Suscriptor digital
srcset

En el Líbano, la mejor futbolista es mujer y la comparan con Messi

Vanessa Londoño
(0)
27 de abril de 2018  

Las compañeras y el entrenador la comparan con Messi, pero eso es solo porque el estereotipo cultural del poder es masculino; incluso cuando se refiere a una mujer. En el Líbano, Safa Kourhani jugó los primeros años con un par de zapatillas viejas y suelas deshojadas que solo pudo reemplazar a los pocos meses de entrar a la universidad, cuando compró unos botines profesionales; y mucho tiempo después se cubrió el pelo crespo con la hijab en un acto de protesta por la islamofobia que se esparcía por el mundo. Su padre fue general del Ejército durante la guerra contra Israel y ha sido el único en aceptar que juegue incluso entre hombres, porque todo lo contrario a lo que podría esperarse, son las mujeres de la casa quienes le dejan de hablar cuando la ven entrenando. Pero Safa no se parece a Messi cuando juega, sino a Marta, la delantera que después de la ruina del fútbol masculino revivió el amor por la pelota en Brasil.

1.

Beirut es una ciudad cosmopolita y pretérita que parece un truco a punto de desaparecer en el aire. El solo hecho de entrar y salir de un edificio explica esa forma brutal que tienen el lujo y la ruina de convivir y de sofisticar la vida entre los escombros. Las fachadas siguen destruidas y sin rehabilitarse 25 años después del final de la guerra, porque repararlas supondría que se pusiese de acuerdo una sociedad que todavía se odia y no está dispuesta a contar una narrativa unánime desde la arquitectura. Pero después del vano de las puertas y hacia los lujosos interiores de las casas, la vida es otra: marmolizada, vital y exquisita, Beirut es esa oposición entre la vida doméstica que se lentifica mientras la de afuera colapsa.

He escuchado varias veces sobre el mito de Beirut y su habilidad esotérica para reconstruirse. Siete veces caída, siete veces levantada. Pero, a mi llegada, me parece que Beirut más bien es la prueba de que se puede seguir muriendo seis veces más después de la primera.

Me dirijo a Berkayel, un pueblo al norte de la región de Akkar que limita con Siria. La carretera bordea la costa y, a la izquierda, con toda su hermosa monotonía, se ve el mar lívido. A la altura de Jounieh, la playa se recoge un poco, cediéndole terreno al agua que la invade. Me explican que, luego del casino destacado entre el abismo, se acaba el tráfico, y entiendo que eso ocurre porque el norte del Líbano es su zona más pobre. Ahí empieza Tabarja y luego la mítica Byblos, esa ciudad blanca y brillante. Contra el parabrisas del auto se estrellan mis primeras impresiones del Medio Oriente: un hombre vende jugo morado en una pecera de vidrio, un burro transportado en una plataforma saca de balance la moto que lo arrastra, dos carros están a punto de chocarse, una mujer tuesta el pan contra una teja caliente. Todas estas peripecias tienen una belleza y una latinoamericanidad irrefutables.

El Líbano está condicionado por las múltiples guerras y las grandes posibilidades de morir.
El Líbano está condicionado por las múltiples guerras y las grandes posibilidades de morir. Fuente: Archivo - Crédito: Gentileza Vanessa Londoño

El Líbano tiene el tamaño de un juguete y una sola vía que lo cruza de sur a norte en cuatro horas, aunque el tiempo nunca se cumple porque la carretera es cavernaria. La mayor parte del trayecto es de un solo carril por sentido y hay puestos de control militar cada 20 o 30 kilómetros: todo el Líbano está condicionado por la guerra, por las múltiples guerras, por las infinitas posibilidades de morir.

Paso mi primera requisa. El retén solía ser de cristianos, para identificar y matar musulmanes; también los hubo en el sentido contrario, de musulmanes, para identificar y matar cristianos. La gente se cambiaba la ropa para cruzar y escondía los documentos de identificación o cualquier cosa que pudiera delatarlos. El Líbano es un estado confesional que impone a los ciudadanos la obligación de declarar su religión, pero a veces la religión está de antemano declarada en la nariz o en el nombre: un Mohamed y un Simón habrían temido precisamente los retenes opuestos.

La primera ciudad tras la requisa es Batroun: un mar lacio que a esa altura se parece sumariamente al cielo. En una de las puntas, hay una ruina romana que hace equilibrio sobre las piedras, como si solo le hiciera falta un empujón para caer. Por estas tierras pasaron los fenicios, los romanos, los árabes, los otomanos y, al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los imperios se repartieron, a las malas, el Medio Oriente, los franceses. Me advierten que después de Trípoli puede haber un retén ilegal -desarmable en minutos- de los alaouites o los suníes según soplen los vientos políticos, pero no hay nada. Solo pancartas de personas muertas y que, por el exceso de sol, se ven desteñidas, mareadas, como si las fotos pálidas estuvieran muertas también; como si no solo Beirut, sino las fotos, pudieran seguir muriendo varias veces después de la primera.

El conductor pasa de largo el tramo de A'mar-Menieh y Abde y me deja saber, con un gesto de la mano, que la carretera que cruza es la que sigue hasta Siria: eso me indica que estamos cerca. Le señalo una palabra que, a lo largo de la carretera, se ha repetido con insistencia. Pregunto qué significa.

-Allah. Allah is everywhere -me dice.

Y es cierto.

Al menos, lo veo escrito en todas partes.

2.

Berkayel es un pueblo soñoliento. La carretera se desvía del mar y empieza a convertirse en un paisaje arenoso mientras los árboles se mueven entre el viento desgreñado. Al frente, aparecen unas casas que parpadean cuando el sol pega en los ventanales y la precariedad de la vía termina alejándolas más allá de la distancia aparente. Veo una peluquería de tablones de madera con muchos hombres barbados entre los que no se ve ninguna mujer. Un niño en bicicleta marca la llegada definitiva a un pueblo donde no hay perros y me doy cuenta del vacío que genera entrar en un lugar donde no se oye ladrar. Camino entre las primeras casas y descubro que la mayoría son de adobe y están habitadas en obra, sin terminar, aunque la falta de vitalidad del cemento la compensan los jardines que trepan de las tapias. Convivir con lo inacabado de la construcción y no con la ruina me hace pensar que mientras Beirut es el tiempo pretérito, Berkayel es el tiempo presente, y que hay algo de brutal y definitivo en el modo de vivir acá.

En un país que nunca fue al Mundial y que no tiene liga femenina de fútbol, lo de Safa supone llegar a la cima de una carrera invisible.
En un país que nunca fue al Mundial y que no tiene liga femenina de fútbol, lo de Safa supone llegar a la cima de una carrera invisible. Fuente: Archivo - Crédito: Maro Margulis

En una casa de tres pisos y contra una de las barandas está Safa. Al lado de ella y con la cara repetida, la madre. Ambas mueven desde lejos la mano, y el saludo se queda detenido, pero me llega a pesar del muro de polvo que dejan los carros.

La casa está dividida en dos. A la izquierda viven Safa, sus padres y Nur, la hermana, que todavía no usa la hijab. A la derecha viven los tíos de Safa y fue la casa de sus otros seis primos, incluido Omar, su instructor de fútbol. Me toma un rato saludar a la familia, que es muy grande. Cuando salgo al balcón me doy cuenta de que, por detrás del paisaje y ya casi borrosa, brota una mezquita solitaria en el fondo amarillo. Parece más bien un lugar para escampar de la interminable crueldad del sol.

Allah -pienso- está en todas partes. Allah es sombra.

3.

Me despierto después de mi primera noche en Berkayel y encuentro a los Kourhani desayunando entre el desarreglado humo de las narguilas y el café con cardamomo. Sentada frente a la ventana noto que ya distingo a los refugiados con sus batas al viento y la piel pálida como la de las fotos que se destiñen al sol. Los Kourhani alojaron a cinco familias sirias cuando empezó la guerra y todavía es posible ver los colchones que les tendieron, albergados entre las escopetas, en lo alto del depósito. Algunas noches durmieron incluso en la calle, para dejarles las habitaciones libres, y hasta le regalaron su loro a uno de los niños más pequeños, a pesar de que Safa lloró y corrió varias cuadras protestando contra el carro que se llevó su animal. El Líbano nunca cerró sus fronteras durante la guerra y, por eso, millones de sirios han podido salir, mientras el país se consume bajo las armas químicas de Bashar Al-Assad y el imperio criminal de Isis.

Berkayel, el pueblo en el que Safa vive junto a su familia.
Berkayel, el pueblo en el que Safa vive junto a su familia. Fuente: Brando

Safa trabaja con los que pudieron llegar hasta aquí en Relief International y está vinculada, además, como entrenadora en la Organización de Hadatha, donde enseña fútbol a niños y niñas sirias. Colabora con el Consejo Danés de Refugiados y organiza partidos para promover la integración social entre jóvenes libaneses y sirios en Search for a Common Ground. Casi la mitad de la población total del Líbano está compuesta por refugiados que gravitan alrededor de la economía de un país a medias y que desvían los cauces de los ríos hacia los campamentos carentes de agua potable. Para que la situación de Estados Unidos fuera comparable con la del Líbano, debería recibir cerca de 150 millones de personas refugiadas. Tampoco lo hacen el resto de los países árabes con mejores recursos, como Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos, de modo que la gente de la región de Akkar comparte su precariedad con los recién llegados.

Safa juega al fútbol, toca el piano y practica boxeo: verla con la hijab reta los estereotipos construidos en este lado del mundo sobre las mujeres musulmanas, a pesar de que vivimos en una sociedad que nos impone otro tipo de burkas, como la delgadez, los tacones o las tetas de silicona. A la oficina va todos los días a trabajar con una chaqueta de traje y una bufanda en la cabeza, que le combina, como hoy, con un suéter color vino tinto y una hijab de flores en el mismo tono. Me dice que escogió cubrirse el pelo y que no fue una decisión impuesta, sino una forma de rebelión y de lucha. En efecto, todo lo contrario a lo que uno podría esperar, su generación ha hecho una relectura de la hijab y la ha vuelto un portaestándar de un signo religioso, más parecido a un instrumento de comunicación.

Antes de salir, le pido que nos juntemos para su entrenamiento después del trabajo y nos encontramos en la cancha central del pueblo, que, en realidad, es un terreno pelado que se diluye vagamente entre la maleza y que sigue hasta la venta ambulante de nueces y láminas tostadas de pan. Un pelirrojo que parece ser el capitán del partido se hace sombra con la mano como tratando de despejar el calor que se amotina en los ojos. Cuando reconoce que se trata de una mujer la que entra en la cancha, deja que el balón caiga al suelo y recoge el partido. Luego se marchan.

En este mismo lugar, en 1990, el tío de Safa jugó la final de la región de Akkar que enfrentó a los dos únicos equipos del pueblo: Al-Etihad y Al-Nadi. Los vecinos vieron el partido apostados sobre los balcones de sus casas, con las escopetas cargadas y listas para disparar entre las manos. Luego, en el 2000, su primo se enfrentó al equipo del Ejército sirio, que en ese país todavía juega en la liga profesional de fútbol. Entonces, Siria ocupaba ilegalmente el norte del Líbano y los soldados jugaron la final de la región de Akkar. Solo por esa vez, la cancha llena de arena se vio limpia y demarcada, y fue bautizada con el nombre de Maher Al-Assad, como el hermano muerto del presidente del régimen sirio. El equipo de Berkayel ganaba dos a cero, pero 15 minutos antes de que terminara el partido, el Peugeot blanco del servicio no tan secreto sirio rondó la cancha. El árbitro y los dos jugadores de Al-Etihad fueron amenazados. El marcador se volteó seis a cuatro. La invasión siria duró tres años más y, solo con las protestas que siguieron al asesinato del presidente Rafik Hariri, se retiraron del Líbano. Fue el 14 de marzo de 2000 y Safa salió a marchar, oreando una bandera larga sobre un mar de gente con la cara pintada.

Dos de sus primos se hicieron profesionales y alcanzaron a jugar en la primera división de la liga libanesa de fútbol. Me pregunto, entonces, por qué, a pesar de estar rodeada de una clara influencia deportiva y en un pueblo donde todo el mundo se conoce con todo el mundo, los hombres que juegan el partido se retiran con nuestra llegada. Safa me explica que el Líbano sigue siendo un país tan conservador que resulta repudiable que una mujer se ejercite frente a un hombre. Algunos, en extremo conservadores, por ejemplo simpatizantes del Hezbollah, evitan saludar de mano a las mujeres que no están casadas y usan gestos de desprecio similares a los que usó Donald Trump con Angela Merkel en su visita en Alemania. Para la época en que Safa creció en Berkayel, las niñas vivían encerradas y jugaban en los sótanos húmedos de las casas, junto a los generadores que sustituyen, todavía hoy, el servicio de un país sin hidroeléctricas. El Líbano dejó de producir energía desde el final de la guerra civil en 1991, cuando toda su infraestructura quedó en ruinas, y Safa se acostumbró a espiar a sus primos mientras entrenaban en la oscuridad del antejardín. Aquí, solo hay ocho horas diarias de luz, pero entonces los cortes empezaron a extenderse casi por completo. Un otoño, sus primos estuvieron a punto de abandonar los entrenamientos por la poca visibilidad que les quedaba al volver de la escuela, pero una tarde, Safa sacó el tablón de madera con las velas y las lámparas de querosén que usaba para alumbrar las tareas cuando no había luz. Sus primos pudieron jugar al fútbol de nuevo y ella les hizo prometer que la dejarían practicar con ellos mientras nadie los viera. Por eso, pudo empezar a entrenar cuando las demás niñas del pueblo tenían prohibida la calle: gracias a la clandestina oscuridad de los cortes de luz que había dejado la guerra.

En Trípoli, como en Beirut, las fachadas conservan las marcas de destrucción de una guerra que finalizó hace 25 años.
En Trípoli, como en Beirut, las fachadas conservan las marcas de destrucción de una guerra que finalizó hace 25 años. Fuente: Archivo - Crédito: Gentileza Vanessa Londoño

4.

Durante los últimos cinco días, lo que pasa afuera ha inundado la televisión y ha desplazado la programación regular de las series y las telenovelas. Durante 24 horas continuas se registran imágenes de la toma de Beirut por parte de los ciudadanos que protestan contra la acumulación de basura en la ciudad, y cuyas manifestaciones empiezan a desatarse a lo largo de todo el país. El Líbano lleva más de una semana hundido en el olor cenagoso de los desperdicios porque el gobierno anunció, intempestivamente, que terminaba el contrato de vertimiento en Beirut y Monte del Líbano. Esta es la primera vez que musulmanes y cristianos se unen para una misma causa, quizá porque el detritus, las moscas y el aire desasido tienen consecuencias más tangibles que el efecto remoto de los dioses que los separan. Como casi todos los países que tienen un conflicto interno, el Líbano somatiza la violencia religiosa en el deporte, y ha desarrollado una de las ligas de básquet más competitivas del mundo. Al final de la década de los 80, los libaneses firmaron el acuerdo de Taif, con el que terminaron más de 20 años de guerra civil entre musulmanes y cristianos; y no solamente se repartieron, por mitades, el poder político y las mafias, como la de la basura. También el de la liga de básquet. Aunque hoy los cristianos ya no son una mayoría significativa, la narrativa fundacional del Líbano sigue obedeciendo a esta fractura religiosa. Los musulmanes se quedaron con una representación del 50% en el Parlamento, 15 ministerios, el primer ministro y uno de los equipos más importantes del campeonato: Riady. Los cristianos se quedaron con el 50% del Parlamento, 15 ministerios, el presidente y el equipo rival del Riady: Sagesse.

En Trípoli, Safa y su familia han decidido protestar contra el envío de basura a su pueblo. Aquí, una pelea familiar entre vecinos o cualquier otra disputa sectaria escalan rápidamente en una guerra entre el Hezbollah o Hamas, sin advertencia previa. Cuando le pregunto qué significan esas pancartas que cuelgan de cada lado de los postes de luz, me dice que son homenajes que hacen las familias a sus muertos.

La política de este país se pudre con la basura que infesta la ciudad. No es casualidad que la falta de alumbrado nocturno se haya solucionado transitoriamente con la incineración de los desperdicios.

5.

Después de ganar el Mundial de Fútbol en 2015 y de producir US$20 millones en ganancias más que la Selección Masculina, la Selección Femenina de Estados Unidos demandó a la Federación de ese país por discriminación laboral ante una corte de apelaciones en Washington. El equipo masculino había logrado su mejor presentación durante cuartos de final en el Mundial de Corea-Japón y ganaba una compensación considerablemente superior a la del equipo femenino, aun cuando ellas habían conseguido el campeonato del mundo y producían mayores ingresos. La Federación argumentó que el desempeño de las mujeres no reflejaba un rendimiento constante y que la estructura FIFA de un campeonato masculino demandaba enfrentar un mayor número de partidos. En otras palabras, la Federación dijo que el fútbol femenino no había que tomárselo en serio.

Años después de empezar a entrenar en la noche, Safa jugó por fin de día y frente a los vecinos sin la limitada visibilidad de las lámparas de querosén y sin tener que arrancarles el balón a las sombras entre el parpadear de las velas. Sus primos habían concertado un partido contra el pueblo cristiano de Jounieh, compuesto, en su mayoría, por jugadores de la segunda división de la liga. Como en Berkayel las mujeres no son admitidas en la mezquita y mucho menos pueden hacer deporte, Safa apareció disfrazada con una gorra de los Bulls de Chicago y con una sudadera gris. Desde la tribuna los asistentes saludaron a Ahmed a Alí y a Omar, desconfiados de la identidad del jugador de la gorra que llevaba una sudadera a pesar del bochorno. Berkayel es un pueblo pacífico, pero su cercanía con Siria y lo estratégico de su localización geográfica genera entre la gente un constante sentido de la paranoia, que se intensifica con la presencia de extraños. Safa estuvo calentando en una esquina lejos de la tribuna, de espaldas a la gente y sin moverse, hasta que tuvo la certeza de que el partido comenzaba. Supo que la función más importante de la sudadera no era alejar de la vista de los hombres la piel de sus piernas, sino ocultarle el temblor.

Aunque fuera de barrio, el partido resumía el complicado estatuto de la política del país, que siempre termina enfrentando a musulmanes y cristianos. Safa salió a la cancha segura de que mientras los vecinos se mantuvieran entretenidos en el partido, pronto se olvidarían de ella. En todo caso, no era la primera vez que las distracciones de la guerra le servían de excusa para jugar al fútbol.

Marcó los tres goles del partido: el primero, con un remate solitario frente al arco; el segundo, con un puntazo desde la raya final en un ángulo prácticamente imposible; y el tercero, con un caño del que el arquero apenas si pudo enterarse por la velocidad que llevaba la pelota. Al final, mientras celebraban tomándose el jugo de piña Bon Juice en que consistía el trofeo, Safa se sacó la gorra y dejó escurrir sobre los hombros el frondoso pelo crespo, segura de que marcar los tres goles podía valerle el perdón de ser mujer. Pero la tribuna se llenó de un silencio unánime y solo la abuela, herida con el descubrimiento, le gritó: "Ojalá te hierva la sangre".

En los días siguientes al partido nadie en el pueblo volvió a hablarle. Ni los empleados del mercado, ni los de la droguería, ni la mujer que vendía el pan por las mañanas.

Safa está vinculada con la Organización de Hadatha, donde enseña fútbol a niños y niñas sirias.
Safa está vinculada con la Organización de Hadatha, donde enseña fútbol a niños y niñas sirias. Fuente: Brando - Crédito: Maro Margulis

Desde Trípoli, Hassan Ahmad, el técnico de fútbol de la Universidad del Líbano, fichó a Safa para iniciar un equipo femenino, aún cuando la universidad no tenía liga de mujeres. Nadie en la tribuna supo que había visto el partido buscando jugadores para reclutar. Tampoco él imaginó que el goleador resultaría una mujer y que allí se le ocurriría iniciar un equipo de chicas por primera vez en la historia de la universidad. A Safa le ofrecieron una beca de estudios, no solamente por su talento como futbolista, sino para mitigar el impacto familiar de tener una hija dedicada al deporte. Su primer trabajo de capitana fue convencer a otras estudiantes de que se unieran, y ayudarlas a enfrentar la misma resistencia familiar que ella había superado en su casa. El equipo entrenó todo un semestre sin participar en ningún campeonato y luego, al tiempo que Safa estrenaba hijab y botines nuevos, empezaron a competir.

Solo durante el primer año ganaron el campeonato y Safa se volvió la Messi de Akkar, por encima, incluso, del resto de los jugadores hombres, incluidos sus primos.

En un país que nunca ha ido al Mundial y que no tiene liga femenina de fútbol, lo de Safa supone llegar a la cima de una carrera invisible, y su historia ilumina la lectura de lo que implica el deporte femenino en ambos hemisferios. Sus entrenamientos a oscuras y amparados en el anonimato de los cortes de luz dejados por la guerra, inevitablemente plantean una metáfora de lo que en general significa para una mujer hacer deporte. La oscuridad, en todo caso, no es otra cosa que ese estado de lo insular, de lo desconocido, de lo inadvertido y de lo irrelevante.

6.

En 2011, en el Palacio de Planalto se encontraron la presidenta Dilma Rousseff y la jugadora estrella del Brasil, Marta, que posaron para las fotos de los periódicos, donde se registró algo insólito.

Poco después de que la Selección Brasileña de Fútbol perdiera por una goleada histórica la semifinal del Mundial 2014 contra Alemania, Marta Da Silva fue nombrada por quinta vez consecutiva como la mejor jugadora de fútbol del planeta, superando también el récord histórico que tenía Pelé como máximo anotador de la Selección. Los brasileños habían alcanzado su punto de saturación con el equipo masculino de fútbol; pero sobre todo, habían alcanzado su punto de saturación con Neymar después de la derrota siete a cero contra Alemania.

De regreso en mi casa y extrañando las noches silenciosas de Berkayel, me entero de la destitución de Dilma en el Senado. En la televisión, veo a sus seguidores inundando las calles mientras que la policía los reprime con gases lacrimógenos y granadas de aturdimiento. No dejo de pensar que ese estado de convulsión se deba solamente al proceso de destitución, sino a un país que no pudo soportar esa foto, a un país que no pudo soportar que los dos estandartes más significativos del poder estuvieran dominados, al mismo tiempo, por una mujer: la política y el fútbol.

* Esta crónica fue ganadora del Concurso Nuevas Plumas VI , en el que participaron 391 periodistas de toda Hispanoamérica. El jurado estuvo integrado por Graciela Mochkofsky (Argentina), Témoris Grecko (México) y Alejandro Zambra (Chile). Fernanda Nicolini, directora de Brando, colaboró en la preselección de los textos.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?