recién pintado con vista a un gran pulmón verde, en el barrio de Colegiales. Se mudó hace poco y lo comparte con Benito, un gato medio bizco de raza oriental que se comportará pésimamente durante el resto de la tarde, una tarde muy fría de mayo. Sin embargo, bajo ese enjambre de rulos mullidos y oscuros -la nariz se destaca por sobre el resto de los rasgos- hay una mujer de modales tan sedosos que no le calza en absoluto el apellido Lobo. Natalia tiene un aire imperturbable, una calma yogui. Es delgada, vegetariana y educadísima. Muestra el espacio despojado de muebles, la ventana de enfrente donde vive su hermana, el espejo de marco dorado en la pared, las plantas, las poquitas cosas que tiene. Va a la cocina, sirve un rico té de menta y en eso aparece el gato, amenazante.

-Ya vas a ver. Está loco -dice, mientras se ovilla en una silla y el minino despliega su dudosa reputación: abre las puertas de los placares, corre, como un poseso, del living al dormitorio, del dormitorio al living, brinca de golpe en su falda (también en la mía). Bueno, bueno, ¿eh? calmate un poco.

No desciende de una estirpe de actores notables, así que debió construirse solita su lugar en el ambiente. Lo único que tenía a mano era un padre publicista que hace castings para comerciales de televisión, y que la ayudó a dar sus pasos. Primero, metida entre una multitud de extras que bailaban mientras otros en primer plano tomaban Gancia batido; después, frotándose los dientes con pasta dentífrica durante dos minutos, claro, sin decir ni mu. Y pasaron algo más de ocho años desde aquel comercial de jeans donde aparecía desnuda en esa zona rotunda que va del cuello a la cintura.

Quienes bien la conocen saben que la vida ha cambiado bastante para esta rara belleza que no da la impresión de estar obsesionada con la fama ni con nada material. En el último tiempo, cuando no tenía trabajo fijo ni propuestas y en la cartera le quedaban monedas para sobrevivir, sonó el teléfono. Diríase que éstos, son momentos bastante parecidos a la felicidad: acaba de filmar la primera película importante de su corta carrera actoral y ha cumplido decorosamente con su personaje de Elsa en la tira Ilusiones. Diríase, entonces, que tras un peregrinaje un tanto errático ha dado con la senda correcta. Si es que la senda correcta comienza con un papel en Asesination tango, la película producida por Francis Ford Coppola, pero dirigida y protagonizada en Buenos Aires por el actor norteamericano Robert Duvall.

-Salió así no más. Fui sin esperar nada, porque si uno le pone tanta carga a las cosas, después no salen. Cuando me dijeron que había sido seleccionada, bueno, no lo podía creer. Tengo sólo tres escenas chiquitas, pero las tres con Robert Duvall. Seré Manuela, una prostituta y, la verdad, no me importaba nada. Hubiera hecho cualquier papel con tal de trabajar con un tipo así. Siento como si acabara de empezar. Como si hiciera apenas un año que estoy en esto, que antes fue todo un gran aprendizaje porque tenía demasiadas cosas personales que resolver.

Natalia Sarraute nació un 17 de octubre, hace 33 años, y es fruto de un romance entre una estudiante de bellas artes y un pintor aficionado, de vacaciones en casa de su abuela, en Azul. El verano fue tan tórrido que al final se casaron, tuvieron una niña de pelo mullido y oscuro, y vivieron todos felices en Azul. Hasta que el joven matrimonio decidió cambiar de domicilio por uno en la Capital.

-Tenían 23 años, y me parece que acá se les complicó la convivencia. Papá se metió en política y mi madre estaba en otra. Se separaron enseguida, y a él empecé a verlo cada vez menos, hasta que un día no lo vi nunca más. Tuvo que escapar, y exiliarse en España. Es una historia difícil; cuando uno es chico no entiende las razones de un exilio. Lo único que sabés es que tu padre no está, que nunca se acordó de tu cumpleaños, que nunca se preocupó si tenías para comer.

Sin el pintor, su madre debió hacer malabares para sobrevivir en una atmósfera de país tomado. Fue peluquera, dio masajes, pero era imposible seguir juntas y no tuvo más remedio que enviarla a Azul. Guarda recuerdos gratos de esa época tan sublime y ambigua: la huerta de la abuela, las visitas maternas cada fin de semana y las noticias que comenzaban a llegar del otro lado del mar. Su padre reaparecía bajo la extraña figura de notitas breves y cassettes de Celia Cruz, María Bethânia y Camarón de la Isla.

-Soy mezzosoprano, adoro cantar. Tres veces por semana practico escalas con unos cassettes que traje de los Estados Unidos. Siempre tuve claro que era ésa mi vocación. Yo ponía un disco de Liza Minnelli en el Olimpia de París en vivo y me mimetizaba, siempre sola. Veía todas las comedias musicales de Fred Astaire, y bailaba... de alguna manera, la música era mi padre. Creo que esa fantasía me trajo hasta acá, hasta la actuación, porque las cosas no salen exactamente como uno las quiere, son apenas algo parecido.

El correo dejó de llegar, sin razones aparentes, durante más de quince años. Tampoco hubo llamadas por teléfono. Ni una postal. Ahora tenía dos hermanos nuevos y un padre adoptivo llamado Martín. Empezó a estudiar canto lírico con distintos profesores particulares, terminó prolijamente el secundario, entró en el conservatorio de arte dramático y también aprobó el examen de ingreso al Ballet del Teatro San Martín. Pero algo latía bajo la superficie de las cosas. A los 18 decidió armar un bolso y partir hacia España con la excusa de seguirle los pasos a Papín Lucadamo, un pintor catalán del que decía estar enamorada. Sabiendo a qué iba, su madre no opuso resistencia.

-Allá, en el aeropuerto de Barajas, me esperaba un hombre igualito a mí. Era yo, en hombre. El mismo pelo, la misma manera de pararse, las mismas manos. Nunca nos habíamos visto ni hablado, pero nos gustaban las mismas cosas. Mi padre biológico vive en las afueras de Barcelona, en un lugar llamado Argentona. Tiene un cuarteto de tango y estaba pintando otra vez. Armó una familia y tiene cuatro hijos a los que vi por fotos. Me quedé dos años viviendo a dos cuadras de su casa, y, creo, no era muy consciente de todo lo que sucedía ni de lo que estaba haciendo. Pero necesitaba saber por qué había borrado a Buenos Aires de su vida, por qué me había borrado a mí también. Había una cosa de abandono dando vueltas todo el tiempo; yo quería conocerlo... y bueno. Es un ser divino, agradable, pero descubrimos que no compartimos nada. No sabe dónde vivo, ni qué me pasa, ni qué cosas quiero. No volvimos a vernos ni a hablarnos nunca más... ¿para qué? Es estar ante un extraño que sabés que es tu padre, y que a la vez te abandonó. Cuando volví a casa me cambié el apellido, convencida de que mi familia son mamá, mis hermanos y Martín, mi padre.

En fin.

Uno de los CD más intrascendentes que ha dado la industria discográfica nacional fue el que Natalia Lobo grabó en Bélgica, en 1993. Y no fue por culpa de sus dotes interpretativas. Era un repertorio inapropiado, malos arreglos, una idea ambiciosa pergeñada por un productor que la descubrió una noche mientras cantaba en El Dorado, enfundada en un vestido hecho por ella misma con telas compradas en el Once.

-Horrible. Prefiero no hablar del tema.

En España había sido camarera en un bar, modelo publicitaria. De regreso a Buenos Aires, fue el comercial de pasta dentífrica el que la empujó del otro lado de la tanda. Consiguió un bolo en la tira Son de diez, apariciones en Mi cuñado, luego obtuvo el papel de malvada en Chiquititas, intentó cantar otra vez y lo hizo en el club Caniche, y estuvo cerca de cumplir sus aspiraciones musicales: hizo un papel en The Rocky Horror show, una comedia perfectamente olvidable donde no fue la más perjudicada. La televisión le abría puertas que le cerraba la música. Fue así, muy de a poco, como Natalia Lobo fue defendiéndose en el mercado más difícil.

-Estaba muy obsesionada con la música y no encontraba el camino. La actuación era lo que entonces fluía; me ofrecían papeles y empecé a tomármelo en serio. Estudié con Elena Tritek, con Julio Chávez, y descubrí que es muy interesante observar nuestras reacciones y la diferencia que existe cuando recitamos textos sin entenderlos. Creo que de siete años a esta parte he aprendido un poco, porque el arte de la actuación es complicado. Lo único que te salva es el oficio, el ejercicio constante, pasar por todos los papeles. Pero hacer una tira diaria es muy difícil, tenés poco tiempo y no te alcanza para hacer cosas sublimes. Hay una avalancha de energía que te lleva y es complicado relajarse y crear algo interesante dentro de esa vorágine.

Con viento a favor el año próximo protagonizará junto a Julio Chávez Te amo, sos perfecto, pero cambiá, una comedia musical dirigida por Ricky Paskus. Ella dice que todo es gracias a que al fin ha encontrado su norte."Se lo debo al viaje a España, a la terapia, al esfuerzo por comprender. Cuando a uno le pasan cosas tan fuertes de chico, está más abierto, no tiene tantos prejuicios. La vida no es más fácil después, pero tengo la sensación de que ya nada peor me puede pasar."

En maquillaje colaboró Marcos Veiga

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