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Grandes Esperanzas

Un Tsunami sucedió en sus vacaciones, con 24 años y recién recibida de médica, montó un hospital en un Spa

Alejandro Gorenstein
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20 de abril de 2018  • 00:40

Bárbara Villafañe (38) había estudiado medicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y para finales del 2004 había terminado la carrera. Como reconocimiento a su esfuerzo sus padres la premiaron con un viaje a Tailandia, unas vacaciones de tres semanas a la que iría junto a Silvia, su mamá.

Habían disfrutado de las playas y de la naturaleza de las islas de Ko Pha Ngan y Kuke y para el último tramo del destino tenían agendado pasar unos días en Koh Phi Phi, un pequeño archipiélago que se encuentra en el mar de Andamán, al sur de Tailandia. "El paquete que había reservado mi mamá incluía un hotel donde estaban la mayoría de los lugares de hospedaje de esa isla, pero como el 25 de diciembre íbamos a pasar Navidad allí ella lo cambió por un hotel más lindo que quedaba del otro lado de la isla. Eran como cabañas isleñas en donde algunas estaban sobre la playa y otras, como las nuestras, se ubicaban más hacia adentro, a una cuadra aproximadamente del mar", recuerda Bárbara, a la distancia.

Tras pasar una cena navideña al otro lado del mundo, el domingo 26 de diciembre las despertó con un día "espectacular", donde predominaba un sol radiante. Tenían planificado un viaje a Phuket, una isla montañosa con selvas tropicales muy cerca de donde se encontraban. Para ello, debían optar por tomar la lancha de las 10:30hs o la de las 15:00hs. Como el día estaba tan lindo no quisieron perderse la posibilidad de estar en la playa y decidieron salir en el turno de la tarde.

A las 10:30 aproximadamente Bárbara y su mamá se encontraban en su cuarto, que no tenía vista hacia la playa sino hacia el resto de las cabañas del complejo, armando sus bolsos para el paseo. De repente, les llamó la atención que el agua había subido al nivel de las cabañas, mientras observaban que la calle comenzaba a inundarse. En ese momento no entendían lo que estaba ocurriendo, pero ambas pensaron que se trataba de un acontecimiento que sucedía a menudo en la isla: había dos mareas diarias, en la cual subía y bajaba el agua dejando una playa "gigante o cortita". "Subió demás y se inundó la isla", pensaban madre e hija. Las dos salieron para intentar ver qué era lo que estaba aconteciendo, pero se sorprendieron en el momento en que el agua comenzó a llegarles hasta las rodillas. "A medida que nos empezamos a acercar a la costa veíamos gente que gritaba y corría para todos lados, todo destruido, palmeras en el piso, reposeras todas rotas". Hasta ese momento no sabían la magnitud de lo que estaba pasando.

Un hospital en medio del spa

Mientras Bárbara cursaba Medicina, realizaba prácticas de guardia en el Hospital de Tigre, donde había aprendido a sacar sangre, a tomar la presión, a colocar suero, a suturar. Y antes de salir para Tailandia había decidido llevar un botiquín de primeros auxilios con antibióticos, analgésicos, suturas y anestesia local. La idea se le había ocurrido ya que no sabía hablar en tailandés y hasta llegó a tener la fantasía de que si pasaba algo podía dar una mano, era algo así como la ilusión de alguien que recién se había recibido.

Cuando regresaron al hotel comprobaron que el loby estaba todo destruido, se trataba de una choza abierta, y empezaron a ver gente lastimada.

  • ¿Y si llamamos a papá y le avisamos que estamos bien porque mirá si sale en la tele que hubo un terremoto en Tailandia y se preocupa? -le preguntó Bárbara a su mama.
  • Pero te parece, en Buenos Aires ya es de madrugada -le contestó Silvia.

Finalmente, Bárbara decidió llamar a su papá desde el teléfono del hotel.

  • Mirá pá, si ves en la tele algo de Tailandia, nosotras estamos bien, no nos pasó nada, despreocupate -le dijo.
  • Bueno, bueno -le contestó su padre que, obviamente, estaba durmiendo.

A partir de ese momento se cortaron todas las comunicaciones en la isla, mientras Bárbara observaba a muchas personas heridas que llegaban del otro lado de la isla, donde la ola había impactado con todo. En ese instante armó, junto a otros tres médicos que había conocido en una excursión el día anterior, una sala de atención médica en el spa del hotel. "En el hotel apenas tenían guantes de látex, alcohol y algodón. Nada más. Llegaba gente que tenía abierto el cuero cabelludo, otros fracturados. Entre todos los colegas juntamos nuestros kits de primeros auxilios e improvisamos un hospital aprovechando las camillas donde colocábamos a la gente herida. Les dábamos antibióticos, analgésicos, corticoides y le practicábamos suturas a los que estaban heridos. Había mucha gente con heridas cortantes, adultos mayores que se habían lastimado. La parte de la contención es parte de la práctica médica, los trataba de acompañar. Más allá de curar una herida, trataba de brindarles un poco de calma dentro de la desastrosa situación que estábamos viviendo. Mi mamá era como mi asistente porque me conseguía y me traía las cosas que yo le pedía: pedazos de algodón o guantes", rememora Bárbara que en ese momento tenía apenas 24 años.

Hasta las ocho de la noche continuó con el trabajo de atención a la gente, mientras se iban arrimando los helicópteros para trasladar a los pacientes cuyas vidas estaban en riesgo. Recién, cuando volvieron a la habitación pudieron comprobar en la televisión la magnitud de lo que había pasado. Se hablaba de un Tsunami (palabra de origen japonés que une 'tsu' (puerto) con 'nami' (ola), un concepto que, hasta el 26 de diciembre de 2004 desconocían millones de personas en Indonesia, India, Sri Lanka o Tailandia . Aquel terremoto de magnitud 9,1 había sacudido el Océano Índico a primera hora de la mañana con epicentro en la isla de Sumatra, Indonesia, afectando a países del sur y este de Asia y del este de África, con olas de hasta 30 metros en algunos puntos. Y para ese entonces, los medios ya hablaban de miles de muertos.

"Podríamos haber estado ahí, en el medio de todo, arriba de la lancha, en ese momento nos dimos cuenta que si hubiéramos elegido el hotel que estaba previsto, tal vez, no hubiéramos sobrevivido".

Destrozos, muerte y mucho dolor

Bárbara cuenta que al día siguiente la gente del hotel parecía no haberse enterado de lo que estaba pasando. "Ellos son budistas y tienen como una resiliencia muy fuerte. Hicieron como si no hubiera pasado nada, nos sirvieron el desayuno mientras había gente del hotel que estaba herida y además se había organizado una búsqueda de un papa y su hijo que no aparecían. Mientras desayunábamos, con vista a la playa, veíamos como bajaban los helicópteros a llevarse a las personas muertas. Fuimos hasta la playa para ver con qué panorama nos íbamos a encontrar y vimos como unos 50 cuerpos acumulados, uno al lado del otro, envueltos en sábanas, para ser trasladados al continente".

Esa misma mañana se fueron a Phuket, la última parada antes de volver a casa, y fueron testigos de los destrozos que se habían producido en la isla: locales rotos, cosas flotando en el mar y más muertos, mientras el día se presentaba tan espléndido como el anterior. Toda la jornada estuvieron muy shockeadas, casi de duelo. Al día siguiente debían regresar, por fin, a casa.

La vuelta a casa

En ese momento había solamente un vuelo semanal de Buenos Aires a Tailandia y viceversa. Al subir al avión se encontraron con otros argentinos que también habían sobrevivido a la catástrofe. "Ahí conocimos personas que habían perdido todo: vimos a una chica que estaba en bikini, con una pollerita y ojotas y el novio con una malla y una remera, estaban con lo puesto porque lo habían perdido todo. De hecho, tuvieron que ir a la embajada para hacer los pasaportes para poder regresar a Buenos Aires".

Cuando llegaron a Ezeiza notaron la presencia de muchos periodistas que los estaban aguardando para hacerles entrevistas. "Yo me siento una afortunada porque a mi mama y a mí no nos pasó nada, siento un agradecimiento, evidentemente algo más tenía que hacer en mi vida porque no me morí en ese momento".

Ginecóloga

Al regresar de Tailandia, Bárbara se tenía que anotar para hacer la residencia y dudaba entre cirugía y toco-ginecología. Finalmente, se inclinó por la segunda opción. Hizo la residencia en el Hospital Pirovano, al poco tiempo se abrió un cargo para médica de planta, se presentó a concurso y ganó. Cuando era residente, ahí mismo lo conoció a Hernán, se pusieron de novios y tuvieron dos hijos: Julia, que tiene 6 años y Mateo de 3. Hace poco tiempo decidieron casarse.

También trabaja en un centro médico de San Martín y en otro en San Isidro. "Estoy muy contenta de cómo estoy viviendo mi carrera, siempre quise hacer hospital, más allá de mi carrera privada. Me gusta mucho la tarea hospitalaria, no todo el mundo tiene la suerte de que justo se abra un cargo rentado en el hospital donde se formó. Son pacientes más vulnerables, que no tienen una prepaga u obra social que puedan pagar. Nosotros intentamos simplificarles los caminos, darles la posibilidad a los que menos tienen, generalmente viene gente que necesita hacerse cirugías muy complejas y nosotros las hacemos".

Bárbara está convencida que la experiencia de haber estado atendiendo gente en medio del tsunami reafirmó su vocación por la carrera y la intención de ayudar a los demás. "No sé si era consciente de lo que estaba haciendo en ese momento, todo lo que hice, lo hice porque sabía hacerlo, te sale como un instinto desde adentro. Lo que siento es que si no me morí en ese momento es porque algo importante en lo cotidiano tengo que hacer, devolver eso de alguna manera con mi trabajo diario a la sociedad".

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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