Malosetti,Saluzzi y Fattoruso: música en la sangre

Tres familias unidas por la misma pasión: la música. Tres historias entre padres e hijos que comparten desvelos, escenarios y que hicieron de su vida en común un espacio para la creatividad
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24 de junio de 2001  

Es algo habitual y quizás único compartir la música en familia. Sin embargo, son pocas las que pasan de ese reservado anonimato a ser conocidas. La música en familia tiene de especial la comunión absoluta del grupo. Las canciones forman parte del acervo familiar; conocidas desde la cuna misma en algunos casos. El repertorio tiene historia propia, pues cada música guarda razones que sólo son explicables en el entorno familiar. Nada parece elegido al azar. Música en familia no significa música de familias; la historia muestra escasos ejemplos de este modelo en que el hogar se traslada al escenario.

Tres familias llevan el estandarte de su apellido como carta de presentación: los Saluzzi, salteños de pura cepa y tangueros de alma; los Fattoruso, montevideanos y rítmicamente rioplatenses, y los Malosetti, que han hecho un camino reconocible en la música local.

En rigor, como si fuesen tres marcas de pastas italianas, estos grupos de familia tienen un espacio ganado entre los amantes de la música por la calidad de su arte.

En 1957, Antonio Fattoruso diseñó su propio instrumento, una suerte de contrabajo hecho con un cubo de madera invertido, usando el palo de una escoba como mango y una única cuerda. Entrenó a sus hijos, Hugo en acordeón y piano, y a Osvaldo en batería. Así, el primer trío Fattoruso comenzó a tocar en los festivales callejeros de los carnavales de Montevideo.

En épocas anteriores, el salteño Cayetano Saluzzi inculcó a sus tres hijos (los que quedaron vivos de los seis que tuvo) la práctica de un instrumento como rutina diaria. Fueran al río a pescar, a la escuela o a sus mandados, volvían por las tardes a rendir la imperdonable lección diaria. Tocaban sin saber la importancia de lo que hacían, como parte de la vida.

Alfredo Malosetti también tuvo su guitarra. "El no era músico -dice Walter, su hijo-, tenía su guitarra y podía tocar algunas cosas. Fue un hermano que tuve, Pedro, el primer músico, que también fue luthier; después yo y mis sobrinos Raúl y Ricardo, y mi hijo Javier. Tres claves para estas familias. Cayetano Saluzzi, Alfredo Malosetti y Antonio Fattoruso despertaron esa excelente combinación de parentesco y música. La costumbre de tocar con los propios, con quienes tienen la misma historia, con aquellos que crecieron escuchando la misma música.

Cualquiera que haya tenido la posibilidad de indagar en las vidas de esta gente o en los archivos de todo lo que se escribió y se escribe sobre ellos, sabrá de la delicada solidez de estas historias.

En los años treinta, cerca de Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires, estaba la estación de ferrocarril San Patricio. El jefe, Alfredo Malosetti, tuvo cinco hijos de los cuales Pedro y Walter mostraron una evidente inclinación por la música.

"En mi casa de aquellos años, el principal adorno de la paredes eran las guitarras. En todos los cuartos había alguna y, aunque de baja calidad, se podían tocar", recuerda Walter Malosetti en el conservatorio que dirige junto con su hijo Javier, en Almagro.

Alfredo era un amante del folklore, Yupanqui estaba a la cabeza de sus gustos y tendía a que sus hijos tocasen algún instrumento. "Siempre nos apoyó en la música. Con pocos años, tocaba en la escuela y cuando nos mudamos a Palomar me regaló unos pantalones largos para que me dejasen entrar a ver a Oscar Alemán", recuerda Walter.

Mientras Pedro se hace concertista, Walter, a los 12 años, descubre el jazz en la radio. "Gran momento para mí, pues me enamoré del swing para siempre", recuerda el guitarrista.

El músico hace memoria y cuenta que no tocaba mucho con su hermano, que siendo un gran guitarrista sentía vergüenza de presentarse en público y nunca llegó a dar conciertos.

Por aquellos años, los niños decidían su rumbo al terminar la primaria: estudios o trabajo. Walter eligió trabajar en la administración de ferrocarriles y guardar su energía para la guitarra.

Con Javier, Walter tuvo una de las mejores sorpresas de su vida. "Tocábamos los discos y él aprendía de una manera tan rápida que me asombraba", dice el padre con un dejo de orgullo paternal.

La frase del guitarrista describe la relación familiar: "Yo fui el maestro de Javier y Javier es mi maestro". Así resume la actualidad, en la que como dúo muestran una interacción única, fruto de haber crecido aprendiendo las mismas canciones. Javier Malosetti aún toca esos primeros temas que aprendió de la mano de su padre. "Tiene su genio y en los primeros años fue todo un trabajo para mí. Me enseñó cómo tocar, me transmitió ese corazón musical, ese sentimiento", dice Javier en plan buen hijo.

Padre e hijo comparten un amor, una vocación, un gusto y un escenario.

Los Saluzzi por dentro. Mamajuana le teme a las tormentas; desde aquellos años en que la familia Saluzzi vivió en Camposanto, a unos 200 kilómetros de la ciudad de Salta, el temor por los vendavales de lluvia y viento le entró en el cuerpo. "Y es razonable. En tiempos de tormenta se nos volaba el techo, al menos una vez al año", dice Cuchara Saluzzi, un enamorado del clarinete, aunque su instrumento es, en el grupo, el saxo tenor.

Los Saluzzi viven desde hace años en las afueras de Salta, detrás del matadero viejo, una zona no muy poblada del suburbio capitalino. "Todos creen que tenemos plata, pero la verdad es que debemos cuidar mucho el dinero para llegar a fin de mes", señala Celso, el hermano bandoneonista de la familia y, por su soltería, el encargado de cuidar a su madre: Mamajuana.

La sencillez de la recepción los vuelve en algún sentido transparentes. Cada uno tiene su lugar en la mesa, con Juana, su madre, presidiendo la reunión. Faltan al encuentro los más jóvenes, el guitarrista José María, hijo de Dino, y el que toca el bajo eléctrico, Matías, hijo de Cuchara. Los mayores no hablan mucho de música, aunque sí repasan juntos la última gira, que comenzó en octubre en el Festival de los Siete Lagos, en la Argentina; siguió por Alemania, Italia, Francia y Dinamarca, y terminó cerca de Oriente, en Grecia y Turquía.

"Es increíble el cambio de realidades", sostiene Cuchara. De una vida tranquila, como la que él y Celso tienen en Salta, una vez al año se montan en un ómnibus para recorrer durante meses los escenarios europeos. Celso es el más introspectivo, aunque a Cuchara se le dibuja en los ojos la timidez. El calor y la pasión las heredó Dino, hermano mayor y líder del grupo, lugar que ocupa con naturalidad. Vozarrón y risas es uno de sus sellos. Le gusta hacer planes: el grupo, que acaba de terminar de grabar un disco, se prepara para salir nuevamente por las cómodas rutas europeas.

Cayetano Saluzzi trasmitió a Dino su amor por la música.

Al principio fue la batería. "Eran como unos tachos. Recuerdo que practicábamos con una pinza de pedal de bombo", dice Dino mientras Cuchara y Celso asienten silenciosamente. Los tres pasaron por ese ejercicio que puso al ritmo en el primer lugar de la música. "En realidad creo que mi padre sabía que íbamos a ser músicos, porque nos guió sin dudar hacia ese mundo", señala Dino en la sobremesa. Pero el amor filial aparece en Cuchara: "Mi padre era un genio, pero no lo sabía. Tenía una gran creatividad que se manifestaba inventando instrumentos". La vida que llevan los Saluzzi, con Dino, considerado como uno de los músicos contemporáneos más interesantes del universo musical, demuestra que el genio paterno estaba en lo cierto: no hay duda de que llevan ese arte desde lo más profundo hasta la superficie, el apellido.

El fin de los años cincuenta y la década del sesenta fueron una de las temporadas más musicales de Montevideo. Según cuenta Hugo Fattoruso, "todo era música. Predominaba un ánimo creativo, de compartir y de disfrutar". Fue en esa época floreciente en lo cultural que nació la familia Fattoruso a la música. Un padre para quien el gusto de tocar era con la familia y dos hijos, Hugo y Osvaldo, con una capacidad de absorber ideas y canciones llamativamente rápida. Con Hugo, de 9 años, en el acordeón y Osvaldo, de 4, en la batería, el trío debutó en la capital uruguaya. Durante un tiempo hubo lecciones domésticas en la casa de los Fattoruso, época en la que se eludía la sobremesa para no perder tiempo. "Saltaban sobre los instrumentos", recuerda un amigo de la familia.

"Hacían un repertorio escaso y muy movido, el ritmo, aún hoy, es la quintaesencia de la familia. Todo era música en la casa; los amigos del padre respaldaban la iniciativa y la familia sentía una gran unión gracias a la música. El carnaval uruguayo daba facilidades a todos aquellos que querían hacer algo: ya fuera música o murgas. Lo nuestro era tocar", cuenta Osvaldo, y hasta hubo premios por ese modo tan curioso de interpretar.

Los Fattoruso dedican su vida a la música apoyados de manera incondicional por su padre, con quien comparten básicamente el gusto por el jazz, el tradicional. "El hot jazz nos daba gran placer."

La variedad musical de su casa natal abrió un horizonte de incalculables posibilidades.

Vendrían Los Shackers, con los que los Fattoruso, en guitarra y bajo, lograron una popularidad cada vez mayor, al punto de decidir innovarse. "Era un momento importante y decidimos hacer nuestra música", señala Osvaldo. Entonces nace la fusión del jazz con el candombe, revelación que interesó al mundo jazzístico neoyorquino a tal punto que los hermanos Osvaldo y Hugo se marchan a Nueva York y forman Opa, el grupo más importante del estilo.

Integrado Francisco, hijo de Hugo, los Fattoruso pasan a tener la tercera generación de músicos, una de las satisfaccciones más intensas de esta familia cuya profesionalidad los ha puesto por momentos lejos unos de otros. Hoy no es así y Montevideo los disfruta a cada rato. La familia unida muestra una música de envolvente sonoridad y una actualidad notable.

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